Lo que juramos en secreto

Amarillo neon

El domingo amaneció gris.

Ese tipo de gris que te hace querer quedarte bajo las cobijas con una taza de chocolate caliente y cero responsabilidad.

Pero mi celular no pensaba igual.

El timbre de llamada me sacó de mis pensamientos, vibrando sobre la mesita de noche.

—¿Quién llama a las nueve de la mañana un domingo? —murmuré casi sin voz.

"Andrea - Agencia" decía la pantalla.

Suspiré. No era buena señal.

Deslicé para contestar.

—Por favor, dime qué me estás llamando para invitarme a desayunar y no para torturarme con trabajo.

—Buenos días, Mar —la voz de Andrea sonó demasiado despierta para mí gusto— Sé que es temprano, pero necesito que vengas a la agencia.

—Andrea....es domingo y es muy temprano....

—Lo sé, pero surgieron unos asuntos con la campaña de otoño y necesitamos revisar los ajustes del último informe. No tardará mucho, lo prometo.

Me froté los ojos, rodando hacia la orilla de la cama.

—No me mientas. Dijiste lo mismo la última vez y terminé saliendo de ahí a las cinco de la tarde.

—Esta vez es diferente. Te invito el desayuno, ¿Trato hecho?.

—Está bien, trato hecho. Pero el desayuno tiene que ser con pan.

Colgó antes de que pudiera agregar mi queja final.

La realidad es que la agencia y la universidad ocupaban todos mis días. Aunque realmente eran pocas las veces que Andrea me pedía ir, la mayoría de proyectos que me pedían eran solo de diseño y bien los podía trabajar desde mi apartamento. Pero en estás fechas específicamente, era cuando más tenía que pagar con mi presencia en la agencia. Iba al menos 3 veces a la semana.

Me quedé mirando el techo unos segundos.

Mantecada dormía enroscado a mis pies, completamente indiferente a mi desgracia.

—Tú sí que sabes vivir bien, gato —le dije mientras me levantaba.

La madera del piso estaba fría bajo mis pies descalzos. Caminé hacia la cocina y encendí la cafetera. El sonido del goteo y el aroma del té llenaron el silencio del apartamento.

Los domingos dolían ser mis días de calma. Sin clases, sin presión, sin fingir que todo estaba perfectamente bajo control. Pero ahí estaba otra vez, metiéndome de lleno en trabajo, como si no supiera descansar.

Me serví una taza, me amarré el cabello en un moño desordenado y fui directo al clóset.

Nada formal, solo un suéter beige, jeans oscuros y botas. Afuera el cielo seguía nublado, y el aire entraba por la ventana tenía ese olor a lluvia que siempre me gustaba.

Tomé mi bolso, las llaves y un par de galletas. Antes de salir, Mantecada me miró desde el sillón, con una expresión de absoluto juicio.

—Sí, ya se, debería quedarme en casa. Pero Andrea necesita mi ayuda —murmuré mientras cerraba la puerta.

El pasillo del edificio estaba en silencio, salvó por el zumbido del elevador.

Me acomodé la bufanda mientras descendía, mentalizándome para otro día que prometía ser largo.

No sabía exactamente por qué seguía tan involucrada con la agencia.

Tal vez necesitaba mantenerme ocupada.

O porque trabajar me distraía de pensar demasiado en todo lo demás.

El viento me recibió al salir del edificio, levantando un mechón suelto de mi cabello.

El transporte iba atestado, como si todos hubieran decidido salir justo cuando yo lo hice.

Me sostuve del tubo metálico mientras intentaba no perder el equilibrio con cada frenazo. Una señora con una bolsa de pan recién hecho llenaba el aire con olor a canela, y durante un instante pensé en bajarme en la siguiente parada y comprarme uno

Pero no, Marlowe. Responsabilidad ante todo. Aunque sea domingo. Aunque preferirías estar viendo una serie con Mantecada en el regazo.

Cuando por fin llegue al edificio de la agencia, el aire frío me dió en la cara. Empuje la puerta de vidrio, saludando con un gesto rápido al guardia, que me reconoció enseguida.

El ascensor estaba vacío, y su reflejo metálico me devolvió una versión de mí con ojeras y bufanda torcida. Me reí sola.

—Definitivamente no parezco alguien lista para resolver una crisis publicitaria.

Las puertas se abrieron con un ding suave. El piso olía a café recién hecho y marcador permanente, una combinación curiosamente familiar. Andrea estaba en su escritorio, revisando unos papeles con expresión de estres.

—¡Por fin llegas! —dijo al verme entrar, levantando la mirada

—Buenos días para ti también —dejé mi bolso sobre una de las sillas y me cruce de brazos— A ver, ¿Que incendio tenemos que apagar hoy?

Andrea soltó un suspiro dramático.

—El cliente de Green Leaf Clothes. Mando un correo hace una hora diciendo que "odia los tonos tierra" y que quiere algo más..... "Vibrante y moderno".

—¿Vibrante cómo? —pregunté, aunque ya me temia la respuesta.

—Dice que le gustaría "mezclar fucsia, café y un amarillo neón."

Parpadeé.

—¿Qué?

—Exacto

Me pasé una mano por la frente.

—Andrea, eso no es una paleta de colores, es un atentado visual.

Ella soltó una risa nerviosa.

—Ya lo sé, pero no quiere escuchar razones.

Me senté frente a la pantalla, abriendo los archivos del proyecto. Los tonos cálidos, los detalles minimalistas....todo encajaba perfectamente con la identidad de la marca.

—Mira —le dije mientras le mostraba el diseño— la marca quiere proyectar naturalidad, conexión con lo orgánico, con lo sustentable. Si metemos fucsia o amarillo neón, rompemos toda la coherencia visual. Además, según la teoría del color, esos tonos no combinan con la base terrosa. Generan contraste disonante, no equilibrio.

—¿Entonces que hacemos?

Me giré hacia ella, encogiéndome de hombros.

—Podemos ofrecerle una versión alternativa, más brillante, pero dentro de una gama armónica. Tal vez un verde más fresco, algo que siga la misma lógica pero le dé un toque nuevo.

Andrea asintió, aliviada.

—Sabía que tenías la respuesta.




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