Vesper
El silencio de la noche en la mansión es denso, casi palpable. Estoy tumbada boca arriba, con la piel todavía sensible por la adrenalina del día y la confusión de mis sentimientos. Miro la pared que nos separa. Sé que Killian está ahí, a apenas unos metros. Una locura se apodera de mis dedos y, antes de que pueda arrepentirme, escribo algo que rompe cualquier tregua.
Vesper: No puedo dormir. El silencio de esta casa me hace pensar en cosas que no debería.
Killian: ¿Qué tipo de cosas, Vesper?
Vesper: Cosas que empezaron anoche. Estoy en la cama y estoy pensando en tocarme. Solo quería que lo supieras.
El "Escribiendo..." aparece y desaparece rápido.
Killian: Muy graciosa. ¿Qué te has bebido, Vesper? No juegues con eso, que ya hemos tenido suficiente drama por hoy.
Vesper: No es una broma, Killian. No me estoy riendo. Tengo la mano bajo la sábana y me pregunto si tú estarás haciendo lo mismo.
Pasan varios segundos. Puedo imaginarlo al otro lado, incorporándose en la cama, debatiéndose entre la incredulidad y el deseo.
Killian: Si no es una broma, demuestra que eres tan valiente como dices. Sal de tu cuarto. Ven al mío ahora mismo y enséñame lo que estás haciendo.
Me quedo sin aliento. Mis dedos tiemblan sobre la pantalla. Él cree que estoy faroleando, que no me atreveré a cruzar el pasillo con Roman y mi madre durmiendo a unos metros.
Vesper: ¿Quieres que vaya? ¿Estás retándome, Killian?
Killian: Te estoy tentando. Pero ambos sabemos que no vas a cruzar esa puerta. Eres una chica buena jugando a ser peligrosa. Anda, duérmete ya.
Vesper: No me conoces en absoluto. Podría estar girando el pomo ahora mismo.
Killian: Haz lo que quieras, Vesper. Pero deja de hablar y hazlo, o cállate de una vez. No tengo toda la noche para tus fantasías.
Antes de que pueda responder, el check del mensaje se queda en gris. Intento escribir, pero veo que no le llegan. Killian ha bloqueado su móvil. Me quedo mirando la pantalla, estupefacta y con el corazón martilleando contra mis costillas. Me ha cortado el paso, me ha dejado a medias y, lo peor de todo, me ha desafiado. La frustración y el deseo se mezclan en mi estómago de una forma insoportable. No me he tocado, ni siquiera he empezado, pero la simple idea de que él crea que no soy capaz de ir a su habitación me está quemando por dentro.
Miro la puerta de mi dormitorio. El pasillo está a oscuras. La mansión duerme. Pero yo estoy más despierta que nunca.
La humillación de ver el mensaje bloqueado es el último empujón que necesito. Killian cree que tiene el control, que puede encender el fuego y luego simplemente cerrar la puerta. Pero no me conoce. No sabe que la misma rebeldía que me hace enfrentarme a Roman es la que me empuja ahora a salir de la cama.
Me levanto con cuidado. El suelo de mármol está helado bajo mis pies descalzos, pero apenas lo noto. Llevo un camisón de seda que se desliza por mi piel como un susurro. Abro la puerta de mi dormitorio milímetro a milímetro. El pasillo está sumido en una oscuridad total, pero no tengo miedo de que nos vean; esta ala de la mansión es nuestro territorio exclusivo. Ni Roman ni mi madre pondrían un pie aquí a estas horas.
Camino a hurtadillas, sintiendo cómo el corazón me golpea las costillas con cada paso. Llego a su puerta. Mi mano tiembla al rozar el pomo, pero lo giro sin dar marcha atrás. Está abierto.
Entro en la habitación, sumida en una penumbra apenas rota por la luz de la luna que entra por el ventanal. Todo está en silencio. Doy dos pasos hacia el interior, buscando la silueta de su cama, cuando de repente choco de frente contra algo sólido, duro y grande. Suelto un pequeño jadeo de sorpresa mientras unas manos firmes se cierran sobre mi cintura para estabilizarme.
No está en la cama. Estaba esperándome justo detrás de la puerta.
El contacto de mis manos contra su pecho desnudo me provoca una descarga eléctrica que me recorre la columna. Killian es puro músculo y calor en mitad de la noche. Huele a jabón, a cuero y a ese peligro que siempre lo acompaña.
