Lo que la sangre no perdona

10 La culpa

​Vesper

​El eco de los gritos de Roman en el pasillo todavía vibra en las paredes de mi habitación. Estoy sentada en el borde de la cama, con las manos entrelazadas, sintiéndome como una prisionera de guerra en su propio castillo. De repente, la puerta se abre y entra mi madre. No necesita decir nada; su expresión de "madre preocupada" ya me lo dice todo.
​—Vesper, tenemos que hablar —comienza, cerrando la puerta con cuidado—. Lo que ha pasado hoy... tienes que entender que Roman solo quiere proteger el equilibrio de esta familia. Tienes que empezar a ver a Killian como un hermano. No podemos permitir que haya malentendidos ni miradas extrañas entre vosotros.
​Suelto una risa seca, cargada de veneno.
​—¿Malentendidos? ¿Miradas? —me levanto, enfrentándola—. Madre, si sigues por este camino, te juro que me iré. Y si me conoces aunque sea un poco, sabes perfectamente que soy capaz de buscarme la vida sola. Ya lo hice antes de que nos arrastraras a este nido de víboras. No necesito vuestro dinero ni vuestras reglas de mierda.
​—¡Vesper, por favor! No digas tonterías, aquí tienes seguridad, tienes un futuro...
​—¡Tengo una jaula! —la interrumpo—. He escuchado a Roman. He escuchado cómo amenazaba a su propio hijo hace un momento a través de las paredes. Lo está culpando de algo que no ha pasado. Nos están acusando de tener una relación que no es cierta, y no voy a permitir que me ensucien de esa manera.
​Me acerco a ella, clavando mi mirada en la suya.
​—O haces que Roman se disculpe con Killian por sus acusaciones y conmigo por encerrarme, o me marcharé esta misma noche. No voy a pagar por los fantasmas y las inseguridades de ese hombre.
​Mi madre palidece. Se queda en silencio unos segundos, viendo la determinación en mis ojos. Sabe que no estoy faroleando. Sabe que soy lo suficientemente terca como para desaparecer y no volver nunca.
​—Está bien... —susurra, acercándose para tomar mis manos, aunque yo las mantengo rígidas—. Hablaré con él. Te prometo que en la comida de hoy, Roman se disculpará contigo y con Killian. Siento mucho todo esto, de verdad. Perdóname por no haber sabido manejar la situación.
​La miro y, por un momento, la rabia se mezcla con una tristeza profunda. Veo el brillo en sus ojos, la forma en que se arregla el vestido, la paz que emana a pesar de todo el caos.
​—Te veo feliz, mamá —digo con un tono más suave, pero firme—. Por eso sigo aquí, porque sé lo mucho que esto significa para ti. Pero no te equivoques: que acepte vivir bajo este techo no significa que te dé permiso para meterte en mi vida o para dejar que ese hombre me controle.
​Ella me mira con una mezcla de gratitud y melancolía. Suspira profundamente y se sienta a mi lado en la cama.
​—Quise mucho a tu padre, Vesper, siempre lo haré... pero con Roman es diferente. Soy feliz. Él me da una estabilidad y una fuerza que nunca tuve. Solo quiero que tú también encuentres tu lugar aquí.
​—Mi lugar no es el que Roman decida —sentencio, levantándome para ir hacia la ventana—. Dile que espero esa disculpa. Y dile a Killian que se guarde su máscara de hielo, porque ya no me importa.
​Cuando mi madre sale de la habitación, me quedo mirando el jardín. He ganado una batalla, pero sé que en esta casa las disculpas suelen ser solo otra forma de manipulación. Me pregunto si Killian aceptará el perdón de su padre o si el daño que se hicieron esta mañana ya es permanente.
Bajo las escaleras con la cabeza alta, sintiendo el peso del silencio que envuelve la mansión. Al entrar en el comedor, la escena es casi idílica, una fachada perfecta de familia de alta alcurnia. Roman preside la mesa con su habitual aire de autoridad y, a su lado, mi madre intenta suavizar el ambiente con una sonrisa tensa. Killian ya está allí, sentado frente a mi sitio vacío. No me mira; mantiene la vista fija en su copa, con una rigidez que delata lo mucho que le cuesta estar aquí.
Me siento con parsimonia. El tintineo de los cubiertos es el único sonido hasta que Roman aclara su voz.
—Vesper, Killian... —empieza Roman, entrelazando sus dedos sobre la mesa—. Samanta y yo hemos estado hablando. Lo que ocurrió anoche y vuestra actitud de esta mañana nos ha preocupado. Queremos que este hogar sea un lugar de orden. No estamos dispuestos a permitir que un amor juvenil, o un impulso mal gestionado, mate la estabilidad y la paz de esta casa.
Lanzo una mirada de reojo a Killian. Él sigue inmóvil, estupefacto. Puedo notar cómo el aire se le escapa de los pulmones al oír a su padre hablar de "amor juvenil" con tanta ligereza, como si estuviera diseccionando un problema de negocios. Yo, sin embargo, no bajo la cabeza.
—Eso no lo decidís vosotros —respondo con voz clara, dejando mi servilleta sobre el regazo—. No podéis decidir qué sentimos o qué dejamos de sentir basándoos en vuestras sospechas.
Killian levanta la vista hacia mí por primera vez, con los ojos muy abiertos. No esperaba que yo fuera tan directa ante el hombre que maneja los hilos de media ciudad. Roman frunce el ceño, pero cumple la promesa que le hizo a mi madre. Respira hondo y relaja los hombros, forzando un gesto más amable.
—Tienes razón en que los sentimientos no se mandan, Vesper. Pero sí se mandan las acciones —dice, esta vez con un tono más conciliador—. Solo quiero que os veáis como familia. Como hermanos. Quiero que esta casa sea vuestro refugio, no vuestro campo de batalla. Lamento haberos presionado de más esta mañana; los nervios por el ataque me hicieron perder el juicio.
Mantengo la calma. Ya no tengo ganas de gritar; la charla con mi madre me ha dejado una extraña lucidez.
—Intentaré llevarme bien con Killian —digo, mirando fijamente a Roman y luego a mi madre—. Pero teneros a vosotros siempre encima, vigilando cada paso que damos o cada mirada que intercambiamos, no ayuda en nada. Solo crea una tensión que no existiría si nos dejarais en paz. Si queréis que seamos una "familia", empezad por darnos un poco de espacio.
Mi madre suelta un suspiro de alivio y busca la mano de Roman sobre la mesa. Él asiente lentamente, aceptando mis términos, al menos de cara a la galería.
—Me parece justo —concluye Roman—. Espacio y respeto mutuo. Es todo lo que pido.
El resto de la comida transcurre de una forma sorprendentemente agradable. Hablan de las próximas inversiones de Silas y de los arreglos que mi madre quiere hacer en el jardín de invierno. Por un momento, si ignoras los guardaespaldas en la puerta, podrías creer que somos una familia normal.
Killian sigue sin decir gran cosa, pero la rigidez de su cuerpo ha disminuido. A través de la mesa, nuestras miradas se cruzan un segundo. Ya no hay el hielo cortante de la mañana, pero tampoco hay el calor de la cabaña; solo queda una tregua silenciosa y la sospecha de que, por mucho que hayamos apaciguado a Roman, este juego acaba de volverse mucho más complicado.




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