El olor a ajo y mantequilla empezaba a llenar mi apartamento. Entre risas, platos y el desastre absoluto que eran mis encimeras empezaba a preguntarme por qué había aceptado la idea de cocinar todos juntos.
Error número uno: dejar que Evangeline eligiera el plan
Eros número dos: pensar que sería tranquilo.
Eros y Evan peleaban por quién cortaba las verduras con más estilo, Ellie se encargaba de poner música. -a un volumen que casi hacía vibrar las ventanas- y Christian y Evangeline discutían cordialmente sobre la cantidad exacta de sal.
Yo....intentaba no morir en el intento de hacer la sala para la pasta.
Intentaba
—¿Alguien sabe cómo se mide una cucharadita sin una cucharadita? —pregunté, sosteniendo la tapa de una botella.
—Improvisa —respondió Ellie, moviendo la cadera al ritmo de la música— Si explota, al menos moriremos con buen fondo musical.
—Muy alentador, gracias.
—No te quejes, Stormy —intervino una voz detrás de mí.
Casi derramó la salsa.
Giré despacio, y ahí estaba: Xavier, recargado contra la barra, con esa sonrisa que mezclaba burla y calma, como si nada lo alterara en el mundo.
—¿Qué dijiste? —pregunté, apretando los labios.
—Dije que no te quejes, Stormy.
—¿Stormy? —repitió Ellie, alzando una ceja y soltando una carcajada— ¡Oh, me encanta!
—No —dije rápidamente, apuntándole con la cuchara— No lo digas. Nadie lo diga.
—¿Stormy? —Ahora fue Evan, sonriendo como quien encuentra su nuevo chiste favorito— Wow, te pega totalmente.
—¡Claro que sí! —añadió Eros riendo— Tiene ese toque misterioso y peligroso.
—¿Puedo cambiar de amigos? —murmuré, girándome hacia Evangeline.
—Demasiado tarde —respondió ella divertida— Creo que el apodo ya se propagó.
—Genial —bufé— soy un huracán con piernas.
Xavier rió, ese tipo de risa baja y satisfecha que no se esfuerza por esconder.
—Parece que te quedó —dijo, sin apartar la mirada de mi.
—Y parece que no tienes instinto de supervivencia -repliqué.
—Lo perdí el día que decidí enseñarte a lanzar una bola de boliche.
—Y yo el día que te deje entrar a mi cocina -murmuré señalando la salsa que ahora burbujeaba peligrosamente- Si esto se quema, será tu culpa.
—Entonces estaré aquí para asumir las consecuencias.
Perfecto. Encantador. Sarcástico. Y completamente insoportable.
Ellie bajo el volumen de la música solo para gritar:
—¡Un brindis por Stormy y su chef personal, el señor sarcasmo!
Todos levantaron sus vasos, entre risas. Yo solo suspiré, resignada, mientras sentía el calor de la escena, el ruido, la vida.
El sonido del sartén chispeando fue lo único que logro callar, por unos segundos, el caos generalizado. Por unos segundos, por qué luego Eros decidió que era buena idea usar un cucharón como micrófono y empezar a cantar como si estuviera en un concierto.
—¡Eros, basta! —grité riendo, intentando que no se quemara la salsa.
—¿Qué? ¡Estoy amenizando la cena! —respondió el, girando sobre sí mismo con el cucharón en alto.
—Más bien la estás arruinando —dijo Evan empujándolo con el hombro— ¿Alguien sabe si eso es comestible? —comentó mirando mi salsa.
Ellie se acercó con una cuchara, probó la salsa y asintió.
—Sabe a.....bueno, sabe a algo.
—Perfecto, con eso me conformo —dije aliviada, soltando el cucharón y apoyándome contra la barra.
Xavier pasó detrás de mí para alcanzar un plato. Demasiado cerca.
—Cuidado, Stormy, casi incendias la cena.
—Deja de decirme así —dije sin mirarlo, fingiendo concentrarme en la olla.
—¿Así como?
—Sabes perfectamente cómo.
—Ah, claro.....Stormy.
Me giré, fulminándolo con la mirada.
—Estás buscando que te lance el sartén, ¿verdad?
—Depende, ¿está caliente? —preguntó, con esa media sonrisa que usaba cuando sabía que me irritaba.
—Si
—De todas formas vale la pena, con tal de sacarte de quicio.
Insoportable. Definitivamente insoportable.
Evangeline, que estaba a un lado cortando pan con la precisión de un cirujano, soltó una leve risa.
—Nunca había visto a alguien provocarla tanto sin perder un dedo.
—Aún hay tiempo —murmuré
Christian se acercó con un bol de ensalada y sonrió con esa paz celestial que yo envidiaba profundamente.
—Marlowe, no lo mates, al menos no antes de que pruebe lo que cocinamos.
—No prometo nada —repliqué.
Mientras tanto, Ellie y Evan peleaban por quién rompía el queso en pedacitos pequeños, Eros intentaba abrir una botella con una cuchara, y Christian y Evangeline parecían sincronizados, como si cocinar juntos fuera lo más natural del mundo.
Claro, y yo aquí, intentando que no se me caiga el alma ni la paciencia al piso.
—¿Puedo ayudarte en algo? —preguntó Xavier acercándose otra vez.
—Sí —dije con un suspiro— puedes retroceder tres pasos y dejar de hablarme.
—Difícil. Me gusta ver cómo te frustras.
—Me alegra entretenerte —respondí, sin esconder el sarcasmo.
—Lo sé. Eres todo un espectáculo, Stormy.
—Y tú una molestia con patas —le contesté, girando para tomar los vasos.
Por alguna razón, su risa se me quedó un segundo más en la cabeza de lo que debería.
—¡Comida lista! —gritó Ellie, levantando los brazos como si hubiéramos ganado un premio.
Todos aplaudieron entre risas, y yo no pude evitar sonreír.
No recuerdo quién fue el primero en hacerlo, pero estoy segura de que Eros tuvo algo que ver. Una bolsa de harina abierta, un movimiento demasiado sospechoso y, de pronto una nube blanca estalló en el aire.
—¡Eros! —gritó Ellie, cubierta de harina hasta las pestañas.
—Fue un accidente —dijo él, sonriendo con la cara más culpable del planeta.
Evangeline estalló en risa, mientras Xavier levantaba ambas manos en señal de rendición....justo antes de que Evan le lanzará un puñado directo al pecho.