Vesper
Ha pasado un mes desde aquella noche en la que Killian cruzó el muro invisible de mi habitación solo para dormir a mi lado. Un mes de encuentros clandestinos, de roces eléctricos en los pasillos y de una intimidad que crece como una hiedra por las grietas de esta mansión. Hemos aprendido a leer nuestros silencios y a ocultar nuestras verdades bajo una capa de indiferencia educada frente a los demás.
Pero hoy, el aire en el comedor se siente distinto.
Roman preside la mesa con su habitual rigidez, cortando la fruta con una precisión quirúrgica. Mi madre, a su lado, parece más relajada que de costumbre, ajena a la corriente de tensión que siempre fluye entre Killian y yo.
—He tomado una decisión —anuncia Roman, dejando los cubiertos a un lado. Su voz resuena en las paredes de mármol con una autoridad que no admite réplica—. Han pasado ya varios meses desde que Samanta y Vesper os mudasteis aquí. Es hora de dejar de actuar como si estuviéramos escondidos.
Levanto la vista del café, sintiendo un nudo inmediato en el estómago. Killian, sentado frente a mí, ni siquiera parpadea, pero noto cómo sus hombros se tensan apenas un milímetro.
—Voy a dar una gran fiesta en esta casa —continúa Roman, recorriéndonos con la mirada—. Es el momento de presentarnos oficialmente en sociedad como una familia. Los Vane no somos una nota al pie de página; somos el título del libro. Quiero que el mundo vea que esta unión es sólida.
—Me parece una idea maravillosa, Roman —dice mi madre, poniéndole una mano en el brazo—. Ya echaba de menos un poco de vida social.
—No será solo una reunión de vecinos —matiza él, con una sonrisa fría—. He invitado a lo más selecto de la costa oeste. Gobernadores, empresarios... y viejos amigos.
Roman empieza a recitar una lista de apellidos que suenan a dinero antiguo y poder absoluto. Escucho con desgana hasta que un nombre me golpea como una bofetada: los Miller.
Los padres de Jazmín.
Un escalofrío me recorre la columna. Sé perfectamente quiénes son y lo que su presencia significa. Roman no da puntadas sin hilo; invitar a los Miller es invitar a la mujer que él ha elegido para Killian, es poner sobre la mesa el compromiso que todos esperan y que yo trato de ignorar cada vez que estoy a solas con él.
Clavo la vista en mi plato, apretando la servilleta bajo la mesa hasta que me duelen los nudillos. Me muero por gritar, por decir que esa fiesta es una farsa y que no quiero a Jazmín ni a su familia cerca de nuestra casa, pero no puedo decir nada. Soy la "hija" obediente, la pieza del ajedrez que tiene que sonreír y quedar en segundo plano.
Miro de reojo a Killian. Él sigue con la vista fija en su plato, pero la oscuridad en sus ojos me dice que ha pensado exactamente lo mismo que yo. La burbuja en la que hemos vivido este último mes acaba de estallar frente a una lista de invitados que nos recuerda que, para su padre, no somos más que una transacción.
Roman se levanta de la mesa con esa energía dominante que parece succionar el oxígeno de la habitación. Hace una seña a Killian, una orden silenciosa que no admite discusión.
—Killian, sube a cambiarte. Tenemos que revisar los negocios de la zona norte y pasar por la constructora. Hoy será un día largo —sentencia mi padrastro antes de desaparecer por el pasillo.
Killian se levanta sin mirarme, aunque noto la tensión en la línea de sus hombros. Me quedo a solas con mi madre, que ya está planeando mentalmente la decoración de la fiesta, pero no puedo soportar ni un minuto más de esa falsa felicidad familiar. Subo a mi cuarto a zancadas, cierro la puerta y me dejo caer contra ella.
La idea de Jazmín paseándose por este ala de la mansión, bajo la bendición de Roman, me revuelve el estómago.
Recuerdo que es el día libre de Lina. Necesito salir de aquí, respirar aire que no esté contaminado por el apellido Vane. Me arreglo rápidamente, me pongo algo informal y salgo de la casa aprovechando que Roman y Killian ya se han marchado.
