Lo que juramos en secreto

Secretos revelados

Marlowe

Cinco días después, intenté estudiar.

Intenté de verdad, abrí el libro, subrayé un párrafo, leí dos líneas y luego me descubrí viendo fijamente la página como si de pronto hubiera olvidado cómo funcionan las palabras. Mi mente simplemente no cooperaba, como si hubiese puesto un candado y perdido la llave.
Estaba molesta, molesta conmigo, molesta con él, molesta con todo.

Pero no....no triste, no permitiría eso, no otra vez.

Cada que intentaba concentrarme, mi pulso hacía ese salto irritante y mi pecho se apretaba en un punto que ya reconocía demasiado bien. Así que respiraba, me acomodaba el cabello detrás de la oreja, y pretendía que era solo estrés académico, fáciles mentiras para una mente cansada.

Mi celular vibraba cada cierto tiempo.

Evangeline: ¿Ya comiste? Te dejo mis apuntes si necesitas ponerte al corriente.

Ellie: Literalmente estoy a cinco segundos de dejar la clase y volver contigo. Dime que estás bien.

Les respondía algo corto, porque estaban en la universidad y no quería que se preocuparan más. Sabía que querían estar conmigo, que odiaban dejarme sola, pero también sabía que tenían sus propias vidas. Y yo bueno, yo tenía mis silencios.

Aun así, sus mensajes mantenían mi cabeza a flote, como si me estuvieran abrazando a la distancia.

Mi celular volvió a sonar, esta vez no un mensaje, sino una llamada.

Mamá, otra vez.

Contesté y me obligué a sonar normal.

—Hola, mamá

—¿Cómo sigues, cariño? ¿Te duele algo? ¿Te sientes mareada? Aún podemos hacerte un chequeo si es necesario.

Me recargué en el respaldo de la silla y cerré los ojos un momento.

—Estoy bien —mentí con la fluidez de alguien que ha tenido práctica— Solo cansada, pero bien.

—Sabes que puedes venir a casa, ¿verdad? —insistió ella— Tu papá también quiere verte.

Lo sabía, ellos habían estado llamando desde que volvieron a Arizona y yo agradecía su preocupación, de verdad pero no podía hablarles de eso. No podía poner en palabras lo de Xavier, porque se sentiría demasiado real y aún no sabía qué sentir. Si les decía algo, si lo escuchaba salir de mi boca, la herida se abriría por completo y no, no iba a darle ese poder.

—Estoy bien aquí —respondí, mordiendo mi labio— De verdad,no se preocupen tanto.

Prometí llamarles más tarde, colgué y solté un suspiro que no sabía que estaba conteniendo.

Volví a mis notas, a mi escritorio, a la tranquilidad fingida.

Y aun así, cada tanto, mi mirada terminaba perdida en el mismo punto de la pared.

Molesta de sentir tanto y no sentir nada al mismo tiempo.

Molesta de seguir respirando como si no hubiera pasado nada, como si no hubiera escuchado esas palabras, como si no me hubieran arrancado algo que ni siquiera sabía que era tan mío.

Pero sigues adelante, Marlowe eso haces, eso siempre haces.

Aunque duela un poco más de lo que admites.

El silencio del departamento era tan espeso que casi podía masticarlo. Estaba subrayando otra frase inútil, pretendiendo que mi cerebro no era un desastre emocional en llamas, cuando alguien tocó la puerta.

Fuerte, insistente y molesto.

Genial, justo lo que necesitaba.

Me levanté con un suspiro, recogiendo el cabello en una coleta improvisada mientras caminaba hacia la entrada, pensé que sería Ellie, que suele olvidar sus llaves, o Evangeline, porque toca como si estuviera exigiendo cualquier cosa, o algo manejable.

Pero cuando abrí, el mundo se me cayó un centímetro.

—¿Qué...haces tú aquí? —escupí, sin filtro, sin intentar sonar amable. No lo merecía.

Oliver estaba en mi puerta como si eso fuera normal, con su postura arrogante, su cabello pelirrojo desordenado y esa expresión demasiado tranquila para lo que era él. Sus ojos, entre azul y gris, me recorrieron de arriba abajo como si buscara algo.

—Marlowe —dijo simplemente.

Le crucé los brazos, marcando distancia.

—Si vienes a molestar, felicidades, ya lograste arruinarme el día, puedes irte.

Esperaba que respondiera como siempre, con sarcasmos, comentarios pesados, alguna provocación barata, pero no. Esta vez no lo hizo.

Su voz sonó rara, seria, casi...tensa.

—No vengo a pelear

Eso me tomó por sorpresa, tanto, que parpadeé.

—¿Y entonces qué? —repliqué— ¿Veniste a ver si seguía viva? ¿O a traer tus mismas estupideces de siempre?

Su mandíbula se apretó, pero no se enganchó, eso también me puso alerta.

Oliver tragó saliva, como si debatiera algo consigo mismo.

—Vine porque hay algo que necesitas saber —dijo finalmente— Sobre tu novio.

Mi estómago cayó, justo lo que no necesitaba, justo lo que intentaba no pensar.

Volteé el rostro, molesta, protegiéndome de forma automática.

—No quiero hablar de él.

—Tienes que escucharme.

—No —Mi voz salió filosa, cargada de un enojo que quemaba— No voy a dejar que tú, de todas las personas, vengas a decirme algo de él, así que mejor-

—Xavier no es lo que piensas.

Me congelé, literalmente, como si se hubiera detenido todo el aire alrededor.

Mi respiración se quedó atorada en el pecho, y un latido incómodo retumbó en mis oídos.

—¿Qué dijiste? —pregunté, más bajo, más herido de lo que quería que sonara.

Oliver dio un paso hacia mí, y yo retrocedí instintivamente, sosteniendo el marco de la puerta como si necesitara algo para no tambalear.

Su mirada se volvió seria, demasiado seria para él.

—Sé que no me soportas, y créeme, yo tampoco vengo a molestarte no ahora, pero tu "novio perfecto" no es lo que crees, no lo fue, nunca lo fue.

Sentí una punzada en la garganta, no quería escuchar esto, no ahora, no así.

—Vete —susurré, pero fue un susurro tembloroso, no firme como pretendía.

Oliver negó con la cabeza.

—No vine a lastimarte, Marlowe, pero hay cosas que tienes que saber antes de que sea demasiado tarde.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.