Lo que la sangre no perdona

4 Voluntad

Vesper

Salir de esa mansión, aunque sea en un coche blindado y con un chófer que parece un bloque de hormigón, es como volver a respirar. El aire de la ciudad sigue oliendo a humo y a lluvia reciente, pero para mí huele a libertad.
Mamá me pide que paremos en una pequeña cafetería antes de entrar al bullicio del centro comercial. Necesita hablar, y yo necesito respuestas que no tengan a Roman o a Killian escuchando detrás de las cortinas. Nos sentamos en una mesa al fondo, lejos de los cristales. Ella me mira con una serenidad que me inquieta.
—Vesper, tengo que contarte algo de anoche —empieza, bajando la voz—. Sé lo que pensaste cuando te dije que me acostaría con él. Y sé que lloraste por tu padre.
Bajo la mirada, sintiendo el nudo en la garganta otra vez.
—Él no me tocó, nena —suelta de repente.
Levanto la cabeza de golpe, parpadeando con incredulidad.
—¿Qué? Pero si tú dijiste...
—Dije que estaba dispuesta, porque lo estoy. Es mi deber. Pero cuando entramos en la habitación, Roman fue un caballero. Me dijo que no tiene intención de forzar nada. Me confesó que lleva años enamorado de mí, desde que me vio por primera vez en aquel evento de mi familia, mucho antes de que yo huyera con tu padre. Dijo que me esperaría... que esperaría a que yo quisiera estar con él por voluntad propia.
Me quedo helada, con la taza de café a medio camino. La imagen que tenía de Roman Vane como un depredador sin escrúpulos choca frontalmente con la de un hombre capaz de esperar por un sentimiento. Me sorprende, y me aterra a partes iguales. Si Roman es capaz de esa paciencia, es mucho más peligroso de lo que pensaba. No es solo poder; es una obsesión alimentada durante años.
—No sé si eso lo hace mejor o peor, mamá —susurro.
—Lo hace humano, Vesper. Y eso es lo único a lo que podemos aferrarnos ahora.
Terminamos el café en un silencio tenso y entramos en el centro comercial. Es extraño caminar por las tiendas de lujo sin tener que mirar el precio de las etiquetas. Entramos en una tienda de tecnología que parece sacada de una película de ciencia ficción.
Compramos un portátil de última generación, de esos que usan los diseñadores profesionales, una tableta gráfica, monitores y todo el equipo que en mi otra vida me habría costado diez años de ahorros en la cafetería. Mientras la dependienta pasa la tarjeta de crédito negra de Roman, siento una punzada de náuseas.
Cada objeto que meten en las bolsas es un eslabón más de la cadena. Es un equipo increíble, el sueño de cualquier estudiante de diseño, pero para mí no son más que herramientas de trabajo dentro de mi nueva jaula.
Salimos de la tienda cargadas de bolsas, seguidas por el chófer. Miro mi reflejo en los escaparates: sigo siendo la misma Vesper, pero el mundo que me rodea ya no es el mío. Ahora soy la protegida de un monstruo paciente y la hermanastra de un sádico que me odia.
—Vamos a casa —dice mi madre, y la palabra "casa" me suena a mentira.
Pero mientras caminamos hacia el coche, solo puedo pensar en una cosa: si Roman es capaz de esperar años por mi madre, ¿qué será capaz de hacer Killian para hacerme la vida imposible ahora que sabe que no me quiebro tan fácilmente?
Mis pies protestan después de horas recorriendo boutiques donde la ropa no se elige por gusto, sino por el mensaje que envía. Mi armario ahora está lleno de sedas, cortes sastre y zapatos que cuestan más que tres meses de mi antiguo alquiler. Todo es una armadura diseñada para que nadie sospeche que, hace apenas cuarenta y ocho horas, estaba limpiando manchas de leche de una barra de madera.
​Mamá y yo nos sentamos en un restaurante de techos altos y manteles de lino. Ella parece estar adaptándose a una velocidad que me asusta, moviendo los cubiertos con una elegancia que su cuerpo recordaba mejor que su mente.
​—Necesito refrescarme un segundo —le digo, levantándome.
​Busco el área de los tocadores, un pasillo de mármol con espejos que van del suelo al techo. Justo cuando termino de lavarme las manos, el sonido de unos tacones afilados repica contra el suelo. Por el reflejo del espejo, veo a una mujer que parece haber salido de una pasarela: cabello impecable, un vestido que se ajusta como una segunda piel y una mirada que destila un veneno purísimo.
​Se detiene justo a mi lado, fingiendo retocarse el labial.
​—Así que tú eres la nueva "hermanita" —dice, y su voz suena como el roce de dos cristales—. Me habían dicho que eras una muerta de hambre, pero de cerca pareces más bien... un proyecto de caridad.
​Me quedo quieta, secándome las manos con parsimonia.
​—¿Y tú eres...? —pregunto, dándome la vuelta lentamente.