Mientras conduzco hacia el pequeño apartamento de Lina, la rabia acumulada en el desayuno empieza a desbordarse. El volante se siente frío bajo mis manos, pero mi sangre hierve. No puedo aguantarme más. Saco el móvil en un semáforo y le escribo a Killian.
Vesper: ¿En serio vas a permitirlo? Sabes perfectamente por qué Roman ha invitado a los Miller. Va a restregarnos a Jazmín por la cara. Es una humillación.
Lanzo el teléfono al asiento del copiloto, esperando que no conteste, pero vibra apenas un minuto después.
Killian: Vesper, no empieces. Es una fiesta de negocios. Mi padre toma las decisiones y yo no puedo hacer nada para cambiar la lista de invitados sin levantar sospechas. No tengo elección.
Freno en seco frente al edificio de Lina. Sus palabras me queman. ¿No tiene elección? ¿El hombre que me posee con tanta fuerza en la oscuridad se vuelve un niño asustado en cuanto su padre alza la voz? Mis dedos vuelan sobre la pantalla, cargados de veneno.
Vesper: Siempre tienes elección, Killian. Pero es más fácil agachar la cabeza y jugar a ser el heredero perfecto que luchar por lo que supuestamente sientes cuando estamos a solas. Eres un cobarde.
Bloqueo el teléfono antes de que pueda responder. Bajo del coche y cierro la puerta con un golpe seco, dejando que el eco resuene en la calle vacía. Me duele haberlo dicho, pero me duele más sentir que, cuando la luz del día nos golpea, sigo siendo el secreto del que él no se atreve a presumir.
Killian
El motor del coche ruge mientras conducimos hacia la zona norte, pero el ruido en mi cabeza es mucho más fuerte. Mi padre va en el asiento trasero, concentrado en unos planos, ajeno a la tormenta que se desata a su lado. Cuando mi móvil vibra, espero cualquier cosa menos el dardo envenenado que aparece en la pantalla.
Vesper: Siempre tienes elección, Killian. Pero es más fácil agachar la cabeza y jugar a ser el heredero perfecto que luchar por lo que supuestamente sientes cuando estamos a solas. Eres un cobarde.
La palabra "cobarde" brilla en la pantalla como si estuviera escrita con fuego. Siento una punzada de furia tan ciega que mis dedos se cierran sobre el teléfono con una fuerza que amenaza con astillar el cristal. ¿Cobarde? Yo, que me arriesgo cada noche cruzando ese pasillo. Yo, que estoy moviendo piezas en la sombra para que Roman no la destruya a ella ni a su madre.
—¿Problemas con el cargamento de la constructora? —la voz de Kai me saca de mis pensamientos.
Él está sentado en el asiento del copiloto, observándome por el retrovisor con esa mirada analítica que suele reservar para los negocios turbios. Sabe leer mis estados de ánimo mejor que nadie.
—No es la constructora —respondo entre dientes, guardando el móvil con brusquedad.
Aprovecho un momento en el que mi padre baja del coche para entrar en una de las oficinas de la obra y me quedo a solas con Kai cerca de los andamios. El aire huele a cemento y a pino, pero yo solo puedo oler el perfume de Vesper y el rastro de su desprecio.
—Es Vesper —suelto finalmente, incapaz de contenerme—. Se ha puesto como una fiera por la fiesta. Roman ha invitado a los Miller.
Kai silba por lo bajo, apoyándose contra una viga.
—Vaya... los Miller. Eso significa a Jazmín pavoneándose por la mansión con un anillo de compromiso imaginario en el dedo. Entiendo por qué está furiosa, hermano.
—Me ha llamado cobarde, Kai. Me dice que agacho la cabeza ante mi padre —golpeo el metal de la estructura con el puño, dejando salir parte de la rabia—. Ella no entiende lo que estoy haciendo. No entiende que si doy un paso en falso, si le digo a Roman que no quiero a Jazmín cerca, él empezará a hacer preguntas. Y si sospecha de nosotros... la mandará de vuelta a la miseria de donde vino antes de que pueda pestañear.
