Lo que juramos en secreto

Plan maestro

Llevaba días encerrada en el departamento de Evangeline, viviendo prácticamente de compras express hechas con el dinero que ella me había dejado. Nada glamuroso: pan, fruta, botellas de agua, pasta barata y unas galletas que sabían a cartón deprimido.

Lo peor era el silencio, ese silencio helado del reino.

Un silencio que no te dejaba pensar, pero tampoco te dejaba no pensar.

Ben, Christian y Evangeline me mandaban mensajes a cada rato, actualizando todo como si estuviéramos planeando un golpe de estado. Bueno....técnicamente estábamos haciéndolo.

La coronación sería mañana.
Mañana

Xavier se convertiría en rey en menos de veinticuatro horas si nosotros fallábamos.
Si yo fallaba.

Estaba sentada en el piso, la espalda pegada a la cama, revisando el cajoncito que había encontrado esa tarde. Una curiosidad tonta, algo que me distrajera de la idea de que pronto tendría que ver a Xavier después de todo lo que me había dicho, después de ese beso con Gabrielle, después de sentir mi corazón partirse tan fuerte que todavía me dolía el pecho.

Pero el cajón había sido....una sorpresa, dentro había un pequeño fajo de fotografías gastadas.

Las tomé y me quedé en silencio.

Evangeline....y Christian, de niños.
Ambos pequeños, elegantes, serios....aunque en una foto, Christian aparecía sacándole la lengua a la cámara y Evangeline tenía esa sonrisa medio orgullosa, medio resignada que solo le sale con él.

No puedo creer que fueran tan niños normales.

Justo estaba pasando la foto donde Christian, de unos ocho años, abrazaba a Evangeline mientras ella sostenía una espada de madera cuando escuché el suave clic de la cerradura.

Mi cuerpo se tensó de inmediato, pero la voz....

—Marlowe....soy yo

Respiré, la puerta se abrió y Evangeline entró envuelta en un abrigo largo, el cabello suelto, las mejillas rojas por el viento frío. Tenía esa aura elegante que no necesitaba mencionar, porque simplemente estaba ahí. Como si el aire se ajustara cuando ella entraba.

—Llegaste —dije, guardando las fotos a medias, pero ella las vio.

Sus ojos se suavizaron.

—Encontraste eso....

—No estaban muy escondidas —respondí, alzando la foto donde ambos niños parecían pequeños príncipes rebeldes— No sabía que tú y Christian....eran así de cercanos desde tan chiquitos.

Evangeline cerró la puerta con seguro y caminó hacia mí, quitándose el abrigo para dejarlo sobre la silla.

—Éramos inseparables —admitió con un suspiro— Crecimos juntos en palacio. Yo lo molestaba, él me cuidaba....—se encogió de hombros— era mi mejor crush antes de que la vida se complicara.

Me senté en la cama mientras ella se dejaba caer a mi lado, con la espalda contra la pared. No parecía la Evangeline segura que siempre veía. Parecía cansada, con ojeras marcadas y el ceño fruncido de preocupación.

—¿Y por qué escondiste las fotos? —pregunté

—Porque....—soltó una pequeña risa— son parte de otra vida, una que pensé que había dejado atrás para siempre. Y ahora....estamos de regreso aquí.

Asentí, jugueteando con una de las fotos.

—Mañana....—empecé, pero la voz se me quebró un poco.

La verdadera razón de por qué estaba aquí, e por qué había aceptado, de por qué me dolía todo, aunque ya no debería doler.

Evangeline volteó hacia mí, mirándome directo a los ojos.

—¿Cómo estás? —preguntó despacio.

No supe si reír, llorar o golpear una pared.

—No lo sé —admití— Estoy molesta, estoy confundida, estoy.... intentando no pensar en lo que él me dijo ese día y al mismo tiempo sé que tengo que hacerlo, porque mañana....tengo que verlo. Y hablarle. Y convencerlo.

Mi voz se redujo a un hilo.

—¿Y si no quiere?

Evangeline tomó la foto de mis manos y la dejó junto a las demás.

—Xavier no te habría amado así si no fueras importante —dijo con esa firmeza suave suya, como si estuviera declarando una ley universal— Y sí, dije amado. No voy a suavizarlo.

Sentí un nudo en la garganta.

—Pero él lo negó....

—Porque se lo ordenaron, porque te estaba protegiendo. Porque estaba aterrado —Evangeline apretó los labios— Pero eso no lo hace menos cierto.

Me quedé callada, ella también.

El reloj del departamento marcaba casi las once de la noche cuando finalmente habló otra vez.

—Marlowe —me sostuvo la mirada— Mañana va a ser difícil, muy difícil. "Annoyingly difficult" como diría Ellie.

No pude evitar una sonrisa triste.

—Pero no vas sola —continuó— Christian, Ben y yo vamos a estar moviéndonos por todo el palacio. Y tú....tú solo tienes que hacer una cosa.

—¿Cuál?

Evangeline respiró hondo, como si también le doliera.

—Recordarle quién es y recordarle quién eres tú para él.

Mi pecho se apretó, sus palabras atravesaron más de lo que quería admitir.

—Te vine a ver —agregó— porque sé que esta noche no vas a dormir. Así que....si necesitas gritar, llorar o insultar a Gabrielle, este es el momento.

Solté una risa pequeña, amarga, pero risa al fin.

—¿Puedo hacer las tres?

Evangeline sonrió de lado.

—Por supuesto, estoy aquí para eso.

Y así, por primera vez en días, no me sentí completamente sola.
Ni completamente perdida.
Ni completamente rota.

Solo....en pausa a la espera del día que podría cambiarlo todo.
Para bien o para mal.

Porque mañana, Xavier Arvest sería coronado rey a menos que yo lograra detenerlo.

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Día de la coronación

Había amanecido gris, como si el cielo también estuviera tan nervioso como yo. Evangeline se había ido antes del amanecer, después de prometerme que todo estaba bajo control, que me avisaría cuando estuviera dentro del palacio, que Christian y Ben ya estaban ubicándose en sus puestos para distraer a Gabrielle y a media corte.

"Confía", me dijo.
Sí, claro, facilísimo.




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