La última clase del día era Historia del Arte contemporáneo, lo cual suena elegante.....hasta que te das cuenta de que el profesor habla como si estuviera narrando un documental de ballenas.
Yo solo quería dormir.
Mi cuaderno tenía garabatos que pretendían ser notas, pero eran más bien círculos, flechas, y un pequeño dibujo, Mantecada juzgándome con decepciona existencial.
Mi teléfono vibró sobre la mesa.
Xavier: ¿Sobreviviste?
No lo sé, pregúntale a mi alma que si sigue en mi cuerpo.
Últimamente a Xavier se le había hecho costumbre mandarme mensaje a cualquier hora del día.
Marlowe: Estoy atrapada. Si no respondo en los próximos 20 minutos, dile a mi familia que los amo.
Xavier: Tranquila, ya te había dicho que estoy preparando tu funeral. Flores blancas y azules.
Sonreí, bajé la cabeza para que no se notará.
—Señorita Rosier —la voz del profesor me aterrizó como balde de agua fría.
Alcé la mirada.
—Su participación en clase ha sido excelente últimamente —dijo él, sonriendo amable— Quería darle esto. Es un pase para la exposición privada del museo este jueves. Creo que le gustará.
Me entrego un sobre elegante, con un sello en relieve.
Evan desde la fila de atrás me chisto bajito como anciana metiche.
—Ay mírala, la favorita del profe.
Yo apreté los labios para no reír.
—Gracias profesor —respondí, guardándolo.
Era un buen detalle, lo admito.
Pero mi cerebro estaba más ocupado en otra cosa. Sobre todo, en cierto chico descarado que me hacía sonreír como idiota en medio de una clase aburrida.
Mi teléfono vibró de nuevo.
Xavier: Mándame tu dirección.
Marlowe: ¿Para qué?
Xavier: Voy por tí. No pienso dejar que te duermas en la banqueta camino al edificio.
Marlowe: Estoy perfectamente bien.
Xavier: Marlowe, ayer estabas a dos neuronas de quedarte dormida mientras abrías una carpeta a medio diseño.
Marlowe: No es verdad.
Xavier: Te quedaste viendo la pared durante 47 segundos sin moverte.
Ah.....
Bien. Suspiré y le envié mi dirección.
Marlowe: Pero no entres al edificio, te veo afuera.
Xavier: Entendido
Xavier: Ah, y come algo antes de que llegue.
Yo fruncí el ceño.
Marlowe: Estoy comiendo.
Xavier: ¿Qué?
Marlowe: Un jugo.
Hubo una pausa.
Xavier: Marlowe
Marlowe: Está bien, voy por dos empanadas. ¿Contento?
Xavier: Si, mucho.
Evan golpeó el brazo con el codo.
—¿Sigues negando que están saliendo?
Yo me pasé una mano por la cara.
—No estamos....—me quedé callada un segundo— Bueno. Quizá. No lo sé. Está siendo....lindo.
Ellie, desde su asiento a un lado, giro muy lento y me sonrió como si acabará de confesar un crimen adorable.
—Te estás enamorando.
Yo abrí la boca para negarlo. No dije nada.
Porque no estaba segura. Pero sí sabía una cosa:
Cuando saliera de esa aula y lo viera esperándome.....con su sonrisa insolente, su chaqueta remangada y ese brillo en los ojos que decía te estaba esperando.... mi corazón iba a hacer cosas que no estaban autorizadas por la Secretaria de Salud.
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Cuando el último timbre sonó, todos nos despedimos y cada uno volvió a su respectiva vida.
Salí del edificio, el viento de la tarde me golpeó la cara, y tuve que sostenerme el cabello para que no se hiciera nudo con mi dignidad.
Y ahí estaba.
Apoyado contra su carro, manos en los bolsillos, chaqueta negra, remangada, cabello revuelto por el viento y esa maldita sonrisa tranquila que decía te ví primero.
Xavier me vio y levantó una ceja cuando me acerqué.
—Comiste —dijo. No pregunto. Afirmó. Cómo si pudiera leerme.
Yo levanté la bolsa de empanada casi vacía.
—No me subestimes
—Jamás —respondió, Pero su mirada bajo a mi boca— Especialmente no eso.
Sentí el calor subirme a la cara. Genial. Roja a los tres segundos. Ganadora del torneo.
Tranquila, Marlowe. Son solo neuronas enamoradose y saltando por la ventana.
Caminé más cerca de él, intentando actuar normal.
Error. Él me sostuvo la puerta del coche y se inclinó un poco, suficiente para que su voz me rozara la oreja.
—Y no mientras. Se que solo fue una empanada. No puedes mentirme —susurró.
Yo tragué.
—Podría mentirte perfectamente. Soy increíble mintiendo.
—¿Ah, ¿sí? —Se acomodó contra la puerta, demasiado cerca— Dímelo.
—¿Decirte que?
—Dime —susurró— que no te gusto que haya venido por ti.
Mis pulmones olvidaron su función.
—No....—tragué— no me gusto.
Él sonrió lento. Satisfecho. Peligroso.
—Mientes horrible.
Me metí al carro antes de que mis piernas decidieran dejarme tirada en la banqueta. Él rodeo el coche y se subió. Encendió el motor. Música suave. Sin mirarme, dijo:
—Te ves preciosa hoy.
Yo gire la cabeza tan rápido que probablemente me esguince el orgullo.
—¿Qué?
Finalmente me miró.
—Dije que te ves preciosa. Aunque estás siempre estás preciosa, entonces no es novedad.
....
Mi cerebro reinicio el sistema.
—Tienes que dejar de decir esas cosas —mascullé, mirando por la ventana.
—¿Por qué? —preguntó con genuina curiosidad— Si son verdad.
—Porque.... — y aquí venía lo peor— me hacen algo.
Él apoyo el codo en el volante, sonriéndome de lado, despacio, como si hubiera ganado algo importante.
—Qué te hacen, Marlowe.
—No voy a responder eso.
—Algún día lo harás.
Silencio.
Mi corazón golpeaba tan fuerte que jure que podía escucharse en estéreo.