10 enero
El aroma a algo quemándose fue lo primero que me despertó.
Parpadeé un par de veces, todavía medio enterrada en mi almohada, hasta que el sonido de algo golpeando una sartén me hizo abrir más los ojos.
¿Otra vez estaba intentando cocinar?
Claro. Porque Xavier y la cocina eran una combinación perfecta para incendiar departamentos.
Me incorporé, despeinada, con la camiseta que él me había robado la noche anterior colgando de un hombro. El cuarto seguía tibio por las mantas y por él, aunque ya no estaba a mi lado. Había dejado la cama hecha un desastre. Su culpa. Totalmente su culpa.
Me levanté a regañadientes y caminé hasta la cocina, arrastrando los pies.
Ahí estaba. Xavier, con el cabello todavía revuelto por el sueño, la camiseta blanca pegada a la espalda y una espátula en la mano como si supiera usarla.
—Buenos días —dijo, volteando a verme con esa sonrisa que me daba ganas de poner los ojos en blanco y al mismo tiempo no.
—¿Qué estás haciendo? —pregunté, aunque la evidencia era bastante evidente: harina en el mesón, un bowl, y un panqueque medio triste en la sartén.
—Hotcakes. O algo parecido. Oye, ¿tienes mantequilla?
Suspiré.
¿Por qué me siento como si viviera con un golden retriever que se despierta con ideas nuevas cada mañana?
—Creo que no —murmuré, acercándome a revisar el refri. Abrí la puerta. Cero mantequilla. Cero esperanza.
Él me miró con cara de "por favor no destruyas mis sueños culinarios todavía."
—¿Puedes ir por mantequilla? Solo es una cuadra —pidió, con esa mirada de cachorro que sabía perfectamente usar a su favor.
Odioso.
Me crucé de brazos.
—¿Por qué yo?
—Porque si yo salgo, para cuando vuelva habré olvidado que el sartén está encendido. Y no quiero quemar tu departamento el último día de tus vacaciones.
...
Tenía un punto. Maldita sea.
Rodé los ojos, agarré mis llaves y la hoodie que él había dejado tirada en el sillón.
Perfecto. A buscar mantequilla en pleno frío matutino porque a mi novio se le ocurrió jugar al chef profesional.
Antes de salir, él se acercó y me besó la frente, como si eso compensara todo.
Spoiler: sí compensaba. Un poco.
—Regresa pronto, Lowe —susurró, con esa voz ronca de recién despierto que me arruinaba la vida.
Me giré hacia la puerta tratando de no sonreír como idiota.
—No quemes nada —le advertí.
—Prometo....intentarlo.
Genial. Mi departamento estaba oficialmente condenado.
Salí al pasillo pensando que quizá, solo quizá, valía la pena atravesar la ciudad entera por un poco de mantequilla si era para volver a él.
Ugh. Qué asco. Estas siendo cursi.
El aire frío de Toronto me despertó mejor que cualquier café. Caminé a la tienda de la esquina, compré la mantequilla, la más normal, no la gourmet ridícula que Xavier hubiera elegido solo por curiosidad, y emprendí el regreso con las manos metidas en la hoodie que le robé.
Qué emoción, Marlowe, te levantaste un domingo para comprar mantequilla porque tu novio decidió jugar al chef. Estás viviendo el sueño.
Cuando llegué al edificio, el lobby estaba silencioso, iluminado por esa luz blanca que siempre parecía demasiado limpia para ser real. Presioné el botón del elevador y esperé, balanceando la bolsita de la tienda entre mis dedos.
Ding
Se abrieron las puertas
Y ahí estaba ella
Gabrielle.
Perfecto. Justo lo que necesitaba.
¿Por qué la vida me odia? ¿Qué contrato firmé sin leer?
Estaba con su cabello perfectamente peinado en ondas, ropa deportiva que obviamente nunca había sudado en su vida, y una mirada como si fuera la protagonista del universo.
Su sonrisa se encendió apenas me vio.
—Oh. Marlowe, ¿verdad? —dijo, con ese tonito exagerado que alguien usaba cuando quería sentirse superior.
—Sí —respondí, entrando al elevador porque no iba a subir por las escaleras solo para evitarla. Aunque la idea tentaba.
Ella se recargó en la pared, cruzando los brazos de forma dramática.
—Qué sorpresa verte aquí. Pensé que...bueno, que ya no querías verme después de...lo del pasillo.
Sí. La última vez que la vi, estaba básicamente colgándose de Xavier como si él fuera un árbol y ella un koala en crisis.
—No es algo que quiera revivir, vivo aquí —murmuré, presionando el botón de mi piso.
—Ay, tranquila, no te pongas así —rió. No era una risa normal. Era ese tipo de risa que buscaba escarbarte bajo la piel— Hay chicos que simplemente son...difíciles de resistir. Ya sabes.
Sentí una punzada en el estómago.
Ok, ¿puedo tirarme por el hueco del ascensor? ¿Es legal?
—Si lo dices —respondí, sin darle el gusto.
Gabrielle chasqueó la lengua, observándome con descaro.
—Aunque es raro, ¿no? Que él no te haya dicho.
Mi ceja se arqueó sola.
—¿Decirme qué?
Ella sonrió como si se estuviera saboreando el drama.
—Que vivo aquí ahora.
La bolsita con la mantequilla se me resbaló un poco entre los dedos.
—¿Perdón?
—Desde hace un par de semanas —siguió diciendo, encantada consigo misma— Pensé que te lo había contado. Digo, considerando...lo cercanos que son.— Lo dijo con ese tono venenoso que intentaba sonar casual, pero era puro veneno disfrazado de perfume caro.
Mi pulso se aceleró, no porque le creyera todo, sino porque detestaba la idea de que me enterara por ella.
— No sabía —respondí, controlando mi voz para que no sonara como si quería golpearla con la mantequilla.
Nickelodeon te enseño el estilo Sam
Ella sonrió más.
—Bueno, ahora sí. No te preocupes, Marlowe. Yo no muerdo.... —Pausa dramática— a menos que me lo pidan.
Ah, perfecto. Necesito un exorcismo. O una ducha con cloro. O ambas.
El elevador hizo ding otra vez y las puertas se abrieron en mi piso.