—Las mujeres como Vesper no quieren protección silenciosa, Killian. Quieren que quemes el mundo por ellas —Kai me mira con una seriedad inusual—. Pero tú y yo sabemos que en esta familia, si quemas el mundo, te quemas con él.
—No soy un cobarde —gruño, mirando hacia la oficina donde mi padre dicta órdenes—. Pero estoy jugando una partida donde ella es el premio y mi padre tiene todas las cartas. Si tengo que ser el "heredero perfecto" un poco más para mantenerla a salvo, lo haré. Aunque ella me odie por ello.
Kai asiente, pero no dice nada más. Sabe que las palabras de Vesper han calado hondo, porque la mayor parte de mi furia no es contra ella... es contra la verdad que encierran sus palabras.
Kai se queda en silencio un momento, asimilando mis palabras sobre Vesper. Para cambiar de tema y rebajar la tensión que me hace vibrar los músculos, le lanzo una mirada de soslayo.
—¿Y tú qué? —le pregunto, tratando de suavizar el tono—. ¿Te sigues viendo con Lina?
Kai esboza una sonrisa que rara vez muestra, una que no tiene nada que ver con el cinismo habitual de los negocios de mi padre.
—Sí, hermano. Me sigo viendo con ella —confiesa, y hay una chispa de honestidad en sus ojos que me sorprende—. Nunca me había sentido así con nadie, la verdad. Esa chica me ha calado hondo. No es como las demás; no le importa el apellido, ni el dinero, ni la mierda en la que estamos metidos.
Suelto un suspiro, sintiendo un peso compartido.
—Te entiendo —le digo con sinceridad—. Créeme que te entiendo mejor de lo que imaginas.
Ambos soltamos una carcajada seca, una risa cargada de ironía. Quién nos iba a decir a nosotros, los perros de presa de Roman Vane, que terminaríamos perdiendo la cabeza por dos chicas humildes.
A mediodía, Roman decide que es el momento de dejarse ver. Vamos a uno de los restaurantes más exclusivos del centro, un lugar donde el cristal y el cuero blanco dictan el estatus de los comensales. Nada más cruzar el umbral, el destino decide jugarme una mala pasada.
—¡Killian! ¡Qué sorpresa tan maravillosa!
Esa voz aguda y perfectamente modulada me hace apretar los dientes. Jazmín está sentada en una mesa cercana con un grupo de amigas, todas vestidas como si acabaran de salir de una sesión de fotos para una revista de alta sociedad. Se levanta de inmediato y se acerca a nosotros, ignorando casi por completo a mi padre para centrar toda su atención en mí.
—He oído lo de la fiesta —dice, posando una mano posesiva sobre mi antebrazo—. Mis padres están encantados. Ya le he echado el ojo a un vestido de alta costura que te va a dejar sin respiración.
Se pone insoportable, hablando sin parar sobre los detalles del evento, sobre quién irá y qué joyas piensa lucir. Noto la mirada de Roman sobre nosotros, evaluándome, esperando que actúe como el prometido perfecto que él desea.
Jazmín se pega a mi costado, rozando su hombro con el mío mientras me lanza miradas sugerentes frente a sus amigas. Por dentro, solo puedo pensar en el mensaje de Vesper llamándome cobarde. Cada caricia de Jazmín me produce un rechazo visceral, pero no puedo apartarla bruscamente. Tengo que mantener la fachada. No quiero que Jazmín note nada raro, ni mucho menos que mi padre sospeche que mi mente —y mi cuerpo— están en otro lugar muy distinto.
—Será una noche inolvidable, Jazmín —respondo con una sonrisa ensayada, aunque mis ojos permanecen fríos como el hielo.
Ella ríe, encantada con mi respuesta, sin saber que cada palabra que le dedico es una traición a lo que realmente siento.
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Editado: 17.05.2026