Lo que juramos en secreto

De vuelta a la jaula

Xavier
El ruido del departamento aún me perseguía cuando la puerta se cerró detrás de mí.

No sé si fue la voz rota de Marlowe, el temblor en sus manos o el modo en que me pidió que le dijera ala verdad, como si yo fuera alguien que mereciera que le suplicaran.

Pero todo eso se quedó clavado, ardiendo, mientras Gabrielle caminaba junto a mí dando pequeños saltitos de emoción estúpida.

—¡Viste eso! —dijo, sonriendo como si esto fuera un juego— No pensé que te fuera a salir tan bi-

Le arranqué el collar de entre los dedos, ella chilló, ofendida.

—¡¿Qué te pasa, Xavier?! ¡Me vas a lastimar!

No respondí, ni la miré, el collar quedó en mi mano, como un peso muerto, como un recordatorio que quemaba.

No podía permitir que ella lo llevara, ni por órdenes de mi padre.
Ni aunque tuviera que cargar con esa culpa toda mi vida.

Perdóname, Stormy...

No lo dije, solo lo pensé.
Porque si lo decía en voz alta, me quebraba ahí mismo.

Salimos del edificio

La camioneta negra ya estaba estacionada junto a la acera, puertas abiertas, motor encendido, como si esta noche hubiera sido planeada desde hace meses y sí, probablemente lo fue.

Mi padre estaba ahí, firme, impecable, con ese gesto perpetuo de superioridad que hacía que todo se sintiera más frío.

Mi madre estaba a su lado, su mirada evitando la mía. No sé si era vergüenza o dolor o ambas.

Gabrielle soltó un suspiro teatral, acomodándose el cabello como si estuviera por entrar a una alfombra roja y no por arruinar lo único real que yo había tenido en años.

—¿Y Christian y Ben? —pregunté, mi voz más áspera de lo que quería— ¿Dónde están?

Mi madre dio un paso al frente, como si necesitara ser un escudo entre mi padre y yo.

—Ellos....—su voz dudó un segundo— Decidieron quedarse unos días más en Toronto.

Parpadeé

—¿Qué?

Ella asintió suavemente, y en ese asentimiento había una disculpa entera.

—No quieren dejarte solo —añadió— Pero están preocupados por la Marlowe.

La mención de Marlowe fue un golpe directo al estómago. La camioneta, ña carrera de mi corazón, el eco de su voz diciendo no lo hagas.

Mi padre carraspeó, impaciente.

—Ya es suficiente —dijo, como si cada palabra mía fuera una pérdida de tiempo— Sube, esta noche se acabó la discusión.

Gabrielle se adelantó, intentando subir primero.

Mis dedos se cerraron en el marco de la puerta, el collar aún apretado en mi mano, respiré hondo, el escozor en el pecho seguía ahí, punzante.

—¿Y ellos dónde están exactamente? —insistí— Quiero hablar con Christian.

—Ya hablaste demasiado —interrumpió mi padre— Y no necesitas a Christian, necesitas entender tu responsabilidad.

La camioneta esperaba, Gabrielle esperaba, mi padre exigía.
Y la imagen de Marlowe llorando por mi culpa todavía me quemaba la garganta.

Subí a la camioneta sin decir nada más, mi madre subió detrás de mí.
Gabrielle ocupó el asiento contrario, sonriendo como si hubiera ganado algo.

Pero yo solo podía ver mis manos temblando, el collar enredado entre mis dedos y la certeza, brutal, de que con tal de protegerla acababa de alejar a la única persona que realmente había amado.

⋆。°✩ ───────── ✩°。⋆

El palacio de Aurévale siempre había sido enorme, silencioso, perfecto. Un monumento a la disciplina, a la tradición, al deber.

A la vida que jamás había escogido.

Pero ahora....ahora se sentía como una jaula.

Una semana completa desde que había cruzado esa puerta del departamento, desde que había visto a Marlowe derrumbarse sin poder detenerme, desde que me obligué a lastimarla para mantenerla a salvo.

Ciento noventa y dos horas sin querer dormir, ni comer.

Estaba en mi habitación, mi prision, mirando por la ventana hacia los jardines nevados del este
Todo lucía igual que siempre.

Todo menos yo.

¿Qué hiciste, Xavier?
¿Qué hiciste...?

Intenté marcar a Christian otra vez.
Nada, llamé a Ben, tampoco.

Los dos habían leído mis mensajes, eso sí pero no habían respondido.

Los conocía demasiado bien.
Significaba que estaban furiosos y que estaban protegiendo a Marlowe de mí.

La señal repicó tres veces antes de cortarse sola.

Me pasé una mano por el cabello, demasiado largo, desordenado, símbolo perfecto de mi desorden mental, y solté un suspiro frustrado.

No, no frustrado, desesperado.

¿Cómo está?
¿Come?
¿Duerme?
¿Me odia tanto como necesito que lo haga?

Golpeé el escritorio con el puño, no fuerte. Solo lo suficiente para sentir algo.

Una servidumbre pasó frente a mi puerta, haciendo una reverencia al verme, no sé qué expresión llevaba puesta, pero no podía ser buena.

Me apoyé contra la pared y cerré los ojos un momento, queriendo borrar todo, no funcionó.

Recordé la forma en que Marlowe dijo por favor, recordé sus ojos cuando le dije que no era nada, recordé cómo le tembló la voz, cómo retrocedió como si la hubiera golpeado.

Y recordé, sobre todo, cómo se quitó el collar, ese maldito collar que aún estaba guardado en el cajón de mi mesa de noche.

Corto todo tipo de lazo que pudimos haber tenido.

La puerta se abrió

Era mi madre, con una bandeja, con comida que yo no había pedido.

—En dos días no has bajado ni una vez —dijo con suavidad— Tienes que comer algo.

No respondí

Ella dejó la bandeja en el escritorio.

—Tu padre quiere hablar contigo más tarde, sobre tu coronación.

—No voy a hacer nada de eso —Mi voz sonó muerta— No todavía

Mi madre me observó con ese gesto triste, impotente, que había tenido desde el hospital.

—Xavier.....

—Intenté hablar con Christian y Ben, no contestan.

Ella bajó la mirada.

—Tu padre los llamó a ambos, les prohibió hablar contigo por ahora.




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