Lo que la sangre no perdona

7 Sangre

Vesper

El coche negro de los Vane se desliza por la entrada de una finca que hace que la mansión de Roman parezca una casa de invitados. La propiedad de mi abuelo Silas es una fortaleza de piedra antigua, rodeada de cipreses y un silencio que eriza la piel. Mi madre, sentada a mi lado, aprieta mi mano con una fuerza que me corta la circulación. Está aterrada y emocionada a partes iguales.
Frente a nosotras, Roman y Killian parecen dos estatuas de hielo. Roman mantiene esa calma absoluta de quien sabe que tiene el poder, pero Killian... Killian es una bomba de relojería. No me ha dirigido la palabra desde nuestro encuentro en el pasillo, pero su mirada se clava en la mía a través del retrovisor cada vez que tiene oportunidad, cargada con el eco de los gemidos de la otra noche.
Al bajar, nos recibe mi tío Marco y mi primo Luca. Luca da un paso al frente con una sonrisa que busca ser amable, pero sus ojos analizan todo como si estuviera calculando el valor de lo que ve.
—Vesper —dice, tomándome la mano para besarla, ignorando por completo la mirada asesina de Killian—. Estás incluso más radiante que esta mañana. Es un honor tener a una verdadera heredera de vuelta en casa.
—Gracias, Luca —respondo, intentando que no se note lo incómoda que me siento bajo su escrutinio.
Entramos al comedor principal. La cena es un despliegue de lujo rancio y protocolos de otra época. Mi abuelo Silas preside la mesa, con Roman a su derecha. Killian y yo quedamos sentados frente a frente, con Luca a mi lado, demasiado cerca para mi gusto.
—Dime, Vesper —pregunta Silas mientras nos sirven el vino—, ¿cómo te tratan los Vane? Espero que mi nieta esté recibiendo el respeto que su linaje merece.
—Está bajo mi protección personal, Silas —interviene Roman con voz suave pero firme—. Sabes que en mi casa no le falta de nada.
—La protección es una cosa, la libertad es otra —suelta Luca, girándose hacia mí y apoyando un brazo en el respaldo de mi silla—. He oído que no te dejan salir mucho, prima. Si te sientes sola en esa mansión tan grande, solo tienes que llamarme. Yo conozco los mejores sitios de la ciudad, y no necesito guardaespaldas para cuidar de una mujer tan bella.
Siento una corriente de aire frío a través de la mesa. Levanto la vista y me encuentro con los ojos de Killian. Está apretando el tenedor con tal fuerza que sus nudillos están blancos.
—Ella no necesita que un aficionado la saque a pasear —suelta Killian. Su voz es un gruñido bajo que corta la conversación de la mesa—. Vesper tiene tendencia a meterse en problemas, y dudo mucho que tú sepas manejar lo que ella atrae.
—Oh, vamos, Killian —se burla Luca, divertido por la reacción—. No seas tan posesivo. Es mi prima, después de todo. Tenemos mucho tiempo perdido que recuperar. ¿Verdad, Vesper?
Luca pone su mano sobre la mía, que descansa sobre la mesa. Es un gesto breve, pero suficiente para que el ambiente estalle.
Killian suelta el cubierto, que golpea el plato de porcelana con un estruendo metálico que hace que mi madre se sobresalte.
—Quita tu mano de encima de ella —sisea Killian. Su hostilidad es tan física que parece que el aire vibra a su alrededor—. Ahora.
La mesa se queda en un silencio sepulcral. Silas arquea una ceja, claramente intrigado por la escena, mientras que Roman lanza una mirada de advertencia que debería haber congelado la sangre de su hijo.
—Killian —dice Roman, con un tono de advertencia que rara vez usa en público—. Controla tu temperamento. Estamos en casa del señor Silas como invitados. Pide disculpas.
Killian se ríe, pero es una risa amarga, peligrosa. Se pone en pie lentamente, ignorando la orden de su padre. Me mira fijamente, y en ese segundo, veo una mezcla de posesividad, rabia y algo que se parece peligrosamente a los celos, aunque sé que él jamás lo admitiría.
—No tengo nada de qué disculparme —sentencia Killian, lanzándole una mirada de puro odio a Luca—. Me voy fuera. El aire aquí dentro está empezando a apestar a desesperación.
