Lo que juramos en secreto

Italia

Marlowe
El domingo amaneció con ese tipo de luz triste que te recuerda que la vida real sigue, aunque el día anterior hayas tenido el mejor momento de tu semana.

El peluche gigante, si, ese, seguía recargado en el sillón, ocupando más espacio que el ego de Xavier.

Mantecada lo miraba como si planeara asesinarlo en cuanto me descuidara.

Te recuerdo que tienes junta en la agencia. ¿No sé supone que los domingos son para fingir que la vida no existe?

Suspiré, porque mi conciencia solo hablaba cuando tenía algo desagradablemente cierto que decir.

Me puse unos jeans, un suéter gris y me recogí el cabello en una coleta. Tenía ojeras nivel estudiante en semana de exámenes. Justo como Dios me trajo al mundo.
Bueno, quizá un poco más cansada.

Cuando abrí la puerta para salir, Xavier ya estaba apoyado en la pared del pasillo, manos en los bolsillos, chaqueta negra, sonrisa suave....y esos malditos ojos verdes que parecían saber demasiado.

—Buenos días, Stormy —dijo.

—Mi nombre sigue siendo Marlowe —respondí, cerrando la puerta detrás de mí.

—Ajá —contestó, como si eso fuera irrelevante.

Quise decir algo ingenioso, pero mi cerebro se negó a funcionar a esa hora. Bajamos juntos las escaleras en silencio cómodo. Si, cómodo. Raro. Me abrió la puerta del carro como si fuera costumbre. Y lo peor es que no protesté.

Estás siendo domada

No lo estoy.

El trayecto fue corto, la ciudad estaba tranquila como si todos tuviera vidas normales y no juntas con gerentes que creen que el magenta combina con el verde moco.

—¿Dormiste algo? —preguntó Xavier, sin despegar la vista del camino.

—No me subestimes. Dormí.....cuatro horas. Eso es casi una siesta de calidad.

Él soltó una risa baja, de esas que parecen vibrarte en el pecho.

—Voy a pedirle a Ben que te meta a un plan de sueño obligatorio.

—Si Ben me ve llegar con estas ojeras otra vez, me va a trasladar a un hospital.

—Lo digo en serio.

Lo miré.
Él también me miró.
Y sí, ese fue uno de los momentos donde el aire se siente distinto.
Y eso es peligroso.

Llegamos a la agencia. Aparco. Bajamos.

Adentro, Andrea nos esperaba con su típica expresión de "no he dormido desde 2012 Pero voy a continuar porque la economía no se arregla sola."

—Gracias por venir —dijo acomodando papeles— El gerente quiere ver los diseños terminados para aprobar uno o sugerir ajustes.

Sugerir. Si, claro.
Cómo si la palabra correcta no fuera arruinar.

Nos sentamos frente al proyector. Xavier abrió su laptop.
Yo acomodé mis carpetas y traté de ignorar como mis manos temblaban un poco de cansancio.

El gerente entró.
Traje gris. Sonrisa falsa. Ego inflado.

—Buenos días —dijo— Espero que esta vez sí tengamos algo más cercano a lo que solicité.

Respiré hondo. Muy hondo.
Cómo para no aventarle la computadora.

Xavier, calmado como si hubiera nacido en la paz eterna habló:

—Tenemos tres propuestas —explicó— Cada una con variaciones basadas en la línea visual y el público objetivo.

Yo pasé diapositivas. Explique paletas de color, identidad, narrativa visual.

Mi voz sonó estable, profesional.....aunque por dentro me estaba cayendo en pedazos.

El gerente cerró los labios, pensó y finalmente dijo:

—No. Aún no es lo que quiero. Necesito algo más..... llamativo. Algo que grite atención. Algo que la gente vea y diga "Wow".

Hermano, es maquillaje, no un cartel de lucha libre.

Lo pensé. No lo dije. Porque todavía me gusta tener trabajo.

—Podemos trabajar nuevas variaciones —respondí, con la mejor sonrisa de "amo mi carrera y no estoy considerando renunciar para vender panqués".

—Quiero verlas el próximo domingo —dijo como si el tiempo fuera infinito y yo no tuviera una vida entera fuera de esta agencia.

Mi ojo izquierdo empezó a temblar. Xavier lo notó.
Su rodilla chocó contra la mía bajo la mesa. Pequeño gesto.
Pero suficiente para que no me rompiera a gritar ahí mismo.

Cuando el gerente se fue. Andrea se dejó caer en la silla.

—Perdonen. Se que esto es agotador.

—No es tu culpa —le dije. Y lo era, por recibir gerentes tan tontos. Pero la quiero. Así que la perdono.

Salimos. En el pasillo, Xavier caminó junto a mí.

—Hoy no estás sola en esto.

Y ya.

No sé qué fue lo que se movió dentro de mí.
Pero se movió.
Y eso......si da miedo.

Porque sentir siempre da miedo.

⋆。°✩ ───────── ✩°。⋆

El reloj marcaba las 7:14 p.m y la oficina ya estaba casi vacía. La luz cálida de las lámparas colgantes hacía que todo se viera más suave, más íntimo, como si el mundo se hubiera encogido solo para nosotros dos y el montón de papeles regados sobre la mesa.

Xavier estaba inclinado sobre un libro, la manga de su suéter levantada hasta los antebrazos, revelando esos brazos que parecían hechos exclusivamente para distraerme.

Claro que sí, Marlowe, concéntrate en los brazos. Muy académico lo tuyo.

Puse los ojos en blanco, internamente, porque tengo dignidad y volví a mi tableta.

—¿Sabías que tú letra parece la de un asesino serial meticuloso? —comentó Xavier sin levantar la mirada, con ese tono demasiado tranquilo como para no estar burlándose.

—¿Y tú sabías que el sarcasmo constante es la primera señal de alguien emocionalmente reprimido? —le respondí, copiando la fecha en la parte superior de la página como si no hubiera dicho nada importante.

Él levantó la vista. Sonreía.

La maldita sonrisa.

—Toqué un nervio —canturreó

—Tocaste la verdad —corregí.

Se rió bajito, ese tipo de risa que se siente más en el pecho que en la garganta. Y sin pedir permiso, deslizó su silla un poco más cerca. No lo suficiente para invadir, solo lo suficiente para notarse.

Y yo lo noté. Demasiado.




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