7 de enero
Desperté con la luz filtrándose por las cortinas como si alguien hubiera encendido un dimmer demasiado temprano. Tardé un segundo en ubicarme...y luego recordé. Arizona. La casa de mis papás. Nuestro último día aquí.
Y el peso tibio apoyado en mi cintura.
Xavier.
Estaba medio enredado conmigo, una mano descansando sobre mi cadera y su frente pegada entre mis omóplatos, respirando tranquilo, como si el amanecer no tuviera permitido tocarlo hasta que él lo decidiera.
No era raro despertar así. Ya habíamos caído en esa costumbre absurda y peligrosa de dormir juntos sin que se sintiera extraño. Solo....natural. Una rutina silenciosa que se había formado sin pedir permiso.
Pero hoy se sentía distinto. Quizá por el silencio de la casa, o porque sabía que mañana ya no estaría escuchando a mi mamá en la cocina o a Ian quejándose de que el café está "muy fuerte". Todo era tan....último.
Intenté moverme despacio, pero la mano de Xavier me apretó un poco más, como si mi intento de escapar hubiera activado un sensor.
-Mmh....Mar -murmuró contra mi espalda, con la voz ronca de recién despierto-. ¿Ya es de día?
-Desgraciadamente sí -susurré, sin voltear aún.
Sentí cuando sonrió. Lo conozco lo suficiente como para distinguir esa pequeña exhalación arrogante que hace cuando le divierte algo.
-No deberíamos levantarnos todavía -dijo, hundiendo un poco más la cara en mi cuello-. Es nuestro último amanecer aquí. Merece ignorarse unos minutos.
Sonreí sin querer.
-Eso ni siquiera tiene sentido.
-Tiene el suficiente para mí.
Me giré para verlo. El cabello lo tenía completamente rebelde y los ojos entrecerrados, pero aun así.....se veía increíble. Cómo se las arregla, no tengo idea.
-¿Estás triste por irte? -preguntó él, bajito.
-Un poco. -Deslicé mis dedos por su antebrazo sin pensarlo-. Es raro....siempre quiero volver a casa, pero esta vez siento que la casa se está moviendo con nosotros.
Él me miró como si hubiera dicho algo que no esperaba o que sí esperaba pero no tan directo.
-Pues llévate lo que importa -murmuró.
-¿Como qué?
Su sonrisa fue lenta, descarada, de esas que deberían estar prohibidas antes de las ocho de la mañana.
-A mí, por ejemplo.
Rodé los ojos, pero mi corazón hizo esa cosa estúpida que siempre hace cuando dice alguna tontería así.
-Cállate -le dije, pero ya estaba sonriendo.
Xavier estiró la mano y me apartó un mechón de la cara con una suavidad que jamás admitiría tener.
-Buenos días, Stormy -susurró.
-Buenos días, Xavier.
Y ahí, en ese silencio tibio, con la luz dorada entrando por la ventana y su mano todavía en mi cintura, entendí algo que me dio un poquito de miedo.
No estaba lista para que este día fuera el último aquí. No estaba lista para que nada de esto dejara de ser nuestro.
Xavier fue el primero en moverse. Abrió un ojo como si le pesara dos kilos y soltó un suspiro exagerado, como si el mundo le estuviera pidiendo demasiado solo por existir.
-Ok....ahora sí ya es oficialmente de día -murmuró, incorporándose despacio.
Su mano todavía estaba en mi cintura, así que cuando se movió casi me arrastró con él. Me quejé bajito, medio riéndome.
-¿Qué haces? -pregunté, con la voz aún dormida.
-No me voy a levantar solo -Se estiró como gato, el cabello rizado cayéndole sobre la frente- Se supone que estamos juntos en esto del "último día"
Rodé los ojos, pero ya estaba sentándome, envolviendo mis piernas en las sábanas. Sentía el aire frío del cuarto chocando con el calor de la cama.
Xavier me miró un instante, como si estuviera memorizando la escena. Hizo ese gesto raro que tiene, donde parece que quiere decir algo pero se lo guarda.
-Se te marca la almohada en la mejilla -dijo al final, extendiendo su mano para tocar mi cara.
Me aparté riendo y él intentó atraparme de nuevo.
-¡Ya, Xavier!
-No es mi culpa que estés tierna a esta hora -respondió, encogiéndose de hombros.
Me paré antes de que intentara hacer otra tontería. Sentí el piso frío bajo los pies, y al mirar alrededor, tuve un momento extraño, esa fue mi habitación durante años....y ahora la estaba viendo con él dentro. Con sus cosas mezcladas con las mías. Con la cama deshecha por los dos.
-Voy por té-dije, porque si no hacía algo iba a quedarme ahí mirándolo como tonta.
-Te acompaño
Se levantó detrás de mí, todavía con esa manera suya de moverse sin prisa, como si el mundo lo persiguiera pero él se dejara alcanzar solo cuando quiere. Caminó hasta donde dejé mi sudadera y se la puso él.
-Esa es mía -protesté.
-La necesitaba más -dijo, tirando mis tenis con la punta del pie para dejarlos a mi alcance-. Soy un caballero.
-Ajá, claro.
Bajamos por el pasillo en silencio. La casa olía a pan tostado, café recién hecho y a ese aroma específico que solo existe en las casas que ha vivido muchos años la misma familia.
En la cocina, mi mamá estaba de espaldas, moviendo algo en la estufa, y mi papá hojeaba el periódico mientras Ian tomaba cereal con cara de zombie.
Los tres levantaron la mirada cuando entramos.
-Buenos días -saludó mi mamá, con esa sonrisa que parece que te abraza.
Xavier sonrió también, esa sonrisa tranquila que solo usa con mi familia.
-Buenos días, Señora Rosier.
Yo fui directo a la cafetera.
-¿Durmieron bien? -preguntó mi papá, pero lo dijo con ese tono. Ese tono que significa "sé que siguen durmiendo juntos, pero me voy a hacer el ciego porque si no me estreso".
Xavier respondió antes que yo
-Sí, señor. Muy bien.
Lo miré. Él me guiñó un ojo como si acabara de ganar una competencia invisible.
Ian nos observaba entre cucharadas, con media sonrisa.
-Parece que muy bien, sí.
-Cállate -le dije, empujándole el hombro al pasar.
Todos rieron.