Lo que la sangre no perdona

8 Refugio de secretos

Vesper

El silencio en la cabaña es casi ensordecedor comparado con el estruendo de los disparos de hace media hora. Me he quedado petrificada cerca de la chimenea apagada, abrazándome a mí misma, con los hombros temblando violentamente. La adrenalina me está abandonando, dejando paso a un frío que nace desde mis huesos y a un miedo que me hace sentir pequeña, frágil.
Killian se mueve en la penumbra con una agilidad silenciosa. Se acerca a un viejo arcón y saca una manta de lana gruesa. Se mueve con cuidado; no enciende ninguna luz, y comprendo que todavía estamos en peligro, que cualquier destello podría delatarnos en mitad del bosque.
—Toma —dice, dejando caer la manta sobre mis hombros.
Me sobresalto al sentir su contacto, pero no me aparto. Me envuelvo en la lana, que huele a cerrado y a madera, y lo miro con los ojos empañados. El alcohol ha desaparecido de mi sistema, dejándome una claridad dolorosa.
—¿Por qué no me lo dijiste? —susurro con la voz rota—. ¿Por qué no me dijiste que era tan peligroso salir? Pensé... pensé que solo querías controlarme, que era otro de tus juegos de poder.
Killian suelta un suspiro pesado y se deja caer en el suelo, apoyando la espalda contra la madera gastada de la pared. Me mira desde abajo, y por primera vez, no veo al heredero arrogante de los Vane, sino a alguien cansado.
—Porque en mi mundo, Vesper, la verdad es una debilidad —responde, mirando hacia las vigas del techo—. Si te decía que tenías una diana en la espalda, te habrías sentido como una prisionera. Pero la realidad es que lo eres. Desde el momento en que Roman te puso su apellido, dejaste de ser una civil. Ahora eres un trofeo o un mensaje para nuestros enemigos.
Me deslizo por la pared hasta sentarme a su lado. El suelo está frío, pero necesito su cercanía.
—Dijiste que este sitio era de tu madre —digo, cambiando de tema con suavidad. Es una pregunta que me quema desde que entramos—. Nunca hablas de ella. En la mansión no hay ni una sola foto suya. Es como si Roman hubiera querido borrar que alguna vez estuvo allí.
Noto cómo Killian aprieta la mandíbula. Sus dedos juguetean con una astilla del suelo.
—Él no la entendía —confiesa, y su voz suena extraña, más vulnerable de lo que jamás hubiera imaginado—. Ella no pertenecía a esto. Era luz, Vesper. Y este sitio... este era su pequeño trozo de mundo donde el apellido Vane no significaba nada. Venía aquí cuando las cenas, las mentiras y la violencia de mi padre la asfixiaban.
Lo miro fijamente. En la oscuridad, sus ojos parecen menos amenazadores. Hay una herida en él que este lugar ha dejado al descubierto.
—Te pareces a ella, ¿sabes? —suelta de repente, girando la cabeza para encontrar mi mirada—. No físicamente, pero tienes esa misma forma de luchar por no dejar que esta familia te trague. Por eso me vuelves loco. Porque me recuerdas que hubo un tiempo en el que yo también quise huir de todo esto.
El aire entre nosotros cambia. Ya no es la tensión agresiva del coche ni la vergüenza de lo que pasó anoche a través de la pared. Es algo más profundo, una conexión cruda forjada en el miedo. Me acerco un poco más, hasta que mi brazo roza el suyo.
—Lo de anoche... —empiezo a decir, sintiendo que mis mejillas arden—. Lo que escuchaste...
—No digas nada —me interrumpe, cerrando los ojos—. Sé lo que fue. Y sé que ambos estamos atrapados en algo que no sabemos manejar.
No añado nada más. No hay palabras para explicar el caos que siento dentro. En lugar de eso, me dejo llevar por un impulso que mi mente racional rechazaría: apoyo mi cabeza en su hombro y rodeo su brazo con mis manos, aferrándome a él. Es el hombre que me asusta, el que me encierra, pero en este momento, en mitad de este bosque oscuro, es lo único sólido que tengo.
Siento cómo Killian se tensa por un segundo, para luego relajarse por completo. Pasa su brazo por encima de mis hombros, atrayéndome hacia su pecho y envolviéndome en su calor. Es un abrazo protector, casi tierno, que me deja sin aliento.
Poco a poco, el sonido de su corazón latiendo contra mi oído se convierte en mi único mundo. El miedo se disipa, sustituido por un cansancio abrumador. Mis manos se relajan sobre su brazo y mis párpados empiezan a pesar. Me quedo dormida así, protegida por el mismo hombre del que juré escapar, en la cabaña que guarda el único secreto que parece importarle.

Killian

El peso de Vesper contra mi costado es una realidad física que me obliga a quedarme inmóvil, casi sin atreverme a respirar con normalidad por miedo a romper el hechizo. Sus dedos se han relajado sobre la manga de mi camisa, y su cabeza descansa en el hueco de mi hombro con una confianza que me resulta dolorosa.
La observo en la penumbra. La luz de la luna que entra por la pequeña ventana de la cabaña perfila su rostro, suavizando las líneas de cansancio y borrando la rebeldía de sus ojos. Dormida, parece la chica que debería haber sido: alguien que se preocupa por los exámenes de la universidad, por sus amigas o por qué ropa ponerse un sábado noche. No alguien que tiene que dormir en el suelo de una cabaña escondida porque han intentado acribillarla.
—Maldita sea, Vesper… —susurro para nadie, apenas un aliento en el aire gélido.
Mis pensamientos son un caos de cables pelados. Debería sentir desprecio. Debería verla como la hija de la mujer que ha venido a ocupar el lugar de mi madre. Debería verla como el peón que mi padre usa para sellar su poder con los clanes locales. Pero cuando la miro así, tan indefensa y aferrada a mí, solo puedo pensar en la sensación de su gemido anoche y en la furia protectora que me invadió al ver a Leo mirarla en el club.
Es una posesividad que me asusta porque no puedo controlarla.
No es solo que no quiera que nadie la toque; es que me enferma la idea de que alguien más vea lo que yo estoy viendo ahora. Esa vulnerabilidad. Ese fuego que se apaga solo cuando está conmigo. He pasado años construyendo muros alrededor de mi corazón, convirtiéndome en el hijo que Roman quería: frío, calculador, letal. Pero ella ha entrado en mi vida como un incendio forestal, quemándolo todo a su paso.
Acaricio un mechón de su pelo que le cae sobre la frente, apartándolo con una delicadeza que no sabía que mis manos poseían. Ella murmura algo entre sueños y se pega más a mí, buscando mi calor.
Sé que mañana, cuando el sol salga y volvamos a la mansión, volveremos a ser enemigos. Volveremos a los gritos, a los desafíos y a ese odio que nos sirve de escudo. Pero aquí, en el refugio de mi madre, la verdad es otra.
La verdad es que no estoy cuidando de ella por deber. La verdad es que, si alguien lograra ponerle una mano encima, yo no me limitaría a seguir las reglas de la mafia. Destruiría el mundo entero solo para mantenerla a salvo en esta pequeña burbuja de silencio.
Cierro los ojos un momento, apoyando mi mejilla sobre su cabello, y por primera vez en años, permito que el cansancio me venza, dejando que el latido de su corazón sea la única brújula en mitad de la noche.




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