—No deberías haber hecho esto, Vesper —su voz es un gruñido bajo, una advertencia que vibra contra mi frente.
Sus dedos se clavan en mi cintura, no con dolor, sino con una desesperación que intenta contener.
—Me has bloqueado —susurro, alzando la vista para intentar encontrar sus ojos en la oscuridad—. Me has retado a venir porque creías que no me atrevería.
—Lo he hecho porque sabía que, si venías, esto sería un error sin retorno —dice él, acortando la distancia hasta que su aliento quema mis labios—. Pero eres tan jodidamente terca que has venido a buscar el incendio a mi propia habitación.
—Pues ya me has encontrado —desafío, aunque me tiembla la voz.
—Sí —responde él con una intensidad que me marea—. Te he encontrado.
No hay más palabras. Killian rompe la última barrera y me besa.
No es un beso tierno; es una colisión de meses de rabia, tensión y un deseo que ha terminado por desbordarse. Su boca reclama la mía con una ferocidad que me deja sin aliento, y yo respondo con la misma hambre, enredando mis dedos en su pelo y pegándome a él como si mi vida dependiera de su calor. En este cuarto, con la puerta cerrada a nuestras espaldas, el "error" del que hablaba Killian se convierte en lo único real que nos queda.
Killian
Sabía que vendría. En el momento en que bloqueé el móvil, supe que su orgullo sería más fuerte que su prudencia. Por eso me quedé de pie, en la penumbra de mi cuarto, escuchando el leve roce de sus pies descalzos por el pasillo hasta que el pomo de mi puerta giró.
Cuando chocó contra mí, el impacto fue el colapso de todas mis defensas.
—No deberías haber hecho esto —le advertí, pero mi voz era un rugido hambriento.
En cuanto mis labios tocaron los suyos, el mundo exterior se calcinó. La arrastré hacia la cama, pero antes de dejarla caer sobre las sábanas de seda blanca, un instinto de protección me frenó. Me detuve un segundo, observando su respiración agitada y esa mezcla de miedo y determinación en sus ojos.
—Vesper... —murmuré, mi mano bajando por su vientre—. No ha habido nadie antes, ¿verdad?
Ella no respondió con palabras, solo apretó los dientes y asintió levemente, con las mejillas encendidas. Un juramento mudo escapó de mis labios. Maldita sea. Si alguien encontraba una sola mancha en esta cama mañana, ambos estaríamos muertos antes del amanecer.
Me separé de ella solo lo justo para agarrar una toalla oscura del baño y extenderla sobre la cama con movimientos rápidos y precisos. No podíamos dejar rastro. Ni una sola prueba de lo que estábamos a punto de hacer.
La primera vez fue salvaje. Fue la descarga de toda la tensión acumulada desde que cruzó el umbral de esta casa. Me deshice de su camisón con urgencia, dejando su piel pálida expuesta a la luz de la luna. Mis manos, grandes y ásperas, recorrieron cada curva reclamando un territorio que, ahora lo sabía, nadie más había pisado.
—Mírame, Vesper —le ordené.
Me hundí en ella con una lentitud tortuosa, conteniendo mi propia necesidad para no lastimarla. Sentí la barrera, el momento en que su cuerpo se tensó y su aliento se cortó. Me detuve, besando sus párpados, esperando a que se acostumbrara a mí. Cuando finalmente se relajó y me rodeó con sus piernas, el ritmo se volvió frenético. Fue un choque de cuerpos sudorosos y jadeos ahogados contra mi almohada para no alertar a nadie. El placer era tan intenso que rozaba el dolor, una comunión de rabia y deseo que culminó en un estallido que nos dejó a ambos temblando.
Pasaron los minutos y el fuego furioso se convirtió en brasas cálidas. La miré; tenía el pelo revuelto y los labios hinchados. El hielo de mi interior se había derretido por completo.
La segunda vez fue tierna.
Comencé a besarla de nuevo, pero esta vez mis labios recorrieron su piel con una lentitud casi religiosa. Mis manos, que antes la habían sujetado con fuerza, ahora la acariciaban como si fuera el tesoro más frágil del mundo. La penetré despacio, mirándola fijamente a los ojos, conectando algo mucho más profundo que el simple sexo.
—Eres mía, Vesper —susurré, moviéndome con una cadencia dulce que la hacía vibrar.
