Vesper
El calor del momento que acabamos de compartir todavía flota en la habitación, pero la burbuja de paz estalla de la forma más cruda posible. El móvil de Killian, que hace un rato Kai hacía vibrar, vuelve a la carga. Una vez. Dos veces.
El nombre de Jazmín parpadea en la pantalla. Killian exhala un suspiro de fastidio y, para mi sorpresa, lo coge. Se queda ahí mismo, sentado en el borde de la cama, y comete el error de no bajar el volumen del auricular. El silencio de la noche hace que la voz de esa mujer se escuche perfectamente en el cuarto.
—¿Qué quieres, Jazmín? —dice él, con la voz todavía ronca.
—Quiero que vengas ahora mismo —la voz de ella suena cargada de una confianza asquerosa—. Estoy en el reservado, Killian. Llevo el conjunto negro que tanto te gusta, el que me arrancas siempre antes de ponerme contra la pared.
Me quedo helada. Siento la humedad de Killian todavía en mi piel y escuchar a otra mujer reclamar su cuerpo de esa manera me revuelve el estómago.
—No sabes las ganas que tengo de que me hagas todas esas guarradas. Vente ya. Olvida a tu familia y fóllame como siempre. Te estoy esperando.
Miro a Killian, esperando que la mande a la mierda. Pero su respuesta es fría y evasiva.
—Hoy no puedo, Jazmín. Tengo trabajo acumulado. Mi padre me ha dejado a cargo de unos asuntos aquí y no voy a salir. No insistas.
Cuelga y deja el móvil sobre la colcha. Me aparto de él al instante, cubriéndome con la sábana como si fuera una armadura.
—¿"Tengo trabajo"? —repito, sintiendo cómo la furia me quema la garganta—. ¿Esa es tu forma de acabar con ella? ¿Poniendo excusas laborales?
—Vesper, no empieces —dice él, girándose hacia mí con el ceño fruncido—. ¿Qué querías que le dijera? ¿Que no voy porque estoy en la cama con mi hermanastra? He dicho eso para mantener el secreto a salvo. Es lo que acordamos.
—¡Le has dicho que no podías porque tenías que hacer, no porque no quisieras! —le grito, aunque trato de no alzar demasiado la voz—. Le has dejado la puerta abierta para mañana. "Fóllame como siempre", ha dicho. Me das asco, Killian. Me haces escuchar sus guarradas mientras todavía me tienes a mí en la boca.
—¡Joder, deja de rallarte por Jazmín! —estalla él, levantándose de la cama, harto de mi reacción—. Te he dicho que no iba a ir y no he ido. Ella no significa nada, es ruido de fondo.
Me mira con esa mezcla de frustración y deseo que siempre me confunde, pero esta vez estoy demasiado herida para ceder. Killian suspira, pasándose las manos por el pelo, intentando rebajar la tensión de la habitación.
—Mira, voy a pedir algo para cenar —dice en un tono más calmado, casi autoritario pero sin llegar a ser hiriente—. Vamos a comer algo y vas a dejar de darle vueltas a esto. Ella es el pasado, tú eres la que está aquí ahora. Quédate en la cama y relájate.
Se aleja hacia el rincón de la habitación para coger su propio móvil y hacer el pedido, dándome la espalda. Me quedo mirando su figura, debatiéndome entre tirarle una lámpara a la cabeza o creerle. El problema de los secretos es que, a veces, la mentira que usamos para protegernos termina por mancharlo todo. Y Jazmín, aunque él diga que es ruido, suena demasiado real en mis oídos.
Killian termina de hacer el pedido por una aplicación, moviéndose por el cuarto con esa seguridad que me desquicia. Yo sigo envuelta en la sábana, sentada en medio de mi cama, observando cómo se pone unos pantalones de chándal. Estamos en mi habitación, y el contraste entre la calidez de mis sábanas y la frialdad de la voz de Jazmín que aún resuena en mi cabeza me marea.
—He pedido comida mexicana —dice él sin mirarme, como si no acabáramos de tener una pelea—. De ese sitio que te gusta en el centro. Tardarán veinte minutos.
No respondo. Me limito a mirar un punto fijo en la pared de mi cuarto, rodeada de mis libros y mis cosas, sintiéndome de repente una extraña en mi propio espacio. Me siento ridícula por estar aquí, desnuda bajo su tela, mientras él gestiona su vida como si nada hubiera pasado.
Cuando el repartidor llega —seguramente lo ha hecho dejar la comida en la puerta de servicio para no levantar sospechas—, Killian baja y vuelve a subir con un par de bolsas de papel que huelen a especias y cilantro. Saca los tacos, los burritos y el guacamole, extendiéndolo todo sobre mi escritorio.
—Ven a comer, Vesper —me ordena suavemente.
Me levanto con parsimonia, asegurándome de que la sábana me cubra bien, y me siento frente a él. Empezamos a comer en un silencio sepulcral. Yo mastico sin ganas, con la mirada baja, ignorando sus intentos de buscar mi contacto visual. Siento su mirada pesada sobre mí, analizando cada uno de mis gestos bajo la luz tenue de mi flexo.
