Lo que juramos en secreto

Epílogo

Marlowe

Si me hubieran dicho que algún día escribiría mi propia historia, habría contestado algo así como:

"¿Yo? ¿La misma que tropieza con aire y grita por qué un vampiro de utilería la espanta en un bazar? sí claro.

Pero aquí estoy.

Cerrando el capítulo final de la versión más honesta de mí.

No sé exactamente en qué momento deje de vivir con miedo a que todo se desmoronara, tal vez fue el día en que Xavier subió a mi departamento y decidió ignorar el hecho de que yo estaba despeinada y rodeada de libros peligrosamente apilados. Tal vez cuando defendió mi existencia como si fuera algo natural, o cuando se aprendió mis expresiones, mis silencios, mis rarezas, como si fueran territorio sagrado.

O quizás fue antes.

Quizá fue desde el momento en el que me miró en el pasillo como si yo no fuera un desastre sino una elección y las elecciones importan.

Aprendí que el amor no siempre llega envuelto en flores o discursos dramáticos, aunque sinceramente yo si hubiera querido un poquito más de dramatismo, pero bueno. A veces llega en forma de bromas en mal momento, de miradas que derriten neuronas, de manos frías que buscan las tuyas en la madrugada, pero sobre todo de risas, muchas risas.

Y sí, de un acompañante gatuno. Mantecada. La única creatura capaz de hacer que Xavier, el hombre más terco del planeta, se levanté a las tres de la mañana porque "el bebé gato tiene hambre" aunque realmente fue un desastre que esos dos se llevarán bien.

Pero si algo dejo en estas páginas es esto: el amor no te rescata, te acompaña mientras tú te rescatas sola. Y cuando encuentras a alguien que hace más ligero el mundo.....no lo sueltes.

Yo no lo pienso soltar.

Ni, aunque vuelva a robar mi sudadera favorita, ni aunque decida que mis cereales "son para niños" ni aunque cada desayuno termine en discusiones sobre quien cocina mejor (spoiler: quemamos otra cuchara de plástico).

Ojalá esté libro te recuerde que incluso cuando no sabes hacia donde vas, puedes encontrar a alguien que camine contigo.....aunque ese alguien sea igual de desastroso que tú.

Si estás buscando una señal, aquí va una: mereces una historia que te haga sonreír incluso años después de haberla vivido.

Y yo.....yo encontré la mía.

Con él, con nosotros, con risas y caos absoluto.

Y con un gato impertinente.

Xavier

Voy a ser muy honesto, esto de escribir "mi parte" nunca fue mi idea. Marlowe dijo que sería "tierno" No recuerdo haber aprobado eso.

De hecho, todavía no sé porque estoy escribiendo. (Pero la estoy viendo desde el sillón mientras dice que "solo revisara ortografía", así que sospecho que si no coopero, me quitará mis sudaderas favoritas o algo peor, mi café.

A ver.

Nunca creí que terminaría aquí, contando mi versión, la versión del tipo que jamás quiso pertenecer a nada.....hasta que la encontró a ella.

Y sí, lo sé, suena cursi, pero yo no soy cursi.
Más bien aparentemente, Marlowe es inmune a mi capacidad de ser racional, la arruinó o la arreglo. Depende a quien le preguntemos.

Marlowe dice que no escribo como si estuviera presentando un reporte, así que intentaré decirlo a su manera.

Ella cambió todo, sin pedir permiso, llegó a mi vida como una tormenta con patas pequeñas y sarcasmo afilado. Una que habla demasiado cuando está nerviosa, que colecciona libros que no caben en un solo apartamento y que piensa que soy romántico cuando en realidad.....no lo soy. De verdad no lo soy, creo.

La amo incluso cuando dice que Harry Potter "forma carácter", incluso cuando compra más sudaderas de las que un ser humano necesita.

Y encontré en ella algo que no pensé que existiera para mí, un hogar.

Uno que no tiene nada que ver con paredes o ciudades, uno que existe donde esté ella.

No sé que más se supone que debo poner aquí.

(La autora es decir mi novia, es decir Marlowe, me está haciendo señas dramáticas para que termine con una frase "impactante").

Así que ahí va:

A veces la vida te da justo lo que no sabías que necesitabas y tiene el descaro de dártelo en forma de una mujer que te roba la cordura y las cobijas.

Pero que suerte la mía.

Porque no cambiaría nada, ni siquiera las cobijas.




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