Vesper
El mundo es una mancha borrosa de luces de neón y sudor. La música en The Neon Den no se escucha, se siente; es una vibración constante que me golpea los pulmones y me ayuda a no pensar. He perdido la cuenta de cuántos combinados de ginebra llevo, pero la sensación de ligereza en mi cabeza es exactamente lo que buscaba.
—¡Vesper! ¡Esta es la vida que nos merecemos! —grita Lina cerca de mi oído, riendo mientras se tambalea un poco.
—¡Sin Vanes! ¡Sin reglas! —respondo yo, levantando mi vaso.
Estamos borrachas, lo sé. El alcohol ha borrado el miedo, la rabia y esa sensación de estar siempre observada. Por unas horas, no soy la propiedad de nadie.
Un grupo de chicos se nos acerca. No son como los hombres que frecuentan la casa de Roman; estos visten camisetas ajustadas, huelen a colonia barata y tienen sonrisas fáciles. Uno de ellos, un tipo rubio con ojos claros que se presenta como Javi, no ha dejado de mirarme en toda la noche.
—Bailas como si estuvieras huyendo de algo —me dice, acercándose a mi espacio personal.
—Quizás lo esté —le devuelvo una sonrisa ladeada, sintiendo que el suelo se balancea.
Él me pone una mano en la cintura y, por una vez, no me tenso. Es un contacto humano normal, sin amenazas de muerte de por medio. La música cambia a algo más lento, más pesado. Javi se inclina hacia mí, su aliento oliendo a alcohol y chicle.
—Hace demasiado calor aquí fuera —me susurra—. Conozco una zona más tranquila, al fondo, donde podemos hablar sin tener que gritar.
Asiento, dejándome guiar. Mi sentido común está enterrado bajo capas de ginebra. Caminamos hacia un pasillo en penumbra, lejos de la pista principal, donde unos sofás de terciopelo desgastado ofrecen una falsa intimidad. Javi me empuja suavemente contra la pared, acorralándome con sus brazos.
—Eres preciosa, ¿lo sabías? —dice, acercando su rostro al mío.
Estoy a punto de responder algo estúpido cuando, de repente, la atmósfera cambia. No es la música, ni la temperatura. Es una presión familiar, un frío gélido que atraviesa el aire cargado de la discoteca.
Un estrépito seco resuena cuando Javi es arrancado de mi lado con una violencia brutal. Ni siquiera tiene tiempo de gritar antes de que una mano enguantada lo estampe contra la pared opuesta.
Me quedo paralizada, parpadeando para intentar enfocar la vista.
Ahí está él.
Killian.
No lleva el traje impecable de la mañana. Viste una chaqueta de cuero negra y tiene el rostro contraído en una expresión de furia tan pura que me sobria de golpe. Sus ojos no son humanos; son dos pozos de oscuridad que prometen sangre.
—¿Te estás divirtiendo, Vesper? —su voz es un latigazo, baja y cargada de veneno, cortando el estruendo de la música como si no existiera.
Suelta a Javi, que cae al suelo gimiendo y sujetándose el cuello, y da un paso hacia mí. El espacio entre nosotros desaparece en un segundo.
—Se acabó la fiesta. Ahora mismo.
El alcohol todavía corre por mis venas, dándome un valor temerario que mi parte sobria jamás se atrevería a usar. Veo a Javi en el suelo y luego levanto la vista hacia Killian. La luz roja del pasillo resbala por su mandíbula apretada, haciéndolo parecer un demonio surgido del mismísimo infierno.
Debería tener miedo. Pero lo que siento es una rabia incandescente.
—¿Pero qué te pasa? —le grito, dándole un empujón en el pecho. Mis manos apenas lo mueven, es como golpear un muro de hormigón—. ¡Estaba pasándolo bien! ¡Vete de aquí, Killian! ¡Déjame en paz de una maldita vez!
Él me agarra de las muñecas antes de que pueda volver a tocarlo. Su agarre es de acero, frío y absoluto.
—¿Déjarte en paz? —su voz suena como el crujido de huesos—. Te has escapado, has mentido y te has venido a este vertedero a restregarte con el primer imbécil que te ha dedicado una sonrisa. ¿Tienes idea de lo que le pasaría a mi padre si te encuentran aquí muerta en un callejón?
—¡Me importa un bledo tu padre y me importas un bledo tú! —le escupo, forcejeando con todas mis fuerzas—. No soy una de tus piezas de ajedrez. No soy un contrato. ¡Soy una persona! Y si quiero emborracharme y besar a un desconocido, es mi puto problema, no el tuyo.
Killian se inclina sobre mí, obligándome a arquear la espalda contra la pared. Su cercanía es sofocante; huele a su perfume caro mezclado con el humo del club y a esa furia contenida que siempre lo acompaña.
—En el momento en que entraste en mi casa, tus problemas pasaron a ser de mi propiedad —sisea cerca de mi oído, y su aliento me eriza la piel por las razones equivocadas—. Si quieres ser una rebelde, hazlo donde yo pueda verte. Pero no vuelvas a ponerme en la posición de tener que venir a buscarte a un agujero como este.
