Lo que juramos en secreto

Espíritu del más allá

Xavier

Dormí bien ayuda.
O eso dice Ben cada vez que me ve con ojeras, lo cuál, sinceramente, es poco útil y extremadamente redundante. Pero hoy, mientras estaba en la agencia revisando bocetos, me di cuenta que el tenía razón.

Dormí
Desperté bien.
Y sin embargo, estaba inquieto.

Tenía la laptop abierta, algunos diseños iniciales del empaque frente a mi, formas suaves, colores neutros, lineas limpias, nada demasiado definitorio todavía.

Nunca pensé que terminaría en esta agencia. Bueno, técnicamente sí, pero no de la manera en que uno espera que las cosas "simples" sucedan. Caminaba por la ciudad, sin plan real más que distraerme de los archivos interminables y los tratados diplomáticos que me esperan en el reino. Entonces vi un pequeño cartel, casi olvidado, que decía "Se busca personal creativo para agencia de diseño".
Me detuve. Lo miré un segundo. "¿Cuánto de difícil puede ser?", me pregunté. Después de todo, en el reino, negociar con ministros, hacer que todos estén contentos con un tratado, evitar guerras y aun así mantener la imagen....eso me parecía mucho más complicado que dibujar bocetos o dar opiniones sobre colores.
Di un paso, luego otro, y antes de darme cuenta, ya estaba en la puerta de la agencia. Respiré hondo y pensé: si puedo sobrevivir a un consejo real enojado, puedo sobrevivir a un jefe que no entiende de diseño. Y así fue como terminé compartiendo espacio con Marlowe, sin siquiera imaginar que la vida me pondría a su lado de una manera mucho más complicada....y mucho más interesante.

Estaba ajustando una paleta cromática cuando escuché la puerta del estudio abrirse y cerrarse.

Pasos arrastrados.
Una mochila cayendo contra la silla.
Un suspiro de esos que pertenecen solo a personas que están al borde del colapso emocional y físico.

Levanté la mirada.

Marlowe.

Parecía....bueno, parecía un espíritu recién regresado del más allá.

O como si hubiera peleado a golpes con la semana y la semana hubiera ganado.

—Te ves....—dejé la frase en el aire, buscando la palabra correcta.

Ella levantó una mano sin siquiera mirarme.

—No. Ni empieces.

Me apoyé contra el escritorio, cruzando los brazos.

—¿Puedo preguntar cuantas horas dormiste anoche?

—Oh, fui responsable —dijo, tirándose en la silla-— He dormido.....fácilmente doce horas desde el viernes pasado. Más o menos.

La miré, parpadeé y procesé

—Marlowe —dije, en tono que Ben usaría conmigo cuando hago estupideces— Eso no es dormir. Eso es entrar en coma intermitente.

Ella simplemente hundió la cara en la mesa, el gesto más dramático que le he visto hacer sin sarcasmo.

La verdad, ya lo sabía.
Sabía que no había comido tampoco, no por qué me lo hubiera dicho.
Si no por qué ya la conozco mucho más en ese aspecto y por qué la he visto apagarse a sí misma para seguir.

Así que antes de venir, pase por una pizzería cerca de la agencia.

Una caja, bebidas y servilletas.
Todo lo necesario para evitar que colapsara en medio de la junta.

Abrí la bolsa y coloque la pizza en la mesa, como quien deja ofrendas a un demonio poderoso esperando que se calme.

Ella levantó la cabeza.

El olor le llegó primero.

Sus ojos, medio muertos, se iluminaron de golpe como si hubiera encontrado la salvacion divina.

—¿Pizza? —susurró, genuinamente emocionada.

—Si —Me encongí de hombros— Pensé que ibas a llegar así.

—¿"Así"? —preguntó, tomando una rebanada sin vergüenza alguna.

—Al borde de tu inevitable autodestrucción —respondí.

Me lanzó una mirada, no agresiva, no sarcástica.

Una especie de...."gracias" silencioso, disfrazado, escondido, cuidadosamente guardado como todo en ella.

Comió.

Con una concentración tan intensa que me hizo reír bajo.

—Si dices algo —me advirtió con la boca llena— te juro que te aviento la servilleta.

—Claramente estoy temblando —contesté.

La pizza desapareció más rápido de lo que esperaba, y cuando por fin recuperó algo de color en la cara, se dejo caer hacia atrás en la silla.

—Ok —dijo— Podemos seguir.

La observé un momento.
A veces parece invencible.
Y a veces....cómo ahora...solo es una chica intentando no ahogarse en todo al mismo tiempo.

—Si no duermes hoy —dije— voy a secuestrar a tu gato y usarlo como rehén.

Ella me miró como si acabará de insultarla.

—No vuelvas a mencionar a Mantecada en amenazas, Xavier.

Sonreí.

Me gusta cuando dice mi nombre así, como si estuviera molesta y al mismo tiempo....viva.

—Okeeeeey... —respondí, abriendo un archivo en la laptop —Empecemos antes de que entres en shut down definitivo.

Ella rodó los ojos, pero se inclinó hacia mí. Su hombro rozó el mío.

Y por alguna razón, eso fue suficiente para que mi corazón hiciera ese estúpido salto que no debería.

Porque no debería importarme.
Porque no puedo querer quedarme.
Porque en un año mi vida deja de ser mía.

Pero ella me mira como si no supiera.

¿Será por qué no lo sabe?

Cómo si yo fuera solo....yo.

Y eso es aterrador.

Y adictivo.

—Vamos —dijo— Antes de que me vuelva a morir a mitad del boceto.

—No pienso permitirlo —respondí

Y seguimos trabajando.
Juntos.
Casi en silencio.

Pero era un tipo de silencio que no pesaba.

Un silencio que.....se sentía como hogar.

Había algo de ritmo en cómo ella organiza su escritorio: lápices en orden, libreta abierta en la página correcta, la línea de visión siempre apoyada en la referencia visual. Es pequeño y me hace prestar atención de forma tonta.

Le propuse empezar por el enfoque etéreo. Fue una decisión práctica: si salíamos bien ahí, podíamos modular el contraste para los otros dos. Ella tomo la tableta y dibujo sin mucho ruido, como si las manos supieran el camino sin pedir permiso al cerebro. Me gusta observarla trabajar así: la concentración la vuelve más real, menos fría y más viva.




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