Lo que la sangre no perdona

3 El peso de las sombras

Vesper

​Vesper
​La habitación es demasiado grande, demasiado fría y huele a una limpieza aséptica que me revuelve el estómago. Me he quedado sentada en el borde de la cama matrimonial, con las manos entrelazadas, mirando una pared decorada con molduras doradas que parecen barrotes. No he deshecho la mochila. Siento que, si lo hago, estaré aceptando que este es mi hogar.
​La puerta se abre suavemente y mi madre entra. Todavía lleva el traje marfil de la ceremonia privada con el juez, pero se ha soltado el pelo y se ha quitado las joyas. Parece agotada, aunque hay algo en su expresión que no logro descifrar.
​Se sienta a mi lado y el silencio se extiende entre las dos como un abismo.
​—Ya está hecho —susurra—. Oficialmente, soy una Vane.
​—¿Cómo puedes estar tan tranquila? —le pregunto, con la voz rota—. Ese hombre nos ha arrastrado aquí como si fuéramos ganado.
​Mamá exhala un suspiro largo y me mira a los ojos. Hay una chispa de algo nuevo en su mirada, una mezcla de resignación y una extraña calma.
​—Vesper, sé que es difícil de entender, pero Roman... no es exactamente el monstruo que imaginábamos. Durante la reunión con el juez y la firma del contrato, se mostró diferente. Fue educado, incluso protector. Me ha dado garantías de que no te faltará nada, de que estarás segura. No es tan malo como parece, nena. Quizás solo es un hombre que hace lo que debe en un mundo cruel.
​Siento un pinchazo de traición en el pecho. ¿Tan rápido ha caído bajo su hechizo? ¿Tanto han valido unas palabras amables y una firma?
​—¿Y qué pasa con lo demás? —le pregunto, bajando la voz mientras el calor me sube a las mejillas—. ¿Qué pasa cuando las luces se apaguen? ¿Vas a... vas a acostarte con él?
​Mi madre no aparta la vista. Su sinceridad me golpea más fuerte que cualquier mentira.
​—Sí, Vesper. Lo haré —responde con firmeza—. Soy su esposa. Es parte del trato, y es un precio que estoy dispuesta a pagar para que tú no tengas que deberle nada a nadie nunca más.
​Las lágrimas que he estado conteniendo durante todo el día finalmente desbordan. Me cubro la cara con las manos y lloro. Lloro por ella, por el sacrificio que está haciendo, pero sobre todo lloro por mi padre. Siento que su recuerdo se está desvaneciendo en los pasillos de esta mansión, que lo estamos borrando con cada paso que damos aquí.
​Pero, mientras lloro, una verdad amarga empieza a filtrarse entre mis sollozos.
​Papá. Él nos quería, no tengo duda de eso, pero fue un desastre. Recuerdo las noches en las que mamá lloraba a escondidas porque no llegábamos a fin de mes mientras él intentaba aparentar una riqueza que no teníamos. Derrochó el dinero de la familia de mamá, pidió préstamos suicidas a hombres peligrosos y nunca le dio a ella la estabilidad que merecía. Nos amaba, sí, pero su amor fue el que nos cavó esta tumba.
​—Lo siento —sollozo, sintiendo el peso de la culpa—. Siento que papá nos dejara así.
​—Tu padre era un buen hombre, Vesper, pero no era un hombre para este mundo —dice mamá, rodeándome con sus brazos—. Ahora descansa. Mañana empieza todo de nuevo.
​Cuando sale de la habitación, me quedo a oscuras. Escucho el eco de sus pasos alejándose hacia la suite principal, donde Roman la espera. Me tumbo en la cama, sintiéndome pequeña y perdida. Mi padre nos falló, y mi madre ha vendido su cuerpo y su alma para arreglar el desastre.
​Y yo estoy aquí, atrapada entre el recuerdo de un hombre que amé y el odio hacia el hombre que ahora es dueño de nuestro destino. Por encima de todo, la cara de Killian y sus palabras de desprecio vuelven a mi mente. En esta casa, el pasado es una condena y el presente, una guerra de la que no sé si quiero salir ilesa.
​El silencio de la mansión de noche es diferente al de nuestro apartamento. Allí, escuchaba el refrigerador viejo o el tráfico de la calle; aquí, el silencio es denso, como si las paredes estuvieran conteniendo el aliento. A las tres de la madrugada, mi garganta está tan seca que me duele al tragar. No quiero salir de mi cuarto, no quiero arriesgarme a encontrarme con una sombra que no deba ver, pero la sed me obliga.
​Bajo las escaleras descalza, sintiendo el mármol frío bajo mis pies. La cocina es un mausoleo de acero inoxidable y granito negro. Me sirvo un vaso de agua de la nevera de doble puerta, bebiendo con ansia, intentando ignorar la opresión de mi pecho.
​Justo cuando dejo el vaso vacío sobre la encimera, el sonido de unos pasos pesados y erráticos me paraliza.
​Killian entra en la cocina. No es el hombre impecable de la tarde. Lleva la camisa desabrochada, el pelo revuelto y un fuerte olor a whisky y al perfume de otra mujer que me golpea los sentidos. Se tambalea ligeramente, apoyando una mano en el marco de la puerta para no caerse. Sus ojos, antes gélidos, ahora están inyectados en sangre y nublados por el alcohol.
​—Vaya, vaya —arrastra las palabras, soltando una risa amarga—. La ratita ha salido de su agujero.
​—Solo quería agua, Killian. Déjame pasar —digo, intentando rodearlo para subir a mi cuarto.
​Él me bloquea el paso, dándome un empujón suave pero firme en el hombro que me hace retroceder contra la encimera.
​—¿Agua? ¿No hay champán para celebrar que tu madre ya está en la cama de mi padre? —Se inclina hacia mí, su aliento apestando a alcohol—. Debes de estar orgullosa. Habéis pasado de fregar suelos a vivir como reinas a costa de abrirse de piernas.
​La bofetada de sus palabras me duele más que un golpe físico, pero esta vez la rabia es más fuerte que el miedo. No voy a dejar que me pisotee otra vez.
​—Al menos ella lo hace para salvar a su familia —le escupo, mirándolo con todo el desprecio que puedo reunir—. Tú, en cambio, solo eres un perro faldero borracho que ladra porque sabe que nunca será la mitad de hombre que su padre. ¿Qué se siente, Killian? ¿Ser solo la sombra de un monstruo, ahogándote en alcohol porque no soportas tu propia cara en el espejo?
​Sus ojos se prenden en fuego. La crueldad en mis palabras parece haberle dado un golpe de realidad, pero solo sirve para alimentar su furia borracha.
​—Cállate —gruñe, lanzándose hacia delante para atraparme—. Te voy a enseñar a cerrar esa boca...
​Se abalanza sobre mí con los brazos extendidos, pero el alcohol ha saboteado sus reflejos. En el último segundo, me agacho y me deslizo hacia un lado, esquivándolo con agilidad.
​El impulso de su propio peso, sumado a la borrachera, hace que pierda el equilibrio por completo. Sus pies fallan en el suelo pulido y cae de bruces, golpeándose contra el granito de la isla antes de terminar estampado contra el suelo con un estruendo seco y violento.
​Me quedo quieta, con el corazón en la garganta, viendo cómo se queja en el suelo, tratando de recomponerse.
​—Espero que el suelo esté tan frío como tu corazón, hermanito —le digo con un hilo de voz, antes de salir corriendo hacia las escaleras, dejándolo allí tirado en medio de su propia miseria.




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