Sin esperar respuesta, da media vuelta y sale del comedor con paso firme, dejando tras de sí un rastro de tensión insoportable. Me quedo sentada, con el corazón acelerado, sintiendo cómo todos los ojos de la mesa se clavan ahora en mí.
—Parece que el joven Vane tiene problemas para compartir sus juguetes —comenta Silas con una sonrisa gélida.
—Él no es mi dueño —suelto yo, aunque mi voz tiembla un poco de rabia.
Me levanto también, bajo la mirada de desaprobación de Roman y la de sorpresa de mi madre.
—Disculpadme, necesito aire.
Salgo detrás de él, no porque quiera hablarle, sino porque necesito entender por qué el hombre que me mandó a la mierda esta mañana actúa ahora como si el simple roce de otra persona sobre mi piel fuera un insulto personal hacia él.
​Encuentro a Killian junto a su coche, apoyado contra la puerta del conductor mientras fuma un cigarrillo con una furia contenida que se nota en cada calada. Las luces de la entrada de la finca de Silas iluminan su perfil afilado, haciéndolo parecer un depredador enjaulado.
​—¿Qué quieres, Vesper? —pregunta sin mirarme, soltando el humo con desprecio—. Vuelve dentro con tu nueva familia. Seguro que Luca tiene muchas más historias aburridas con las que intentar meterse en tus bragas.
​—Eres un imbécil —le suelto, deteniéndome a un metro de él—. Has montado un espectáculo ridículo ahí dentro. Mi abuelo y tu padre están hablando de ti como si fueras un niño caprichoso que no sabe compartir sus juguetes.
​Killian tira el cigarrillo al suelo y lo aplasta con la bota. Se gira hacia mí y abre la puerta del coche.
​—Me importa una mierda lo que hablen. Me marcho de fiesta. No pienso pasar ni un segundo más aguantando la falsa cortesía de esos mafiosos de baja estofa.
​—Me voy contigo —le digo, dando un paso al frente.
​Él se detiene y suelta una carcajada seca, llena de incredulidad.
​—¿Perdona? ¿Te vas conmigo? No, ni de broma. No después del desastre de ayer. Te quedas aquí, con tu madre y tu "linaje".
​—¿Qué pasa, Killian? —me cruzo de brazos, desafiándolo con la mirada—. ¿Tienes miedo de mí? ¿Tienes miedo de no poder controlarme si salimos de estas paredes?
​Él se queda rígido. Se acerca a mí, invadiendo mi espacio hasta que su pecho casi roza el mío, intentando intimidarme con su altura.
​—No te tengo miedo, ratita —susurra con voz peligrosa—. Pero mis fiestas no son como el club de mala muerte al que fuiste con tu amiga. No son para niñas que se emborrachan con dos copas de ginebra y se dejan manosear en un pasillo. No soportarías ni diez minutos en el tipo de sitios a los que yo voy.
​Suelto una risa burlona y me acerco aún más, desafiando cada fibra de su ser.
​—Pruébame. O es que en el fondo te da pavor que me lo pase mejor que tú.
​Killian me mira con una mezcla de odio y una fascinación oscura que no puede ocultar. Durante un segundo eterno, parece que va a gritarme que me meta dentro de la casa, pero en lugar de eso, esboza una sonrisa de medio lado, una que promete problemas.
​—Súbete al puto coche —sentencia—. Pero no me llores cuando quieras volver a casa y yo no esté listo.
​Me subo al asiento del copiloto antes de que pueda arrepentirse. Justo cuando cierro la puerta, mi móvil empieza a vibrar. Es mi madre.
​—¿Vesper? ¿Dónde estás? —su voz suena susurrante; probablemente se ha escondido en algún pasillo para que nadie la oiga—. Roman está furioso con Killian y me pregunta dónde te has metido.
​—Me voy con él, mamá —respondo con calma, mirando a Killian mientras arranca el motor con un rugido ensordecedor—. No encajo en esa mesa. Ni con la familia de Roman, ni con estos supuestos parientes que acabo de conocer.