Killian suspira y decide cambiar de táctica. Coge un poco de guacamole con un nacho y, en lugar de comérselo, lo acerca a mi cara.
—Abre —dice con una media sonrisa.
Niego con la cabeza, apretando los labios. Entonces, él empieza a juguetear. Pasa el nacho cerca de mi nariz, luego roza mi labio inferior, obligándome a retroceder en mi propia silla.
—No seas testaruda. Si no comes, te vas a desmayar y entonces sí que tendré que dar explicaciones a tu madre de por qué su hija no tiene fuerzas.
—No tengo hambre —miento, aunque el olor de la comida es delicioso.
Él no se rinde. Empieza a hacerme muecas ridículas e imita con sarcasmo la voz de Jazmín de forma exagerada para que vea lo absurdo que le parece a él. Es tan extraño ver al imponente Killian Vane haciendo tonterías en mi escritorio solo para sacarme del enfado que, finalmente, mi resistencia se quiebra. Suelto una pequeña risa ahogada y sonrío a mi pesar.
—Ahí está —dice él, dejando la comida y tomando mi mano por encima del escritorio—. Por fin.
Su expresión se vuelve seria de repente. Me aprieta los dedos con firmeza, obligándome a prestar atención mientras la luz de la luna entra por la ventana de mi cuarto.
—Escúchame bien, Vesper. No me importa lo que Jazmín diga o deje de decir por teléfono. Lo que pasó anoche y lo que ha pasado hoy... no ha sido un juego para mí. No voy a estar con nadie más. Ni con ella, ni con nadie que no seas tú mientras esto dure.
Lo miro a los ojos, buscando cualquier rastro de mentira, pero solo encuentro esa intensidad abrasadora que me hace confiar en él. Es una promesa peligrosa, una que nos ata todavía más a este secreto.
—¿Lo dices en serio? —susurro.
—Totalmente. Eres la única que me vuelve loco, pequeña rebelde. Así que deja de rallarte por Jazmín.
Asiento lentamente, dejando que la tensión abandone mis hombros. Por ahora, decido creerle. Me acerco a él y acepto el nacho que me ofrece, sellando nuestra tregua en la intimidad de mi habitación, con la certeza de que, aunque afuera todo sea una mentira, lo que siento aquí dentro es real.
Terminamos de comer sobre mi escritorio, pero el ambiente ha pasado de la tensión a una calma extraña, casi melancólica. Killian se apoya en el respaldo de la silla, mirando hacia la ventana, perdido en algún punto del jardín sumido en sombras. Hay algo en su mirada que nunca había visto: una grieta en su armadura de acero.
La curiosidad me quema. Sé mucho sobre los Vane, pero hay un vacío legal y emocional en su historia que nadie se atreve a tocar.
—Killian... —murmuro, rompiendo el silencio—. Nunca hablas de ella. De tu madre.
Él se tensa. Sus nudillos se vuelven blancos al apretar el borde de la mesa, pero no se levanta ni se va. Exhala un suspiro largo, como si estuviera soltando un peso que lleva años aplastándole los pulmones.
—Mi madre no era como la tuya —dice con una voz fría, carente de emoción—. Era frágil. Demasiado para un hombre como mi padre. Roman no la quería, Vesper; la poseía. La trataba como a un trofeo que debía estar siempre brillante y en su sitio. No la hizo feliz. La marchitó hasta que no quedó nada de ella.
Se gira hacia mí, y por primera vez veo un dolor crudo en sus ojos.
—Una noche, simplemente no pudo más. Se suicidó —suelta la palabra como si fuera una condena—. Se lanzó al Lago Tahoe. Es inmenso, profundo y sus aguas son tan gélidas que el cuerpo nunca salió a flote. Nunca la hallaron.
Me quedo sin aliento. El Lago Tahoe está a poca distancia de nuestra propiedad, un espejo de agua cristalina rodeado de montañas que siempre me había parecido hermoso. Ahora, al imaginar sus profundidades oscuras, siento un escalofrío que me recorre la columna.
—Lo siento mucho, Killian... No tenía ni idea —susurro, acercando mi mano a la suya.
—No la busques en los periódicos de la época, Roman se encargó de enterrar la noticia con su dinero. Para el mundo, ella "se marchó". Pero yo sé la verdad —aprieta los dientes—. Por eso odio las cadenas. Por eso odio que mi padre intente controlar cada uno de mis movimientos. No voy a dejar que me haga lo que le hizo a ella.
El silencio que sigue es sepulcral. Entiendo ahora por qué Killian es tan destructivo, por qué vive como si no hubiera un mañana y por qué se aferra al control con tanta ferocidad. Ambos estamos atrapados en la red de Roman, cada uno a nuestra manera.
Le tomo la mano con fuerza, entrelazando nuestros dedos sobre la mesa. No hay palabras para consolar un vacío así, pero en este momento, en la penumbra de mi habitación, me doy cuenta de que nuestras cicatrices encajan mucho mejor de lo que pensaba.
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Editado: 17.05.2026