Lo que juramos en secreto

La señora del 3er piso

El cielo tenía ese tono gris cansado que anunciaba lluvia, pero nunca cumplía la amenaza. De esos días tibios y pesados que solo te dan ganas de llegar a casa, quitarte los zapatos y no pensar en nada más.

Empuje la puerta del apartamento con el hombro, mientras el sonido familiar de mis llaves chocando contra el pequeño cuenco de la entrada me dio la bienvenida.

—Ya estoy aquí —murmuré, más por costumbre que por otra cosa.

Mantecada apareció de inmediato, con su pelaje naranja enredándose en mis tobillos.

—Hola, pequeño —dije, agachándome para acariciarlo.

Sonreí un poco y dejé mi mochila sobre el sillón. El departamento olía a flores frescas, mezcla extraña pero reconfortante.

Me quité la bufanda, solté el cabello y me deje caer en el sofá. Las clases había sido un caos: mercadotecnia, historia, un trabajo en equipo donde termine haciendo todo porque "tú eres mejor redactando".

Si, claro. Mejor explotando.

Cerré los ojos por un momento, solo para escuchar el murmullo del exterior, el sonido del refrigerador, la paz de estar sola.

O eso creí.

Unos golpecitos suaves en la puerta me hicieron abrir los ojos.

—¿Marlowe? —La voz profunda, amable y reconocible de Ben.

Me levanté, todavía medio adormilada, y abrí la puerta.

—Hola, Ben.

—Hola, Mar —saludó con una sonrisa tranquila— No te interrumpo, ¿Verdad?

—No, para nada. Pasa.

Ben siempre tenía esa presencia serena que llenaba el espacio sin esfuerzo. Traía su abrigo gris, el cabello algo despeinado por el viento, y un aire de preocupación apenas perceptible.

—Solo quería saber cómo estabas —dijo mientras se sentaba en el sillón frente a mí— Te he visto más callada estos días.

—He estado bien —contesté rápido, demasiado rápido.

Ben arqueó una ceja, ese gesto que usaba cuando sabía que estaba mintiendo.
Suspiré y me encogí de hombros.

—Bueno....no tan bien.

Él asintió sin decir nada, solo esperando. Esa era una de las cosas que más respetaba de Ben: sabía escuchar, sin presionar, sin interrumpir.

—Supongo que todavía pienso en lo de la fiesta —dije al fin.

Ben asintió despacio.

—Fue una situación difícil. Pero quiero que sepas que lo que hiciste...poner límites, fue lo correcto.

Me quedé mirando la mesa.

—No siempre fue así —susurré

—¿A qué te refieres?

Tomé aire, como si la historia aún doliera en el pecho.

—Oliver y yo éramos amigos. Desde hace tiempo. Nos conocimos en el primer año de preparatoria, en una de esas clases aburridas donde lo único que te salva del sueño es tener con quien hablar. Al principio fue fácil, ya sabes...bromas, tareas juntos, esas cosas. Yo lo apreciaba, de verdad.

Pero después todo cambió.

Ben me observaba sin apartar la mirada.

—Él....confundió las cosas. Empezó a insistir, a decir que yo "le mandaba señales" —hice comillas con los dedos— Y cuando le dije que solo lo veía como amigo, se enojó. No hizo una escena, al menos no al principio. Pero luego empezó a....torcer la historia.

El principio de algo que no entendí hasta que fue demasiado tarde.

—Empezó a decir que yo lo había usado, que lo había ilusionado. Muchos le creyeron y dejaron de hablarme. Y cuando intenté hablar con él, fue peor. Dijo cosas horribles. Mentiras. Y después empezó a aparecer...en todas partes. En la cafetería, en el gimnasio, incluso fuera de mi casa. No hacía nada, solo estaba ahí, mirándome. Y yo...pensé que exageraba.

Ben entrelazó las manos, serio.

—¿Y nadie lo notó?

Negué con la cabeza.

—No quise decir nada. Pensé que, si lo ignoraba, se aburriría. Pero no. Un día lo enfrente. Le pedí que me dejara en paz y....bueno, se puso violento. Aventó cosas hacia mí, ninguna llegó a hacerme daño, pero nunca lo olvidé. Después de eso, desapareció. Se mudo, o eso creí. Hasta que apareció en la fiesta.

Ben suspiró, apoyándose en el respaldo del sillón.

—Debiste pasarla muy mal.

—No sé —respondí, encogiéndome de hombros — Creo que solo...lo guarde. No quería preocupar a nadie, ni que me vieran como una víctima. Así que lo enterré. Pero cuando lo ví esa noche, cuando levantó la mano...fue como si todo volviera. Y por un momento, sentí que tenía quince años otra vez. Asustada.

El silencio se instalo un instante. Solo el ronroneo de Mantecada llenaba la habitación, mientras se acurrucaba junto a mi.

—A veces creemos que el silencio nos protege —dijo Ben, con esa voz pasada que siempre sonaba como una verdad— Pero lo único que hace es darnos la ilusión de control. No eras culpable de nada, Marlowe. Él cruzo la línea.

—Gracias —murmuré.

—No me lo agradezcas —respondió con una sonrisa suave— A veces solo hace falta que alguien escuche ¿no?

Asentí
Y ahí, en medio de ese apartamento tibio con olor a café y gato, me sentí un poco más ligera. Por primera vez, contar la historia no dolió. No por qué hubiera dejado de doler...sino porque ya no la estaba cargando sola.

Ben se levantó despacio.

—Prométeme que, si vuelve a pasar algo, me lo dirás. No tienes que lidiar con todo sola, Marlowe.

—Lo prometo.

Él sonrió.

—Bien. Entonces creo que Mantecada me acaba de robar mi lugar en el sofá.

—Él no comparte.

—Tu tampoco -respondió, divertido —Pero me alegra verte sonreír.

Ben ya se estaba preparando para irse cuando soltó, con total naturalidad:

—Por cierto, hoy conocí a la señora del tercer piso.

—¿La del tercer piso? —levanté una ceja, interesada.

—Sí, la que siempre lleva cajas con pasteles. Se llama Celia. Muy amable. Me regaló uno de zanahoria.

Me crucé de brazos, tratando de contener una sonrisa.

—Ajá... ¿Muy amable, dices? —repetí con tono burlón— Y seguro también muy guapa para su edad, ¿No?

Ben soltó una risa baja, de esas que siempre parecían venir desde el pecho.

—Oh, por favor. Solo fue una conversación casual Marlowe.




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