Marlowe
Nunca pensé estar en un palacio. Mucho menos, a punto de ver a Xavier caminar directo hacia su destino....para después incendiarlo todo.
Ben y Christian me escoltaban como si fuera alguna especie de dignataria perdida. Uno a cada lado, silenciosos, atentos, tensos.
Desde que salimos del ático, no habían dejado de vigilar todo lo que se movía.
Llegamos a la zona del público, a las primeras filas. Ben me colocó justo donde Evangeline le dijo que debía estar.
-Aquí tendrás buena vista -murmuró, ajustándose un poco el traje para disimular que estaba nervioso.
Christian, por su parte, se cruzó de brazos, mirando hacia la entrada del salón real.
-Ya falta nada -comentó, con esa voz suya grave que nunca sabía si era calma o amenaza.
Yo no respondí. Tenía el corazón gallopeando contra mis costillas, como si quisiera escapar.
El salón era enorme, columnas doradas, cortinas de terciopelo, candelabros gigantes. La alfombra roja que llevaba al trono parecía interminable. Todo el mundo estaba vestido de gala, murmurando, esperando el gran momento.
La coronación o lo que pretendía ser la coronación.
Ben me tocó ligeramente el hombro.
-Respira -me dijo con una sonrisa paternal que casi me quiebra.
Y entonces las trompetas sonaron, la música oficial del reino y todos se pusieron de pie
El anuncio retumbó en todas partes:
-Su Alteza, el Príncipe Xavier Arvest
Mi pecho se apretó.
Xavier apareció en el arco principal, escoltado por guardias. Caminaba....diferente. No rígido, no resignado, más bien decidido. Como si supiera exactamente lo que iba a hacer, claro, porque lo sabía, pero se veía como si esta no fuera su coronación, sino su guerra.
Lo vi respirar hondo antes de avanzar hacia el trono. Cuando llegó al frente, alguien le entregó un micrófono y mis manos empezaron a temblar.
-Va a hacerlo -susurró Christian, casi orgulloso.
-Eso esperamos -murmuró Ben.
El murmullo en la sala bajó hasta convertirse en silencio absoluto.
Xavier alzó la vista.
Lo conocía tanto que pude ver el instante exacto en que dejó de tener miedo.
-Quiero agradecerles a todos por venir -comenzó, con voz segura- a lo que iba a ser mi coronación.
Un ligero movimiento se sintió en la multitud. Intercambios de miradas. Confusión.
Xavier apretó el micrófono entre sus manos.
-Pero no puedo aceptar este cargo.
El silencio se rompió de golpe, un estallido de voces, exclamaciones, incluso gritos ahogados.
Mi corazón dio un salto tan fuerte que casi me mareo.
-Yo, Xavier Arvest, dimitiré hoy a mi derecho al trono.
Ben soltó un suspiro como si llevara siglos reteniéndolo. Christian sonrió por primera vez desde que llegamos. Yo no sabía si llorar, correr hacia él, o desmayarme en pleno salón, pero lo que sí supe fue que, en ese instante, Xavier estaba rompiendo todas las cadenas que lo mantenían lejos de mí.
El salón se volvió un eco de respiraciones contenidas, murmullos rotos y miradas que se clavaban en Xavier como si él acabara de incendiar el reino con una sola frase.
-Escucharon bien, dimitiré a mi derecho al trono -repitió
El padre de Xavier, el rey, se levantó tan rápido que su silla golpeó el mármol con un estruendo violento. Su rostro estaba rojo, furioso e irreconocible.
-¡Xavier! -rugió, avanzando entre los invitados como un animal acorralado- ¡No sabes lo que estás diciendo! ¡Te ordeno que detengas esto ahora mismo!
Antes de que pudiera llegar hasta él, alguien entre el público gritó:
-¡Es imposible! ¡No puede dimitir! ¡El príncipe Xavier es el único heredero al trono!
El caos explotó. Todos hablaban al mismo tiempo, algunos se levantaban de sus asientos, otros intentaban acercarse, la prensa escondida detrás de columnas activó cámaras. Era un torbellino de voces y confusión.
Y entonces la madre de Xavier, la reina Eleonor dio un paso adelante y extendió una mano hacia Xavier.
-Hijo el micrófono por favor
Él se lo entregó sin dudar. La reina subió un escalón y enfrentó a todos los invitados con la espalda recta y la determinación de alguien que por fin decidió derrumbar una mentira histórica.
-Damas y caballeros -comenzó- Es momento de que la verdad salga a la luz.
El rey palidecio
-Eleonor -gruñó él, en un susurro que sonó a amenaza.
-Hace veinte años -continuó ella, ignorándolo- tres años después del nacimiento de Xavier....el rey mantuvo una aventura con alguien aquí presente.
Un silencio tan absoluto cayó sobre el salón que incluso mi respiración sonó escandalosa.
-Una aventura con la reina Firial Ambrose.
Mi estómago cayó al suelo. Los murmullos estallaron como pólvora.
-¡Imposible!
-¿La reina Ambrose?
-¿Qué está diciendo?
-Eso cambiaría toda la sucesión....
La reina Eleonor levantó una mano para exigir silencio.
-Como resultado -respiró hondo- existe otra heredera legítima. Una hija que no es del legado Ambrose, sino del nuestro.
Mis ojos se movieron automáticamente hacia Evangeline y la encontré caminando entre los invitados como si siempre hubiera pertenecido a ese lugar.
Con ese vestido hueso y dorado que de pronto, tenía todo el sentido del mundo.
Se colocó al lado de Eleonor, su postura elegante, firme, el mentón en alto. No parecía sorprendida. Lo sabía, desde siempre.
La reina posó una mano en el hombro de Evangeline.
-La princesa Evangeline Ambrose Arvest.
El impacto fue devastador. Un rugido colectivo. Invitados gritando, otros ahogándose con el aire, las cámaras captando cada segundo como si el mundo se hubiera fracturado.
El rey intentó acercarse, empujando a quien fuera necesario.
-¡Basta! ¡No escuchen esta locura! ¡Esa niña no-!
Pero la multitud ya no lo estaba escuchando. El caos era total y en medio de todo....Evangeline solo exhaló, como si al fin pudiera respirar.