Cada caricia era una promesa silenciosa, cada embestida una disculpa por mis desprecios anteriores. Fue un encuentro coreografiado por la piel, donde el tiempo se detuvo. Al terminar, me aseguré de limpiar cualquier rastro de ella en mí y de nosotros en la habitación.
La envolví en mis brazos, ocultando la toalla bajo mi cama para deshacerme de ella más tarde. Mientras la sentía respirar contra mi pecho, supe que habíamos cruzado una línea de la que no se vuelve. Ya no somos hermanos, ni enemigos. Somos un secreto que podría destruir esta mansión, pero ahora mismo, no me importa que todo arda.
El silencio que siguió a la tormenta era distinto a cualquier otro que hubiera experimentado en esta casa. No era el silencio tenso de las cenas con mi padre, ni el silencio gélido de mis noches de insomnio. Era un silencio compartido, cálido y cargado de una verdad que nos acababa de cambiar para siempre.
Vesper estaba apoyada en mi pecho, trazando con la yema de sus dedos el contorno de uno de los tatuajes de mi brazo. Me sorprendió lo natural que se sentía tenerla allí, como si el hueco de mi hombro hubiera sido diseñado para encajar con su cabeza.
—Nadie puede saberlo, Killian —susurró ella, rompiendo la calma. Su voz era apenas un hilo, pero la determinación seguía ahí—. Si Roman se entera, o mi madre...
—Lo sé —la interrumpí, besando la coronilla de su cabeza—. Por ahora, esto se queda en estas cuatro paredes. Fuera de aquí, seguiremos siendo el heredero de los Vane y la hijastra rebelde. Tendremos que ser mejores actores que nunca.
Ella levantó la vista, buscándome los ojos en la penumbra. Su mirada se volvió seria, casi exigente.
—Pero hay algo más. Si vamos a hacer esto... si vamos a ser este "secreto"... no quiero más escenas como la del otro día. No quiero que Jazmín vuelva a tocarte. Ni ella, ni ninguna otra.
Sentí una punzada de satisfacción ante su posesividad. No era solo capricho; después de lo que acabábamos de compartir, después de saber que yo había sido el primero en descubrirla, entendía que ella necesitaba esa exclusividad para sobrevivir a la mentira.
—Te lo prometo, Vesper —dije con total sinceridad, tomando su mentón para que no hubiera dudas—. Jazmín es parte de una vida que ya no me interesa. De ahora en adelante, no hay nadie más. Solo tú.
Ella asintió, pareciendo soltar un peso que llevaba cargando días. Se incorporó lentamente, buscando su camisón de seda en la oscuridad. El frío de la habitación nos recordó que la noche no duraría eternamente.
—Tengo que volver a mi cuarto antes de que amanezca —dijo, deslizándose fuera de la cama.
Pero cuando se dispuso a caminar hacia la puerta, no pude evitarlo. Estiré el brazo y la agarré de la muñeca, tirando de ella hacia atrás con suavidad. Ella soltó una risita ahogada cuando cayó de nuevo sobre el colchón, justo encima de mí.
—¿A dónde vas tan rápido, pequeña rebelde? —murmuré, rodeando su cintura con mis brazos y empezando a hacerle cosquillas en los costados.
—¡Killian, para! —chillo-susurró ella, retorciéndose entre risas y tratando de taparme la boca con la mano para que el sonido no escapara de la habitación—. ¡Nos van a oír!
—Que oigan lo que quieran —bromeé, atrapando sus manos sobre su cabeza y dándole un beso corto y sonoro en la punta de la nariz—. Me gusta verte así. Sin la armadura de chica dura.
Jugamos un par de minutos más, entre besos robados y susurros juguetones, disfrutando de una ligereza que ninguno de los dos había conocido en esa mansión. Fue un momento de paz robada al destino.
Finalmente, la ayudé a ponerse en pie y la acompañé hasta la puerta. Le di un último beso, uno que sabía a promesa y a peligro, y la vi desaparecer por el pasillo sombrío hacia su habitación.
Cerré la puerta y me apoyé en ella, suspirando. El bloqueo del móvil ahora me parecía una estupidez de otra vida. Había prometido que no habría más Jazmín, y lo cumpliría. Porque después de haber tenido a Vesper, cualquier otra mujer me parecería una sombra sin importancia. El problema es que, al salvarla a ella de mi desprecio, nos había condenado a ambos a la mentira más peligrosa de nuestras vidas.
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Editado: 17.05.2026