Lo que la sangre no perdona

2 Enjauladas

​Vesper
​Despierto con el cuerpo entumecido y una opresión en el pecho que me impide tomar aire. Por un segundo, la calidez de la manta en el sofá me hace creer que sigo en la noche anterior, que la lasaña y las risas con mamá fueron el final de nuestra mala racha. Pero el silencio de la casa es artificial, cargado de una urgencia que me pone los vellos de punta.
​Me incorporo de golpe y veo a mi madre. No lleva su pijama viejo. Viste un traje de seda color marfil que parece una armadura y tiene dos maletas listas junto a la puerta.
​—Vesper, levántate. Tenemos que irnos —su voz es un hilo de acero.
​—¿De qué hablas? ¿Irnos a dónde? —El pánico empieza a subir por mi garganta. Tengo diecinueve años, ya no soy una niña a la que se pueda manejar con evasivas, pero la mirada de mi madre me hace sentir pequeña otra vez.
​Ella se sienta a mi lado y me toma las manos. Las suyas están heladas.
​—Hay cosas de mi familia que nunca te conté, Vesper. Te dije que todos habían muerto, que estábamos solas en el mundo. Te mentí. Mi familia está muy viva, y son los que controlaban esta ciudad antes de que los Vane llegaran al poder.
​Me quedo sin habla, mirándola como si fuera una desconocida. ¿Familia? ¿Tengo tíos, primos, abuelos que han estado ahí fuera mientras nosotras contábamos los centavos para pagar la luz?
​—¿Por qué me mentiste? —logro articular.
​—Porque son monstruos, Vesper. Y yo quería que tú fueras libre. Mi padre nos dio una fortuna para que nos perdiéramos, para que tú crecieras limpia. Pero tu padre... él no sabía cómo manejar ese mundo. Malgastó cada centavo intentando mantenernos y, cuando se vio acorralado, cometió el error fatal: le pidió un préstamo a Roman Vane.
​—¿Le debemos dinero a los Vane? —el nombre me golpea como un latigazo.
​—Le debemos una cantidad que mi familia no va a pagar por nosotras. No después de que los abandoné. Ellos no perdonan, Vesper, y Roman tampoco. Él ha estado vigilando estos dos años, esperando a que estuviéramos lo suficientemente desesperadas. Sabe que mi apellido todavía tiene peso y lo quiere para él.
​—No entiendo... ¿Qué quiere de nosotras?
​—Quiere la legitimidad que mi linaje le da frente a los viejos clanes. Me caso con él hoy, Vesper. Es la única forma de que nos perdone la deuda y de que mi propia familia no venga a reclamarnos por lo que tu padre desperdició.
​—¡Es una locura! —Me levanto de un salto—. ¡Tienes diecinueve años de mentiras acumuladas! ¡Vámonos de aquí, ahora mismo!
​—No hay salida —dice ella, y la frialdad en su voz me corta como un cuchillo—. He guardado este secreto para protegerte, pero ya no puedo hacerlo más. Hoy entramos en la casa Vane y vas a hacer exactamente lo que yo diga si quieres sobrevivir.
​En ese instante, tres golpes secos y metálicos retumban en la puerta. No piden permiso; exigen lo que es suyo.
​Mi madre se levanta, alisa su traje con movimientos mecánicos y abre la puerta. El pequeño salón parece encogerse.
​Roman Vane está en el umbral.
​Viste un traje de gala impecable, negro sobre negro, con una flor blanca en la solapa que parece una burla macabra. Su presencia es tan imponente que el aire desaparece. Sus ojos gélidos ignoran a mi madre y se clavan directamente en los míos. Reconozco esa mirada. Es la misma del cementerio, pero ahora no hay una fosa entre nosotros.
​—Espero que no nos hagas esperar, Vesper —dice, y su voz suena como el filo de una guillotina—. El juez aguarda en la mansión y tengo poco interés en los retrasos.
​Me quedo paralizada, con los puños cerrados. Mi madre agacha la cabeza y sale al rellano sin mirar atrás. Ella lo sabía. Siempre lo supo. Y ahora, me arrastra con ella al mismo infierno del que fingió haberme salvado.

​El aire en el pasillo parece haberse congelado. Me niego a moverme. Mis pies están clavados en la alfombra gastada de nuestro salón, el único lugar donde todavía me siento dueña de mis palabras. Miro a Roman Vane directamente a esos ojos de cristal, ignorando el temblor que recorre mis piernas.
​—No —digo, y mi voz suena más firme de lo que esperaba—. No vamos a ir a ninguna parte. Mi madre no es una propiedad que puedas comprar para saldar una deuda. No voy a dejar que se case contigo por dinero.
​Roman no parpadea. No se indigna, ni grita. Simplemente ladea la cabeza con una parsimonia aterradora, como quien observa a un insecto tratando de escapar de un frasco de vidrio. Su expresión se vuelve gélida, perdiendo cualquier rastro de la falsa cortesía que traía consigo.
​—¿Dinero? —Su voz baja una octava, volviéndose un murmullo peligroso—. No te equivoques, Vesper. Tu madre no se casa conmigo por dinero. Se casa conmigo por tiempo. El tiempo que te queda de vida antes de que la deuda de tu padre sea cobrada de la única forma que mi organización entiende.
​Doy un paso atrás, pero Roman da uno hacia delante, invadiendo mi espacio personal. Su olor a tabaco caro y sándalo me envuelve, asfixiante.
​—Vesper, basta —interviene mi madre. Su voz ya no es suplicante; es una orden.
​—¡Mamá, te está amenazando! —grito, volviéndome hacia ella—. ¡No podemos permitir esto!
​—He dicho que basta —ella me agarra del brazo con una fuerza que me corta la circulación. Sus ojos, fijos en los míos, suplican de una manera que sus palabras no se atreven a hacer—. Vas a entrar en ese coche, vas a subir a esa mansión y vas a hacer exactamente lo que yo te diga. He tomado una decisión. No es tu vida la que está en juego ahora, es la mía.
​—Pero...
​—¡Ni una palabra más! —me corta, y hay un rastro de pánico puro en su mirada—. Es hoy, Vesper. O entras por esa puerta con nosotros, o nos quedamos aquí a esperar que los hombres de mi padre o los de Roman decidan quién de los dos nos mata primero. ¿Es eso lo que quieres?
​El silencio que sigue es sepulcral. Miro a mi madre, buscando un ápice de la mujer que anoche reía viendo una película, pero solo encuentro a una extraña que ha decidido entregarse al verdugo. Luego miro a Roman. Él me observa con una superioridad aplastante, saboreando el momento en que mi resistencia se quiebra.
​—Cinco minutos —sentencia Roman, consultando su reloj de oro con una indiferencia brutal—. Si no estás en el asiento trasero para entonces, asumiré que la oferta de protección ha sido rechazada. Y créeme, no habrá una segunda oportunidad.
​Se da la vuelta sin esperar respuesta, sus pasos resonando con autoridad en el rellano del edificio.
​Mi madre suelta mi brazo y recoge su bolso, evitándome la mirada. No hay más discusión posible. La lasaña de anoche, el trabajo en la cafetería, la libertad de mis diecinueve años... todo se desvanece mientras me veo obligada a recoger mi chaqueta.
​Camino hacia la puerta sintiendo que cada paso me aleja más de mí misma. Salgo al pasillo, bajo las escaleras y entro en el coche negro que aguarda en la acera como una carroza fúnebre. Mientras el motor arranca y dejamos atrás nuestro apartamento, comprendo que no voy a una boda. Voy al lugar donde la sangre de mi padre gritó por última vez, y donde la mía empezará a pagar el precio.




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