Vesper
Me despierto con la sensación de que el mundo ha cambiado de eje, pero mi cuerpo se encarga de recordarme la realidad con un pinchazo agudo. Al intentar incorporarme, un dolor sordo y persistente en mi zona íntima me hace soltar un gemido y volver a hundirme en las almohadas.
Ser virgen y haber pasado de la nada al ritmo de Killian —especialmente esa primera vez tan salvaje— tiene un precio físico que no calculé anoche. Me siento pesada, dolorida y, sobre todo, terriblemente expuesta. No puedo bajar a desayunar. No con Roman observando cada uno de mis gestos con su ojo clínico, ni con mi madre analizando mi cara. Estoy segura de que si me pongo en pie, caminaré de forma extraña, y mis ojos gritarán exactamente en qué habitación estuve anoche.
Escucho unos toques suaves en la puerta. Me tenso al instante.
—¿Vesper? Cariño, ¿vas a bajar? —es la voz de mi madre.
—No me encuentro muy bien, mamá —respondo, tratando de que mi voz suene pastosa, como si estuviera medio dormida—. Me estalla la cabeza. Creo que los nervios de ayer me han pasado factura.
La puerta se abre y ella entra con una expresión de ternura. Se acerca a la cama y me pone una mano en la frente.
—No tienes fiebre, pero tienes ojeras —dice, apartándome un mechón de pelo—. Te traeré una pastilla para el dolor y algo de zumo.
—Gracias... —susurro, sintiéndome culpable por la mentira—. Además, hoy tengo varias clases online y trabajos que entregar. Me quedaré aquí concentrada, así que, por favor, dile a todos que no entren. Necesito silencio absoluto para avanzar.
Mi madre me dedica una sonrisa comprensiva, convencida de que su hija rebelde por fin está sentando la cabeza con los estudios.
—Está bien, te dejaré tranquila. Descansa después de la clase.
En cuanto cierra la puerta, dejo escapar un suspiro de alivio. Me quedo mirando el techo, procesando el hecho de que hace apenas unas horas estaba en la cama de al lado, entregándome al hombre que mi familia llama "hermano".
Mi móvil vibra en la mesita de noche. Es él.
Killian: He oído a Samanta decir que estás enferma. ¿Qué pasa? ¿Es por lo de anoche?
Me muerdo el labio, debatiéndome entre la vergüenza y la necesidad de sinceridad con él.
Vesper: Me duele todo, Killian. Literalmente. No puedo ni caminar bien sin que me dé un pinchazo ahí abajo. He tenido que inventarme un dolor de cabeza para que mi madre no sospeche.
Killian: Joder... lo siento. Fui demasiado duro la primera vez, ¿verdad? Debería haber tenido más cuidado contigo.
Vesper: No te culpes. Yo también lo quería así. Pero ahora estoy atrapada en mi cuarto fingiendo que estudio porque me da pánico que Roman vea cómo camino y lo adivine todo.
Killian: Roman no va a ver nada. Quédate en la cama. Voy a intentar escaparme de lo que sea que mi padre tenga planeado para traerte algo que te ayude con el dolor, o al menos para verte cinco minutos.
Vesper: ¡Ni se te ocurra! Mi madre está alerta. Quédate donde estás y finge que no te importo, como hacías ayer. Es la única forma de que esto funcione.
Killian: Ayer era fácil fingir porque estaba furioso. Hoy, sabiendo cómo te sientes por mi culpa, es una tortura estar en la habitación de al lado y no poder entrar. Descansa, pequeña. Avísame si necesitas cualquier cosa.
Dejo el móvil contra mi pecho. El dolor físico sigue ahí, recordándome que he dejado de ser una niña de la forma más intensa posible, pero saber que Killian está al otro lado de la pared, preocupado y queriendo cuidarme, hace que el sacrificio valga la pena. Ahora solo tengo que sobrevivir a un día entero de mentiras sin que mi cuerpo me delate.
