Lo que la sangre no perdona

Prólogo

EL DÍA QUE MURIÓ LA LUZ

Hace Dos Años

Vesper

El cielo sobre el cementerio de St. Jude no tiene piedad. Es una lámina gris y plomiza que descarga una lluvia fina y helada sobre mis hombros, como si el mundo mismo estuviera intentando lavar la sangre que, según dicen, mi padre no pudo limpiar.
Estoy de pie ante la fosa abierta, sintiendo cómo el agua empapa mi abrigo negro y se filtra hasta mis huesos. Tengo diecisiete años, pero en este momento me siento tan vieja como la piedra más antigua de este camposanto. Mis ojos están secos; ya no me quedan lágrimas. Solo un vacío inmenso y frío que amenaza con tragárseme entera mientras veo cómo el ataúd de mi padre desciende hacia la oscuridad.
—Él no se merecía esto, mamá —susurro. Mi voz es apenas un hilo que la lluvia devora al instante.
Mi madre, Sam, está a mi lado, hecha un ovillo bajo un paraguas que apenas nos protege. Se aferra a mi brazo con una fuerza desesperada, pero no para sostenerme a mí, sino para no derrumbarse ella misma. Sé que está aterrorizada. Lo huelo en su perfume caro mezclado con el sudor frío del pánico.
Y entonces, lo veo.
A unos metros de distancia, de pie bajo un paraguas negro inmenso, está la razón de nuestras pesadillas. Roman Vane.
No ha venido a dar el pésame. Reconozco su silueta imponente, esa que tantas veces vi proyectada en las discusiones susurradas de mis padres tras puertas cerradas. Su traje es impecable y el reloj de oro en su muñeca brilla incluso bajo este cielo muerto. Es el hombre que fue dueño de los silencios de mi padre y que ahora, con una sola mirada gélida desde la distancia, parece estar tomando inventario de lo que queda de nosotras.
Siento cómo el brazo de mi madre se tensa como una cuerda de piano a punto de romperse. Ella no dice nada, ni siquiera intenta saludar. Agacha la cabeza, sumisa, reconociendo al depredador que ha venido a vigilar cómo entierran a su presa.
—No lo mires, Vesper —me sisea al oído, su voz temblando por el miedo—. Mantén los ojos en la tierra.
Pero no puedo evitarlo. Al lado de Roman, a un par de pasos, hay un chico.
Es joven, quizá un par de años mayor que yo. Tiene el pelo oscuro pegado a la frente por la lluvia y una cicatriz afilada que le cruza la ceja. Sus ojos no son como los de su padre; no son de hielo, son una tormenta de algo oscuro y contenido. No me mira con lástima. Me mira como si supiera exactamente en qué tipo de jaula me van a encerrar y, por un segundo, juraría que hay un destello de advertencia en su expresión. Es Killian, el heredero de todo ese imperio de sombras.
No hay palabras, ni apretones de manos, ni falsas promesas de apoyo. Solo el sonido de la tierra golpeando la madera del ataúd y la mirada fija de esos dos hombres desde la lejanía.
Mientras los enterradores terminan su trabajo, Roman da media vuelta y camina hacia un coche negro que lo espera en el sendero, seguido de cerca por Killian. No han necesitado hablar para que yo lo entienda: mi padre no se ha llevado sus deudas a la tumba. Las ha dejado todas sobre mis hombros.
Ese día, bajo la lluvia de St. Jude, comprendí que la muerte de mi padre no era el final de la historia. Era la apertura de una puerta que nunca debió abrirse. Y al otro lado, esperándome en el umbral, estaban los Vane.




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