​—Me llamo Jazmín. Y soy la única persona que le da a Killian lo que él realmente necesita. —Se guarda el labial en su bolso de marca y me dedica una sonrisa gélida—. Te voy a dar un consejo gratuito, ya que se nota que estás perdida: no te acerques a él. No intentes jugar a la familia feliz ni busques su atención. Killian desprecia la debilidad, y tú apestas a ella. Quédate en tu rincón, gasta el dinero de su padre y no te cruces en su camino.
​Me quedo en silencio un par de segundos. Entonces, una risa seca y genuina se me escapa del pecho. Jazmín frunce el ceño, claramente descolocada por mi reacción.
​—¿De qué te ríes, estúpida?
​—Me río de lo patética que eres —respondo, dando un paso hacia ella—. Has venido hasta el baño de un restaurante solo para marcar un territorio que ni siquiera es tuyo. Si Killian fuera tan "tuyo", no tendrías tanto miedo de una chica que acaba de llegar con una mochila vieja.
​—No te atrevas a...
​—No, atrévete tú —la corto, cruzándome de brazos—. Si tantas ganas tienes de que no me acerque a él, pídeselo a él. O mejor aún, dile que deje de entrar en mi habitación por las mañanas para decirme lo que tengo que hacer. Porque, sinceramente, Jazmín, lo último que quiero en mi vida es a un tipo borracho que no sabe caerse al suelo con dignidad.
​Jazmín abre la boca, indignada, pero no encuentra las palabras.
​—Quédate con tu "trofeo" —añado, pasando por su lado y dándole un pequeño golpe intencionado en el hombro—. Te aseguro que en mi lista de prioridades, Killian Vane está justo debajo de limpiar el polvo de los muebles de esa mansión.
​Salgo del baño con la cabeza alta, sintiendo una pequeña descarga de adrenalina. Si Killian cree que puede enviar a sus amantes a intimidarme, es que todavía no se ha dado cuenta de que no tengo nada más que perder. Y una mujer que no tiene nada que perder es la criatura más peligrosa que va a pisar su casa.
El regreso a la mansión es extrañamente silencioso. El coche se desliza por el camino de entrada y, al cruzar el umbral, el vacío de la casa nos recibe. Según nos informa uno de los empleados con una inclinación de cabeza, Roman y Killian han salido por negocios y no regresarán hasta tarde.
Es la primera vez que siento que puedo soltar el aire en este lugar.
—Vesper, deberías relajarte un poco —me dice mi madre mientras dejamos las bolsas en el salón—. Una de las mujeres del servicio me ha dicho que hay una piscina climatizada en el nivel inferior. Dice que casi nunca la usa nadie. Killian prefiere el gimnasio y Roman apenas tiene tiempo.
Me quedo pensativa. Nadar siempre ha sido mi refugio, mi forma de apagar el ruido del mundo. En mi otra vida, solía ir a la piscina municipal los domingos por la mañana, cuando estaba casi vacía, solo para sentir que mi cuerpo pesaba menos que mis problemas.
—¿Estás segura de que no hay nadie? —pregunto con cautela.
—Completamente. Aprovecha, nena. Te vendrá bien despejarte.
Subo a mi habitación y rebusco en la mochila. Solo tengo un bikini negro, sencillo, nada que ver con las prendas de lujo que hemos comprado hoy. Me lo pongo y me echo una toalla por los hombros.
Bajo al sótano con el corazón acelerado. Al abrir las puertas de cristal, el vaho cálido y el olor a cloro suave me envuelven. La piscina es impresionante: un rectángulo de agua cristalina iluminado desde el fondo con luces LED azuladas, rodeado de paredes de piedra oscura y ventanales que dan a un jardín japonés oculto.
Es perfecta. Y, sobre todo, está desierta.
Dejo la toalla en una de las tumbonas y me sumerjo. El agua está a la temperatura ideal, como una caricia que me quita de encima el peso de los vestidos caros y los insultos de Jazmín. Empiezo a nadar con brazadas largas y rítmicas. Ida y vuelta. El sonido del agua en mis oídos borra el eco de la voz de Killian, las amenazas de Roman y la incertidumbre de mi madre.
Aquí abajo, bajo el agua, no soy la "hermanastra" de nadie, ni una deuda pendiente, ni una heredera de un clan mafioso que creía muerto. Soy solo yo.
Me sumerjo hasta el fondo, dejando que el silencio absoluto me rodee. Nado de un extremo a otro sin salir a la superficie, sintiendo cómo mis pulmones queman ligeramente, disfrutando de esa lucha controlada. Por un momento, este lugar no se siente como una jaula. Se siente como un santuario.
Salgo a la superficie para tomar aire, echando el pelo hacia atrás, y me quedo flotando de espaldas, mirando el techo artesonado. Me pregunto cuánto durará esta paz. En esta casa, la calma siempre parece ser el preludio de una tormenta, pero por ahora, me conformo con el roce del agua y la ilusión de que, si nado lo suficiente, podré escapar de todo lo que me espera arriba.




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