La alarma sonó a una hora que debería ser ilegal.
Intenté ignorarla. Enterré la cara en la almohada. Me hice bolita.
Claramente, el universo no funcionaba bajo mis reglas.
Sentí cómo alguien me destapaba.
—Stormy....—la voz de Xavier, baja, divertida, claramente demasiado despierta para ser humano— me pediste cinco minutos. Te di veinte.
Solté un quejido que no tenía traducción humana.
—No quiero ir a clases.
—Lo sé —respondió, sentándose a mi lado— pero si no te despierto, te vas a quedar dormida otra hora y luego vas a culparme a mí.
Ok, ese argumento era válido y me molestaba admitirlo.
Abrí un ojo. Él estaba ahí, con el cabello caído hacia adelante, una sudadera negra y esa sonrisa suave de "me encanta arruinarte el sueño pero también te amo un poquito".
—Levántate, mon amour.
...
¿Perdón?
Mis ojos se abrieron por completo.
—¿Qué? —pregunté, incorporándome.
Él sonrió, como si lo hubiera hecho a propósito, que claramente sí.
—Dije que te levantes, mon amour.
Mi cerebro dejó de funcionar por un momento.
¿Qué qué por qué dijo eso? ¿Qué significa?
Ay no, estoy roja, ¿estoy roja? Estoy roja.
—¿Hablas francés ahora? —pregunté, intentando sonar indignada en vez de emocionalmente destruida.
—Claro —respondió como si fuera la cosa más obvia del mundo— Inglés, francés e italiano.
Lo dijo sin alardear, solo dejándolo caer como si no acabara de provocarme un microinfarto.
—¿Y por qué nunca lo mencionaste? —pregunté, levantándome finalmente de la cama porque si me quedaba ahí iba a explotar.
Xavier se encogió de hombros.
—Nunca salió al tema.
Y luego añadió, con una sonrisa que me dio ganas de aventarle una almohada.
—Además, te ves adorable cuando te sonrojas.
Me llevé una mano a la cara.
—No estoy sonrojada.
—Claro que sí —dijo él, dándome un beso rápido en la mejilla antes de levantarse— Ven, ma chérie, te preparé algo para desayunar.
Otra vez el francés. Perfecto. Qué necesidad de hacerme esto tan temprano.
Me fui al baño antes de que me viera roja de nuevo.
Me di una ducha rápida, más para aclarar la mente que para despejar el sueño, y salí con el cabello aún húmedo, buscando ropa mientras Mantecada me miraba desde el borde de la cama como si juzgara cada prenda que tocaba.
—Ni me mires así, tú no tienes una suegra potencial viniendo hoy —murmuré.
Xavier apareció en la puerta del cuarto, apoyado con los brazos cruzados, mirándome de arriba abajo.
—¿Lista? —preguntó.
—Estoy tratando —respondí, metiéndome a mis jeans.
—Te ves bien —dijo él.
—Apenas estoy vestida.
—Precisamente.
Rodé los ojos.
Ya en la cocina, había preparado desayuno. Nada exagerado, solo lo suficiente para que no me fuera con el estómago vacío. Se apoyó en la barra mientras yo comía, observándome con esa calma suya que me desesperaba y me reconfortaba al mismo tiempo.
—Entonces —dijo él, mientras yo terminaba— te llevo en diez minutos.
—Sí —asentí, guardando mis cosas en la mochila.
Xavier se acercó, me arregló un mechón de cabello que se me había quedado atorado detrás de la oreja y murmuro.
—Bonne journée, mon amour.
Sentí cómo mi cerebro se reiniciaba por tercera vez en menos de una hora.
—Xavier —lo empujé suavemente con un dedo en el pecho— deja de hacer eso.
—¿Qué? —preguntó con una inocencia falsa, clarísima.
—ESO
Lo señalé
—Hablar en francés. No estoy preparada.
Él rió
—Entonces voy a seguir haciéndolo.
Lo miré con ojos entrecerrados.
—Eres insoportable.
Él se inclinó y me dio un beso corto en los labios, uno de esos que te dejan sin aire pero no lo admites.
—Y tú estás preciosa cuando te enojas, Stormy.
Me puse la mochila y respiré hondo.
—Ok...vámonos. Antes de que me derrita o algo.
Xavier sonrió, abrió la puerta, y mientras salíamos dijo.
—Después de clases paso por ti. Y no te preocupes.
Demasiado tarde.
Me preocupaba.
Me preocupaba todo.
Pero ahí iba yo. Con él
El frío de la mañana me golpeó en cuanto salimos del edificio, pero Xavier caminaba a mi lado como si la temperatura no existiera. Metí las manos en los bolsillos de mi chaqueta mientras él hacía malabares con las llaves del auto, como si fuera un truco de magia que yo no había pedido ver.
—¿Estás nerviosa? —preguntó mientras arrancaba.
—No —dije
Él arqueó una ceja
Ok, tal vez un poco. Tal vez MUCHO. Pero no iba a darle el gusto.
El camino fue tranquilo, Toronto todavía medio dormido. Yo miraba por la ventana, intentando mentalizarme que hoy era solo un lunes normal. Excepto que no lo era.
Xavier, por supuesto, decidió no dejarme hundirme en mis pensamientos.
—Oye, cariño.
—¿Qué?
—Si tu primer clase está muy aburrida, imagíname a mí tratando de cocinar sin quemar nada.
—Ya lo viví —dije— No necesito imaginarlo.
—Lastimas mis sentimientos —puso una mano en el pecho con dramatismo ridículo.
—No sabías ni prender la estufa.
—Estaba probando cosas nuevas.
—Casi incendias mi departamento.
—Detalles
No pude evitar reír.
Llegamos a la universidad más rápido de lo que quería. El estacionamiento estaba lleno de estudiantes medio dormidos, tazas en mano, mochilas gigantes, y esa vibra colectiva de "¿por qué estoy despierto?".
Xavier detuvo el auto frente al edificio de mi facultad.
—Aquí estamos —dijo, girándose hacia mí.
Respiré hondo.
Ok. Era ahora. Clases. Responsabilidades. Y luego...su mamá.
—Entonces nos vemos después —murmuré, acomodando la correa de mi mochila.
Xavier se inclinó hacia mí con esa sonrisa que siempre tenía un toque de travesura.
—Bonne chance, ma chérie.
Lo empujé ligeramente por la frente.