Vesper
El silencio que sigue a nuestro estallido es lo más parecido a la paz que he sentido en años. Me quedo apoyada contra el escritorio, con los pulmones ardiendo y la piel todavía vibrando por el rastro de Killian. Él me sostiene desde atrás, con su rostro escondido en el hueco de mi cuello, respirando con fuerza. Por un momento, el mundo exterior no existe.
Pero entonces, el móvil de Killian vibra sobre la madera. Es un mensaje corto. Siento cómo sus músculos se tensan de inmediato bajo mi tacto.
—Se acabó el tiempo —murmura contra mi piel. Su voz suena cargada de una frustración que comparto—. Es mi padre. Acaban de salir de la gala. En diez minutos estarán aquí.
—No... todavía no —susurro, girándome entre sus brazos para rodearle el cuello. Me aferro a él, ignorando que apenas puedo mantenerme en pie—. Quédate un poco más.
Killian me mira con una mezcla de deseo y urgencia. Sabe que el riesgo es demasiado alto, incluso estando en el mismo ala de la mansión. Aquí, nuestras habitaciones están pared con pared, pero ese pequeño muro es la diferencia entre el paraíso y el desastre.
—No puedo, pequeña rebelde. Si Roman llega y decide pasarse por mi cuarto o el tuyo antes de dormir, todo saltará por los aires. Tengo que irme a mi habitación, la tengo justo al lado pero parece que estuviera a kilómetros ahora mismo.
—Odio esto —digo, hundiendo la cara en su pecho.
Me resisto a soltarlo. Lo lleno de besos rápidos por toda la mandíbula y el cuello, aferrándome a sus hombros en un abrazo desesperado. Él se rinde a mi afecto por unos segundos, devolviéndome los besos con la misma intensidad, sellando una promesa silenciosa antes de separarse con esfuerzo.
—Duerme —me ordena con voz ronca—. Estaré al otro lado de la pared.
Se viste con movimientos ágiles y sale de mi cuarto con sigilo. Apenas escucho el clic de su puerta al cerrarse, la de la habitación de al lado, indicando que ya está en su territorio seguro.
Me quedo sola en la penumbra. Me dejo caer en la cama, todavía deshecha, y me hundo entre las almohadas que huelen a él. Escucho a lo lejos el sonido de los coches entrando por la gravilla; la farsa ha vuelto a casa, pero ya es tarde para ellos. Mientras cierro los ojos, una sonrisa de pura felicidad se dibuja en mis labios. Me acurruco bajo la sábana, sintiéndome plena, sabiendo que Killian está a solo unos metros de distancia, velando mis sueños desde la habitación contigua.
Killian
Cierro la puerta de mi habitación con un clic casi imperceptible, justo cuando el eco de las voces de mi padre y Samanta empieza a subir por la gran escalera de mármol. Me quedo quieto, apoyado contra la madera, escuchando cómo se despiden en el pasillo principal y se retiran a su ala.
Debería estar satisfecho. He tenido lo que quería, he marcado mi territorio y he saciado el hambre que me consumía desde que la vi esta tarde. Pero mientras me quito la camiseta y la tiro a cualquier rincón, me doy cuenta de que el silencio de mi cuarto me resulta insoportable. Las paredes parecen más frías, la cama demasiado grande y el aire carece de ese olor a jazmín y rebelión que inunda la habitación de al lado.
Miro la pared que nos separa. Sé que ella está ahí, a menos de un metro, probablemente sonriendo mientras intenta conciliar el sueño.
Pasan las horas. El reloj digital marca las tres de la mañana y yo sigo con los ojos clavados en el techo, los nervios de punta. No puedo quitármela de la cabeza. No puedo olvidar la forma en que se aferraba a mí mientras hablaba con su madre, ni la vulnerabilidad con la que me besaba antes de dejarme marchar.
Me rindo.
Salgo al pasillo en silencio, descalzo, moviéndome como una sombra. No hay nadie, solo el zumbido del sistema de climatización. Llego a su puerta, giro el pomo con una lentitud milimétrica y entro.
Vesper se remueve entre las sábanas cuando nota el peso de mi cuerpo en el colchón. Sus ojos se abren, confundidos por el sueño, pero se iluminan en cuanto me reconoce en la penumbra.
—¿Killian? —susurra, con la voz rota—. ¿Pasa algo?
—No puedo dormir —confieso, y la verdad me escuece en la garganta.
No es por el café, ni por los negocios de Roman. Es porque mi lugar ya no es mi propia cama. Ella no dice nada, simplemente se hace a un lado y levanta el edredón, invitándome a entrar en su refugio.
Me deslizo a su lado y la atraigo hacia mi pecho. No hay lujuria en este movimiento, solo una necesidad básica de cercanía. Vesper apoya la mejilla sobre mi corazón y entrelaza sus piernas con las mías. Es la primera vez que nos permitimos esto: ser simplemente dos personas que se necesitan para acallar los fantasmas.
—Mañana te vas a arrepentir de haberme dejado entrar —le susurro al oído, aspirando su aroma una vez más.
—Mañana volveremos a ser los que el mundo quiere que seamos —responde ella, cerrando los ojos—. Pero ahora mismo... ahora mismo solo somos nosotros.
Me quedo escuchando el ritmo de su respiración hasta que se acompasa con la mía. La vulnerabilidad de este momento me aterra más que cualquier amenaza de mi padre, porque me doy cuenta de que, por primera vez en mi vida, tengo algo que realmente temo perder.
Me quedo en vela un rato más, protegiéndola en la oscuridad, sabiendo que antes de que salga el sol y los criados empiecen a moverse por el ala, tendré que volver a mi celda de cristal al otro lado de la pared. Pero por unas horas, el Lago Tahoe puede estar todo lo helado que quiera; aquí dentro, el frío ya no me alcanza.
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Editado: 17.05.2026