Lo que juramos en secreto

Verdades robadas

Xavier
Había demasiadas manos sobre mí, demasiadas voces, demasiado ruido.

El cuarto entero se movía como un torbellino mientras más personas entraban y salían, ajustando mi corbata, limpiando mis zapatos, revisando mi postura, colocando piezas del uniforme ceremonial sobre mis hombros.

Un infierno dorado.

Un infierno con coronas estampadas en cada esquina.

Yo estaba de pie en medio de todo, intentando respirar mientras un asistente tironeaba del cuello del saco como si quisiera ahorcarme en nombre de la tradición.

—Su Alteza, quédese quieto —dijo uno.

—La tela se arruga si no endereza los hombros —dijo otro.

—Necesitamos ajustar la hebilla, príncipe —añadió alguien más.

Mi mandíbula estaba tan apretada que me dolían los dientes.

Ben estaba a mi derecha, serio, tenso, como si quisiera ahorcar a medio personal de protocolo.
Christian, a mi izquierda, me miraba como si estuviera calculando cuántas personas podía sacar del cuarto antes de que alguien notara que no eran accidentes.

Pero ninguno podía hacer nada, ninguno podía salvarme de esto, solo yo podía renunciar a este puesto, pero no lo haría, había muchas cosas en juego, la seguridad de Marlowe estaba en juego.

—Xavier —susurró Ben finalmente, en voz baja para no alarmar al resto— Respira

—No puedo —escupí entre dientes.

Christian soltó una risa seca.

—Sí puedes. Solo....no mires a la corona, supongo.

Mi mirada se deslizó involuntariamente hacia el cofre abierto donde reposaba.
Brillaba de una forma casi obscena, como si celebrara mi desgracia.

Apreté los puños, yo no quería esto.

No quería ser rey, no quería estar aquí, no quería estar preparándome para una vida que jamás pedí.

Quería estar en Toronto, quería estar con ella, quería que todo fuera distinto.

—Xavier....—Ben murmuró, suave— Ya falta poco. Podemos-

—No quiero —interrumpí, y mi voz salió quebrada, más honesta de lo que debería— No quiero esta vida, Ben. No quiero seguir obedeciendo órdenes que destruyen todo lo que....—me falló la voz— todo lo que amo y quiero.

Christian dejó de fingir serenidad, su expresión se endureció.

—Tu padre cree que puede usar esto para encerrarte —dijo en voz baja— Pero no te tiene. No realmente.

No respondí

Porque en ese momento, alguien tocó la puerta con tres golpes precisos.

Todo el cuarto quedó en silencio.

Una asistente entró, inclinándose con formalidad exagerada.

—Su Alteza —dijo— Su madre solicita hablar con usted. De inmediato.

Ben y Christian intercambiaron una mirada.

Yo sentí que el pecho me caía al suelo.

Madre

Si ella necesitaba verme ahora.....no era algo menor.

—Voy —respondí, sin ocultar mi cansancio.

La asistente hizo una reverencia y se apartó, dejándome pasar.

Ben alcanzó mi brazo.

—Ten cuidado —susurró.

Christian añadió, casi sin voz:

—Pase lo que pase....no estás solo.

Asentí

Pero mientras salía por el pasillo, rumbo a donde mi madre me esperaba, no pude ignorar esa punzada en el pecho.

Un presentimiento.

Uno que no sabía si quería enfrentar. No sabía si estaba listo.
O si tenía fuerzas para soportarlo.

El pasillo hacia el ático era silencioso, demasiado silencioso para un día como éste.

Mis pasos resonaban contra el mármol, apagados, tensos.
Intentaba adivinar qué quería mi madre, por qué me necesitaba justo ahora, a menos de una hora y media antes de convertirme, a la fuerza, de en lo que siempre juré que no sería.

Cuando giré la esquina, la vi.

Mi madre estaba allí, de pie frente a una puerta de madera envejecida, la del ático.
Llevaba un vestido celeste pálido, sencillo, elegante como siempre.... pero su rostro tenía una expresión que yo no veía desde niño.
Esa mezcla entre determinación y ternura que usaba cuando estaba a punto de contradecir a mi padre por mí.

—Mamá....—murmuré, acercándome.

Ella me miró....y no dijo nada al principio.
Solo levantó una mano, la colocó en mi mejilla y suspiró.

—Hijo —su voz era suave, pero firme como una sentencia— Sabes que te apoyaré en todas tus decisiones, cuando se trata de tu felicidad.

Mis cejas se fruncieron.

—¿Mamá? ¿Qué....qué estás haciendo?

Ella sonrió un poco, una sonrisa triste, dolorosa y orgullosa al mismo tiempo.

—Lo que debí haber hecho desde hace mucho —respondió.

Luego señaló la puerta detrás de ella.

—Entra

—¿Por qué? ¿Qué hay ahí? —mi voz se quebró un poco. No podía evitarlo.

—Algo o alguien —dijo, acariciando mi hombro— que necesitas ver antes de que sea demasiado tarde.

Y entonces, como si supiera que si se quedaba yo le haría preguntas que ella ya había decidido no responder, dio media vuelta y se fue por el pasillo, dejándome con un nudo en la garganta.

Me quedé mirando la puerta.

Respiré hondo, una vez, dos veces.

Mi mano tembló apenas al girar la perilla.

El cuarto estaba iluminado solo por una lámpara antigua colgada del techo. El ático entero olía a madera vieja, a polvo, a recuerdos de familia que nunca me había molestado en conocer.

Y ahí, en medio del cuarto....estaba ella.

Marlowe

De espaldas, sentada en un sillón pequeño, con un vestido azul oscuro que hacía que incluso la luz más tenue buscara quedarse sobre su piel.

Tenía la cabeza ladeada, distraída, como si el peso de sus pensamientos fuera mucho más grande que el del mundo entero. Sus dedos jugaban nerviosos con un mechón suelto de su peinado, pero no se daba cuenta.

No me había escuchado entrar. No sabía que estaba ahí que la estaba viendo después de semanas que se habían sentido como años.

Mi corazón....se detuvo o dolió o ambas cosas.

Porque ahí estaba ella, en mi palacio, en mi ático, en mi vida otra vez.

La persona que había destruido para salvar.
La persona a la que había mentido.
La única que me importaba más que mi propio destino.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.