Vesper
La luz del sol se filtra por las rendijas de la cabaña, cruel y directa. Despierto con el cuerpo entumecido, pero con una calidez extraña en el pecho. Por un segundo, olvido los disparos y el bosque; solo siento el brazo de Killian rodeándome y el aroma a madera y cuero que lo envuelve. Pero en cuanto mis ojos se encuentran con los suyos, que ya están abiertos y vigilantes, la calidez se disipa.
Él no dice nada. Se levanta con una agilidad fría, borrando cualquier rastro de la vulnerabilidad de anoche.
—Vámonos —sentencia. Su voz vuelve a ser ese metal afilado que corta el aire—. El equipo de limpieza de mi padre ya habrá despejado la carretera.
El trayecto de vuelta a la mansión es un sepulcro de silencio. Killian conduce con la mirada fija en el asfalto, ignorando mi presencia como si fuera un objeto molesto en el asiento del copiloto. Cuando cruzamos la verja de la propiedad, veo a Roman de pie en la entrada, flanqueado por dos guardaespaldas. Su expresión es una tormenta de rabia contenida.
En cuanto el coche se detiene, Killian baja sin esperarme.
—¡Espero que la fiesta haya valido la pena! —ruge Roman, su voz retumbando en el patio de piedra—. ¿Tienes idea del despliegue que he tenido que hacer para cubrir vuestro rastro? ¡Casi os matan por una de tus estúpidas salidas nocturnas, Killian!
—No me des sermones, padre —responde Killian, caminando hacia él con una indiferencia que me hiela la sangre—. Estaba bajo control.
—¡Nada estaba bajo control! —Roman se acerca a él, señalándome con un gesto despectivo—. Te di una orden: mantenerla a salvo y bajo perfil. En lugar de eso, la llevas a un club y termináis en una cuneta tiroteados por los rivales de Silas. Eres un irresponsable.
Me bajo del coche, esperando que Killian diga algo. Que diga que nos escondimos, que me protegió, que compartió conmigo el secreto de su madre. Pero él ni siquiera me mira. Se encoge de hombros, con la máscara de hielo perfectamente colocada.
—Fue un error —dice Killian con frialdad—. No volverá a pasar. Ella no volverá a salir de esta casa si no es con una correa.
Sus palabras me golpean como una bofetada. Mi madre, Samanta, sale de la casa con el rostro desencajado por el llanto y corre hacia mí, agarrándome de los hombros.
—¡Vesper! ¡Gracias a Dios! —me abraza con desesperación, pero enseguida me empuja hacia la puerta—. Entra ahora mismo. Sube a tu dormitorio. No vas a salir de allí hasta que Roman decida qué hacer contigo.
—¿Qué? —suelto, zafándome de su agarre. La indignación me quema la garganta—. No me podéis encerrar.
—¡Haz caso a tu madre! —interviene Roman con autoridad—. Sube a tu cuarto. Has demostrado que no se puede confiar en ti.
—Vesper, por favor... —suplica mi madre—. Eres una niña y no entiendes lo que ha pasado. Es por tu bien.
Esa es la gota que colma el vaso. Miro a Roman, luego a mi madre y, por último, a Killian. Él sigue allí, de pie, observando la escena con una impasibilidad absoluta, como si anoche no me hubiera abrazado para protegerme del frío.
—¡No soy una niña! —grito, y mi voz resuena en todo el vestíbulo—. ¡No soy vuestro juguete ni una propiedad a la que podéis castigar mandándola al rincón! ¡No tenéis derecho a encerrarme! ¡Y tú...! —señalo a Killian, con los ojos ardiendo de rabia y traición—. Eres el ser más cobarde que he conocido en mi vida.
Killian ni siquiera parpadea. Su mirada pasa sobre mí como si fuera invisible.
—Lleváosla arriba —dice él con voz monótona, dándose la vuelta para entrar en el despacho con su padre.
Mi madre me arrastra hacia las escaleras. Subo cada escalón con el corazón roto y los puños apretados. Cuando llego a mi habitación y escucho el clic de la puerta al cerrarse, me doy cuenta de que la cabaña fue un espejismo. En esta casa, el hielo siempre termina por quemarlo todo.
