Pasaron unas horas, largas, pesadas, incómodas.
Mantecada se acurrucó en mis piernas mientras yo estaba sentada en el sillón, sin moverme demasiado. El ronroneo me calmabaun poco. No lo suficiente, cada tanto, él levantaba la cabeza para verme, como tratando de descifrar por qué no estaba hablándole, ni riéndome, ni diciendo tonterías.
Yo no podía, no hoy.
El apartamento seguía silencioso.
Demasiado silencioso.
Hasta que escuché tres golpes en la puerta.
Mantecada se puso alerta, levantando las orejas.
Otro golpe y después una voz conocida:
—Marlowe, soy yo —la voz profunda de Ben, tranquila, como siempre— Estamos los tres.
Respiré hondo.
Me levanté despacio, dejando a Mantecada sobre el sillón. El gato maulló, como protestando por la falta de atención.
Caminé hacia la puerta, la abrí.
Los tres estaban ahí, Ben, con su rostro amable pero tenso, estudiándome como si pudiera ver cada emoción enterrada bajo mi expresión neutra.
Evangeline, con los labios apretados, sin maquillaje, el cabello recogido a medias y esa mirada inquieta que solo ponía cuando estaba preocupada de verdad.
Christian, con su postura rígida, los brazos cruzados y una sombra de culpa escondida detrás de su expresión fría.
Los tres se quedaron en silencio cuando me vieron.
Porque yo no sonreí, no hice un comentario sarcástico, no abrí los brazos, no dije "pasen".
Solo los miré, seria, completamente seria.
—Entren —dije al fin, con la voz más estable que pude.
Pasaron sin decir nada Ben fue el primero en moverse, como si estuviera entrando a terreno sagrado y peligroso, Evangeline evitó mi mirada, Christian sí me miró, pero no con desafío, con algo parecido a remordimiento.
Cerré la puerta
Caminaron hasta la sala, donde aún estaban mis cuadernos abiertos, una taza sin terminar y Mantecada sentado como un guardia felino vigilante.
Los tres esperaron a que hablara, yo no me senté, me quedé de pie frente a ellos con los brazos cruzados y con la respiración perfectamente controlada.
—Gracias por venir —dije, sin suavidad, sin emoción.
Evangeline frunció el ceño
—Marlowe ¿estás bien?
—Estoy —respondí simplemente.
Ben dio un paso al frente.
—¿Qué pasó? —preguntó con cautela.
Mis dedos temblaron un segundo, pero no lo permití.
Todavía no les mostraba las fotos, quería escuchar sus voces primero, quería ver sus reacciones sin previo aviso.
—Quiero que se sienten —dije
Los tres obedecieron, nadie protestó, nadie intentó bromear, nadie dijo "¿estás segura?"
Yo seguí de pie
—Vamos a tener una conversación —añadí, mirando a cada uno lentamente— Muy seria
Evangeline tragó saliva,
Christian apretó la mandíbula,
Ben inclinó ligeramente la cabeza, atento, como si estuviera frente a un paciente herido.
—Y quiero —continué— que no me mientan, ni una sola vez.
Mis palabras cayeron como un peso en medio de la sala.
Mantecada maulló bajito, como si notara el cambio de energía.
Ellos esperaron, tensos, expectantes, yo también, porque estaba a punto de derrumbarles toda la fachada.
Pero primero, quería ver cómo respiraban cuando escucharan mi primera pregunta.
Extendí la mano hacia la mesa, donde había dejado la carpeta que Oliver me había dado.
La tomé, la sostuve un segundo, respirando hondo, sintiendo cómo el silencio se estiraba entre nosotros, casi insoportable.
Evangeline fue la primera en reaccionar.
—¿Qué es eso? —preguntó con la voz apenas audible.
Yo no contesté, solo regresé la carpeta sobre la mesa baja, frente a ellos.
La abrí, las fotos quedaron expuestas.
Periódicos, titulares, imágenes de un castillo enorme, fotografías de Xavier vestido formal, al lado de su padre, otra con la madre de Xavier.
Incluso una donde, al fondo, se veía a Christian hablando con alguien.
Y otra, muchísimo peor, donde una Evangeline demasiado joven aparecía claramente en un evento oficial, detrás de la familia real.
Ben tensó los hombros, Christian se inclinó hacia adelante, como si necesitara ver dos veces para confirmarlo, Evangeline palideció.
Mi voz salió tranquila. Demasiado tranquila.
—¿Qué es esto?
Los tres se quedaron en silencio.
Casi podía escuchar el latido acelerado de Evangeline, la respiración contenida de Ben, el rechinar de dientes de Christian.
Fui yo quien habló de nuevo.
—¿Por qué —detuve mi mirada en cada foto— todos ustedes salen en cosas que se supone que no deberían existir si todo lo que me dijeron sobre sus vidas es verdad?
Evangeline se llevó una mano a la boca, Ben abrió la boca para decir algo pero no dijo nada, Christian cerró los ojos un segundo, claramente insultándose mentalmente.
—Marlowe....—Ben fue el primero en intentar— No es lo que parece.
Solté una risa seca.
—¿De verdad van a empezar con eso?
Evangeline se apresuró a hablar, desesperada.
—Marlowe, escúchame, por favor. No es que no confiáramos en ti. No es que no quisiéramos decirte. Es que no podíamos.
La miré sin pestañear.
—¿No podían? —pregunté, en voz baja— ¿O no querían?
Evangeline se mordió el labio.
No respondió, Christian se incorporó, serio, directo como siempre.
—Xavier iba a decírtelo, te lo juro.
Mi estómago se cerró un poco.
—¿Cuándo? —pregunté, clavando mi mirada en él— ¿Antes o después de irse?
Christian tragó saliva, Evangeline cerró los ojos. Ben bajó la mirada, como si eso le doliera también.
Yo tomé la primera foto, una donde Xavier llevaba un traje azul oscuro, perfectamente peinado, con su padre al lado.
—Esto ¿lo sabían?
Ben respiró hondo.
—Sí
—¿Y nunca pensaron en decirme nada?
—No era nuestra decisión —dijo Christian, serio
—Yo quería contarte —soltó Evangeline, con la voz quebrada— Te lo juro pero Xavier estaba tratando de protegerte y de proteger algo más.