—¡Oh, pobre Killian! —me río en su cara, una risa histérica y valiente—. ¿Te ha molestado tener que dejar tu fiesta para venir a por mí? ¿Te ha interrumpido el sexo con Jazmín? Qué lástima me das.
Veo cómo sus ojos se oscurecen un grado más, si es que eso es posible. La presión en mis muñecas aumenta.
—Vuelve a hablarme así —dice en un susurro peligroso—, y te juro que te sacaré de aquí cargada al hombro delante de todo el mundo. Elige: o caminas por tu propio pie hacia el coche, o te enseño lo que significa realmente perder la libertad.
—¡Púdrete! —le grito, aunque por dentro empiezo a notar que el mareo del alcohol se vuelve contra mí.
—Tómalo como un sí —responde él.
Sin previo aviso, me suelta las muñecas solo para rodearme la cintura con un brazo, pegándome a su costado con tal fuerza que me quita el aire. Me arrastra por el pasillo hacia la salida, ignorando mis insultos y los golpes que intento darle en la espalda. En su rostro no hay piedad, solo la determinación implacable de quien ha decidido que, a partir de esta noche, mi correa va a ser mucho más corta.
Killian me arrastra fuera de la discoteca como si fuera un fardo. El aire frío de la calle me golpea en la cara, haciéndome tambalear, pero su brazo alrededor de mi cintura es lo único que me mantiene en pie. Al llegar a la acera, veo a Kai esperando junto al coche, con una expresión que mezcla el alivio con la desaprobación. Lina está a su lado, temblando y con los ojos muy abiertos por el susto.
—¡Vesper! —grita ella, intentando acercarse.
Killian ni siquiera se detiene. Me lanza una mirada gélida antes de dirigirse a su amigo.
—Kai, llévate a la amiga en el otro coche. Asegúrate de que llegue a su casa, cierra la puerta por fuera y pon a un hombre en su portal hasta mañana —ordena Killian, su voz no admite réplica—. Yo me encargo de esta.
—¡No! ¡Lina! —grito, intentando zafarme, pero Killian me empuja sin miramientos hacia el interior de su deportivo negro.
Cierra la puerta de un golpe y rodea el coche para sentarse en el asiento del conductor. En cuanto arranca y el motor ruge, el espacio se vuelve asfixiante. La luz de las farolas entra y sale del habitáculo rítmicamente mientras él acelera como un maníaco.
—¡Eres un animal! —estallo, golpeando el salpicadero—. ¡No tenías derecho a tratarla así! ¡Ella no ha hecho nada malo!
—Ella te ayudó a desaparecer —responde él, con los nudillos blancos apretando el volante—. En mi mundo, eso se llama complicidad. Deberías dar gracias de que solo la envíe a casa y no la haga desaparecer de verdad.
—¡Deja de hablar como si fueras el dueño de la ciudad! —le grito, el alcohol todavía dándome una lengua afilada—. No eres más que un matón con traje caro. Me das asco, Killian. Me das asco tú y toda tu familia de psicópatas.
Killian suelta una carcajada seca, carente de humor, mientras toma una curva de forma agresiva.
—¿Te damos asco? Pero bien que disfrutas de la seguridad que te damos. Bien que te has gastado el dinero de mi padre en ropa de marca hoy —me lanza una mirada de soslayo llena de desprecio—. Eres una hipócrita, Vesper. Quieres los privilegios, pero no quieres las reglas.
—¡Yo no pedí nada de esto! ¡Ojalá estuviera ahora mismo en mi piso compartido comiendo fideos instantáneos! —mis ojos se llenan de lágrimas de pura frustración—. Preferiría ser pobre mil veces antes que estar encerrada contigo.
—Pues malas noticias, "ratita" —sisea él, frenando en un semáforo y girándose hacia mí, acortando el espacio hasta que nuestras respiraciones se mezclan—. Ya no eres pobre. Eres una Vane. Y si vuelves a ponerme en ridículo escapándote para restregarte con basura en un club, te juro que la mansión te va a parecer un palacio comparado con el lugar donde te voy a meter.
—¡Pégame si quieres! —le desafío, acercando mi rostro al suyo, borracha de rabia y ginebra—. ¡Hazlo! Demuestra que eres exactamente lo que todos dicen.
Killian se queda rígido. Sus ojos recorren mis labios, mi nariz, mis ojos empañados. Por un segundo, el silencio en el coche es tan denso que duele. Su mano sube, pero no para pegarme, sino para agarrar mi mentón con una fuerza que me obliga a mirarlo fijamente.
—No voy a pegarte, Vesper —susurra, y su voz tiene un matiz oscuro que me hace estremecer—. Hay formas mucho más eficaces de romper a alguien como tú. Y voy a disfrutar encontrándolas todas si vuelves a desafiarme.
Vuelve a mirar a la carretera y pisa el acelerador a fondo. El resto del camino es una sucesión de insultos por mi parte y silencios cargados de promesas peligrosas por la suya. Cuando los muros de la mansión aparecen a lo lejos, me doy cuenta de que la libertad de esta noche ha tenido un precio demasiado alto. La jaula no solo se ha cerrado; ahora Killian ha decidido quedarse con la llave.
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Editado: 15.05.2026