Me desplomo sobre la cama, mirando el techo de esta jaula de lujo. La rabia sigue burbujeando en mi pecho, mezclada con una sensación de vacío que no quiero admitir. Killian me ha vuelto a tratar como a una extraña, como si las horas en la cabaña hubieran sido un error de cálculo que ya ha corregido de cara a su padre.
Mi móvil vibra bajo la almohada. Es un mensaje de Lina: ¿Sigues viva en esa fortaleza? ¡Dime que no te han confiscado el móvil!
Necesito oír una voz que no hable de linajes, de deudas o de seguridad. Marco su número y ella contesta al primer tono.
—¡Vesper! —su voz suena acelerada, cargada de una energía que yo he perdido por completo—. Menos mal que contestas. Estaba a punto de escalar los muros de esa mansión.
—Estoy encerrada en mi habitación, Lina —susurro, apoyando la cabeza en el respaldo de la cama—. Problemas familiares de los que no quieres saber nada. Me tienen como a una prisionera.
—Bueno, bienvenida al club de las que tienen "problemas con los Vane" —dice Lina, y detecto un tono extraño en su voz, una mezcla de nerviosismo y excitación.
—¿A qué te refieres? —frunzo el ceño—. ¿Ha pasado algo con Kai? Desde la otra noche que te llevó a casa no me habías contado nada.
Oigo un suspiro largo al otro lado de la línea.
—Vesper... no se fue esa noche. O mejor dicho, se fue muy tarde —murmura ella—. Me acosté con él. ¡Me acosté con Kai!
Me incorporo de un salto, olvidando por un momento mi propio cautiverio. La sorpresa me deja sin aire.
—¿Qué? ¡Lina! ¡Me estás vacilando! —suelto una carcajada incrédula—. ¿Con Kai? ¿El mejor amigo de Killian? Pero si dijiste que era un idiota arrogante.
—Y lo es, te juro que lo es —se ríe ella, y puedo imaginarla mordiéndose las uñas—. Pero cuando me dejó en el portal aquella noche, hubo una tensión... no sé, algo saltó por los aires. Subió a casa y, joder, Vesper, ha sido lo más increíble y aterrador de mi vida. Ese hombre tiene tatuajes hasta donde no te imaginas y una forma de... bueno, ya me entiendes.
—¡Estás loca! —me río, sintiendo por primera vez en el día que la presión en mi pecho se aligera—. Si Killian se entera de que su mejor amigo está rondando tu piso, le va a dar un ataque al corazón. O peor, le va a dar un ataque de celos de autoridad.
—¡Que le den a Killian! —responde Lina con tono pícaro—. Kai es... diferente cuando no está bajo la mirada de los Vane. Aunque se fue antes de que amaneciera diciendo que "tenía asuntos" que atender. Muy misterioso todo, ya sabes, estilo mafioso chic.
Nos pasamos los siguientes diez minutos riendo, analizando los detalles que Lina se atreve a contarme. Escucharla me devuelve a la realidad de la chica que era hace apenas una semana, la que se reía de los líos amorosos de facultad en lugar de esconderse de tiroteos en cabañas olvidadas.
—Ten cuidado, de verdad —le digo, suavizando el tono—. Estos hombres no saben lo que es un "no" y sus problemas suelen incluir armas de fuego. No quiero que te salpique su mundo.
—Lo sé, nena. Pero por una noche, ha valido la pena el riesgo —responde ella con sinceridad—. Ahora intenta no morder a nadie en esa casa. Y si Killian se pone muy pesado, recuerda que yo sé cosas de su mejor amigo que lo harían sonrojar.
—Eres increíble. Te quiero, loca.
—Y yo a ti. Hablamos pronto.
Cuelgo el teléfono y la sonrisa desaparece lentamente de mi rostro. Me alegro por Lina, pero su historia solo resalta el abismo que hay entre su encuentro y lo que yo tengo con Killian. Ella tuvo una noche de fuego; yo tuve una cabaña fría, el fantasma de una madre muerta y un abrazo que, esta mañana, Killian ha decidido enterrar bajo una capa de hielo.
Me tumbo de nuevo, cerrando los ojos. El silencio de la mansión vuelve a caer sobre mí, recordándome que, mientras Lina juega con un Vane, yo estoy atrapada por el más peligroso de todos.
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Editado: 15.05.2026