​—Lo sé, nena... —mi madre suspira, y por primera vez detecto una nota de resignación en su voz—. Te comprendo. Al fin y al cabo, esa gente no te conoce de nada, aunque lleves su sangre. Ve. Ten cuidado con Killian... pero al menos con él sabes a qué atenerte.
​Cuelgo el teléfono. Killian pisa el acelerador y el coche sale disparado de la propiedad de Silas, dejando atrás las luces de la mansión y las expectativas de dos familias que intentan decidir nuestro futuro.
​—¿Lista para el infierno? —pregunta él, sin apartar la vista de la carretera, pero con una tensión en la mandíbula que me dice que la noche no ha hecho más que empezar.
​—Llevo viviendo en él desde que conocí a los Vane, Killian. Pon música y conduce.
Killian detiene el coche frente a la entrada privada de The Abyss. No es la entrada principal con colas kilométricas; es una puerta de metal custodiada por dos armarios empotrados que se cuadran al ver el deportivo negro.
—Bájate —dice Killian, su voz ha perdido la furia pero ha ganado una intensidad eléctrica—. Y recuerda: si te pierdes aquí dentro, no será mi culpa.
Me arreglo el vestido, respiro hondo y salgo del coche. Killian me agarra del brazo, no con la rudeza de antes, sino con una firmeza posesiva que me obliga a caminar pegada a su costado. Entramos.
El aire de la discoteca nos golpea como una pared de calor, perfume caro y el pulso implacable del techno. Las luces estroboscópicas cortan la penumbra en fragmentos plateados. Cruzamos la pista como si el mar se abriera ante nosotros; la gente se aparta al reconocer a Killian, pero sus miradas se clavan en mí, la intrusa que camina a su lado.
Subimos hacia la zona VIP, el santuario de los Vane.
En la mesa central, Kai está relajado, con un vaso de whisky en la mano y la mirada perdida en la pista. A su lado, Jazmín se ríe de algo que le dice una de sus amigas, sosteniendo una copa de champán con la elegancia de quien se sabe reina del lugar.
Pero entonces, entramos en su campo de visión.
La reacción es instantánea y casi cómica. Jazmín se queda pálida, su sonrisa se congela y sus dedos se aprietan tanto alrededor del tallo de su copa que temo que estalle. Sus ojos saltan de Killian a mi brazo rodeado por su mano, y el odio que emana de ella es casi palpable.
Kai, por su parte, acaba de dar un trago largo a su whisky. Al vernos aparecer juntos —él, el heredero rebelde, y yo, la chica que se supone debería estar encerrada bajo llave—, sus ojos se abren como platos. El licor sale disparado de su boca en una fina nube antes de empezar a toser violentamente.
—¡Joder! —exclama Kai entre toses, limpiándose la barbilla con el dorso de la mano mientras estalla en una carcajada limpia y sonora—. ¡No puede ser! Killian, hermano, ¿te has vuelto loco o te han dado un golpe en la cabeza en la cena?
Killian no responde. Me empuja suavemente hacia el sofá de cuero, justo al lado del sitio de Kai, obligando a Jazmín a desplazarse si no quiere quedar pegada a mí.
—La cena se volvió aburrida —dice Killian con una frialdad letal, sentándose a mi otro lado y rodeando el respaldo del sofá con el brazo, enmarcándome—. Y Vesper quería ver cómo nos divertimos los que no tenemos "linaje".
Jazmín finalmente recupera el habla, aunque su voz suena aguda y cargada de veneno.
—¿Qué hace ella aquí, Killian? —pregunta, ignorando mi existencia por completo—. Sabes perfectamente que este no es lugar para una... invitada de su tipo.
—Vesper no es una invitada, Jazmín —respondo yo misma, apoyándome en el respaldo y pidiendo un vaso al camarero con una seguridad que no sabía que tenía—. Soy la razón por la que Killian ha tenido que irse de la cena antes de tiempo. ¿Verdad, Killian?
Él me mira de reojo. Hay un destello de diversión oscura en sus ojos. Kai sigue riéndose por lo bajo, sirviéndose otra copa.
—Esto va a ser mejor que la televisión —murmura Kai, guiñándome un ojo—. Bienvenidos al espectáculo. Jazmín, cariño, cierra la boca, se te va a meter una mosca.




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