Lo que la sangre no perdona

5 La sangre

Vesper
Han pasado dos meses desde que crucé el umbral de esta mansión, y a veces me despierto olvidando dónde estoy hasta que veo las molduras de oro del techo. Mi madre, Sam, parece haberse mimetizado con las paredes de mármol. Se mueve por los salones con una naturalidad que me asusta; pero claro, es lógico. Ella nació en este mundo de sombras, códigos de honor y manos manchadas de sangre. Para ella, esto no es una cárcel, es un regreso a casa.
Para mí, sigue siendo un campo de minas.
Esa mañana, el ambiente en la casa es distinto. Hay una tensión eléctrica que ni siquiera el aire acondicionado logra disipar. Cuando bajo al gran salón, me detengo en seco. Roman está de pie, con una expresión neutral, pero sus ojos están fijos en tres figuras que dominan el centro de la estancia.
Un hombre mayor, de cabello plateado y una mirada que parece pesar toneladas, encabeza el grupo. A su lado, un hombre de la edad de mi madre, con rasgos afilados, y un chico de más o menos mi edad que me observa con una curiosidad intensa.
—Vesper, acércate —dice mi madre. Su voz tiembla ligeramente, algo raro en ella últimamente—. Ellos son... ellos son tu familia.
Me quedo paralizada. Mi familia. Los que ella dijo que estaban muertos.
—Tu abuelo, Silas. Tu tío, Marco. Y tu primo, Luca —añade, señalando a cada uno.
El hombre mayor, Silas, da un paso al frente. No hay rastro de la frialdad mafiosa que esperaba; en su lugar, veo una grieta de dolor en sus ojos. Se dirige directamente a mi madre, ignorando por un momento el lujo que nos rodea.
—Samanta... —su voz es profunda, quebrada—. He pasado años buscándote, y más años aún arrepintiéndome. Fui un mal padre. Dejé que el orgullo y los negocios me cegaran y te empujé a huir con un hombre que no supo cuidarte. Te pido perdón. A ti, y a la nieta que nunca supe que tenía.
Mi madre baja la cabeza, y veo una lágrima rodar por su mejilla. El silencio en el salón es sepulcral.
—He venido porque el tiempo se nos acaba —continúa Silas, mirando ahora hacia mí—. Tu madre, Samanta... mi esposa... se está apagando. Su último deseo es conocer a su nieta antes de que sea tarde. Por favor, venid a casa. Solo una cena. Necesitamos recuperar lo que el tiempo y la mafia nos robaron.
Miro a mi madre, quien asiente con desesperación contenida, y luego mi vista se desvía hacia la escalera. Killian está allí arriba, observando la escena desde las sombras del rellano. Su rostro es una máscara de desprecio, pero sus nudillos están blancos mientras aprieta la barandilla.
—Iremos —dice mi madre con firmeza.
El abuelo Silas asiente y se acerca a mí. Me toma una mano con una delicadeza que no encaja con el anillo de sello que lleva en el anular.
—Vesper... tienes los ojos de tu abuela. No dejes que este lugar te endurezca antes de que ella pueda verte.
Se marchan tan rápido como llegaron, dejando tras de sí un rastro de promesas y secretos familiares. Me quedo mirando la puerta cerrada, sintiendo que el suelo bajo mis pies vuelve a cambiar. Ya no soy solo la "deuda" de los Vane. Ahora soy el eslabón perdido de otro imperio.
—No te hagas ilusiones —la voz de Killian resuena desde la escalera mientras baja con paso lento y amenazante—. Que tu abuelito pida perdón no borra quiénes son. Solo significa que ahora tienes dos familias de monstruos peleándose por tu cabeza.
—Al menos ellos han tenido la decencia de pedir perdón —le respondo, sin apartar la mirada—. Algo que tú no sabrías hacer ni aunque tu vida dependiera de ello.
Él se detiene a pocos centímetros de mí, y puedo sentir el frío que emana. Pero esta vez no bajo la vista. Si tengo la sangre de los hombres que acaban de salir por esa puerta, quizás sea hora de empezar a usarla contra los que intentan encerrarme aquí.
​El silencio tenso que se instala entre Killian y yo se rompe por el sonido de unos pasos firmes. Roman, que se había mantenido al margen observando el reencuentro familiar con una imperturbabilidad calculada, camina hacia el centro del salón.
​Mi madre está temblando, abrumada por la reaparición de su padre y la noticia sobre la inminente muerte de su madre. Roman no dice una sola palabra. Simplemente se detiene frente a ella, extiende los brazos y la envuelve en un abrazo profundo, posesivo pero innegablemente tierno. Samanta se derrumba contra su pecho, escondiendo el rostro en la solapa de su traje a medida, aferrándose al hombre que hace dos meses era nuestra mayor pesadilla como si fuera su único salvavidas.