Tengo el portátil sobre las piernas y los auriculares puestos, tratando de concentrarme en la explicación de estadística de Leo, un compañero de la facultad. En realidad, solo estoy usando la videollamada como escudo, pero ver una cara familiar y hablar de cosas normales me ayuda a distraerme del dolor sordo que aún persiste en mi cuerpo.
—Entonces, si la variable es constante, el resultado de la muestra... —Leo se detiene al ver que mi mirada se desvía hacia la puerta.
La puerta de mi habitación se abre de golpe. Mi madre entra con un vestido de cóctel impresionante, seguida de cerca por Killian. Él va vestido de manera informal, pero su presencia llena el espacio al instante, haciendo que el aire de la habitación se vuelva pesado.
—Vesper, cielo, solo venía a despedirme —dice mi madre, acercándose para darme un beso en la mejilla—. Roman y yo nos vamos ya a la gala benéfica. Volveremos tarde.
—Pasadlo bien —logro decir, tratando de no mirar a Killian, que se ha quedado de pie al pie de mi cama, con las manos en los bolsillos y la vista clavada en la pantalla de mi ordenador.
—Roman ha decidido que Killian se quede en casa esta noche —continúa mi madre con una sonrisa de satisfacción—. Quiere que esté pendiente de ti por si el dolor de cabeza empeora o si necesitas algo. Me alegra tanto ver que por fin os estáis cuidando como familia.
Casi me atraganto con mi propia saliva. Cuidándonos como familia. Si ella supiera la forma en que "nos cuidamos" hace unas horas, le daría un infarto en ese mismo instante.
Killian no dice nada. Su mandíbula se ha tensado tanto que parece de piedra. Tiene la mirada fija en el monitor, donde Leo, ajeno al drama, saluda con la mano al ver que hay gente en mi cuarto. Noto cómo la energía de Killian cambia; se vuelve oscura, posesiva. Está radiando una hostilidad que mi madre, afortunadamente, confunde con simple aburrimiento.
—Bueno, os dejo —dice ella, saliendo finalmente del cuarto—. ¡Portaos bien!
Killian sale justo detrás de ella sin decir una sola palabra, pero lanza una última mirada letal hacia la pantalla antes de cerrar la puerta.
—¿Quién era ese tipo tan serio? —pregunta Leo desde el monitor, con el ceño fruncido—. Parecía que quería atravesarme con la mirada.
—Nadie, Leo. Solo mi... mi hermanastro —respondo, intentando recuperar la compostura—. Seguimos con el ejercicio, ¿vale?
Apenas dos minutos después, mi móvil vibra sobre la colcha. Lo agarro con curiosidad y veo el nombre de Killian en la pantalla.
Killian: ¿Quién es el imbécil del monitor y por qué te sonríe como si le debieras la vida?
Siento una oleada de calor que no tiene nada que ver con la fiebre. Una sonrisa involuntaria se dibuja en mis labios. El gran Killian Vane, el hombre de hielo, está teniendo un ataque de celos de manual.
Vesper: Se llama Leo. Es mi compañero de grupo. Y me sonríe porque es amable, algo que tú claramente no sabes lo que significa.
Killian: Dile a "Leo" que la clase se ha terminado. No me gusta cómo te mira. Y apaga esa pantalla antes de que vaya yo mismo a cerrarla.
Vesper: ¿Estás celoso, Killian? Pensaba que lo nuestro era un secreto y que debíamos ser "buenos hermanos" delante de los demás.
Killian: Los hermanos no sienten ganas de partirle la cara a cualquiera que te mire más de tres segundos. Termina con él. Ahora.
Bloqueo el móvil y miro a Leo, que sigue hablándome de fórmulas. La sensación de poder que me da saber que Killian está al otro lado de la pared, rabiando de celos mientras yo tengo el control por una vez, es mejor que cualquier pastilla para el dolor.
—Leo, lo siento —le interrumpo con una sonrisa radiante—. Me ha surgido algo. Tenemos que dejarlo para mañana.
Cierro el portátil de golpe. Me acomodo en las almohadas, esperando. Sé que no tardará mucho en aparecer por esa puerta.
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Editado: 17.05.2026