​Una punzada de pura bilis me quema la garganta. Ver a mi madre entregarse así a la protección de Roman Vane es la confirmación definitiva de que mi padre ha sido borrado por completo. Ella ha aceptado su papel, ha aceptado esta jaula de oro y al líder mafioso que la gobierna. Ya no somos nosotras contra el mundo; es ella con él, y yo en medio de la nada.
​Desvío la mirada, sintiendo que me falta el aire, y me encuentro directamente con los ojos de Killian.
​Por una fracción de segundo, la máscara de arrogancia del heredero de los Vane se resquebraja. Hay un asco visceral, casi doloroso, en su rostro al ver a su padre mostrar semejante vulnerabilidad y devoción hacia mi madre. Killian aprieta los puños y la mandíbula con tanta fuerza que parece que sus huesos van a astillarse. Odia esa imagen de domesticidad tanto como yo, aunque por razones completamente distintas. Él detesta que alguien ocupe ese lugar en la vida de su padre; yo detesto que ella haya olvidado quién nos trajo hasta aquí.
​Killian suelta un chasquido de profundo desprecio. Sin decir una palabra más, da media vuelta bruscamente y se aleja a grandes zancadas hacia el pasillo del ala oeste, huyendo de la escena como si el aire del salón de repente lo envenenara.
​Yo no me quedo atrás. La imagen de Roman acariciando el cabello de mi madre es demasiado para mi estómago.
​Giro sobre mis talones en dirección contraria, caminando a paso rápido hacia las puertas francesas que dan a los jardines traseros. Salgo al exterior, dejando que el aire frío de la mañana me golpee el rostro.
​Necesito respirar. Necesito alejarme de los Vane, de los fantasmas del abuelo Silas, de las lágrimas de mi madre y, sobre todo, necesito olvidar que, por un solo instante fugaz y perturbador, Killian y yo compartimos exactamente el mismo sentimiento de repulsión.
Una vez en el jardín, me alejo lo suficiente para que las cámaras de seguridad no puedan captar el movimiento de mis labios. Necesito una voz que no pertenezca a este mundo de sombras. Saco el móvil y marco el número de Lina, mi mejor amiga. No he hablado con ella de forma sincera desde que nos mudamos; me daba vergüenza, o quizás miedo de que su realidad me hiciera odiar aún más la mía.
—¿Vesper? ¡Dios mío, estás viva! —su voz suena como música en mis oídos, llena de esa energía caótica de la cafetería donde solíamos trabajar juntas.
Le cuento todo. Las palabras salen atropelladas: la boda, Killian, la frialdad de la mansión y, finalmente, la aparición de mi abuelo esta mañana. No entro en detalles sobre la mafia, pero ella sabe leer entre líneas lo suficiente para entender que estoy atrapada en una jaula de oro.
—Necesitas salir de ahí antes de que te conviertas en una estatua de mármol como ellos —dice Lina con firmeza—. Escúchame, hoy es mi día libre. Ven a mi apartamento. Pasaremos el día comiendo pizza barata, viendo series malas y hablando de tonterías que no tengan nada que ver con herencias o deudas. Te invito a pasar el día conmigo, por favor, di que sí.
—Acepto —respondo sin dudarlo, sintiendo un alivio genuino por primera vez en semanas.
Regreso a la casa con paso decidido. Encuentro a mi madre en el salón pequeño, todavía con los ojos algo enrojecidos pero ya recomponiéndose.
—Mamá, me voy a pasar el día con Lina —le digo, sin pedir permiso, simplemente informando—. Necesito aire. No volveré hasta tarde.
Ella me mira con una mezcla de preocupación y envidia. Sabe que ella ya no puede hacer eso; ella está atada a Roman y a sus nuevas obligaciones.
—Está bien, nena. Le diré a Roman que envíe a uno de los conductores para que te lleve y te espere...
—No —la interrumpo—. Iré en taxi. Quiero ser una persona normal por unas horas. No quiero a un hombre armado siguiéndome mientras intento recordar quién soy.
Ella duda, pero finalmente asiente. Me marcho antes de que Roman o, peor aún, Killian, aparezcan para intentar detenerme. Cruzo la gran verja de la mansión y, mientras el coche se aleja, siento que el peso en mi pecho se aligera. Por hoy, los Vane no existen. Por hoy, solo soy Vesper, la chica que tiene una amiga llamada Lina esperándola con una sonrisa y una vida normal.




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