Vesper
El comedor de la mansión se siente hoy más claustrofóbico que nunca. El tintineo de la cubertería de plata contra la porcelana es el único sonido que llena el espacio, hasta que Roman decide que es el momento de romper el silencio con un comentario que cae como ácido sobre mis heridas abiertas.
—No te imaginas a quiénes nos hemos encontrado hoy en el almuerzo, Samanta —dice Roman, dirigiendo una mirada de complicidad a mi madre mientras corta su filete—. Jazmín estaba allí con unas amigas.
Siento cómo el aire se detiene en mis pulmones. Mantengo la vista fija en mi copa de agua, pero mis oídos están alerta, registrando cada inflexión de su voz.
—¡Oh, qué coincidencia! —responde mi madre con entusiasmo—. ¿Y cómo estaba?
—Radiante, como siempre. Se ha acercado a saludar a Killian de inmediato —Roman esboza una de esas sonrisas raras que solo aparecen cuando siente que sus planes avanzan a la perfección—. Estuvieron charlando un buen rato. Realmente, Sam, hacen una pareja magnífica. Tienen esa presencia que solo poseen los que están destinados a mandar.
En ese preciso instante, justo cuando me llevaba la copa a los labios, sus palabras me golpean con la fuerza de un impacto físico. El agua se desvía por el camino equivocado y empiezo a toser violentamente, sintiendo que me ahogo, no solo por el líquido, sino por la bilis que me sube por la garganta.
—¡Vesper! ¿Estás bien? —exclama mi madre, dejando la servilleta sobre la mesa con preocupación.
Killian está sentado frente a mí. No se mueve, no me ayuda, ni siquiera levanta la vista, pero noto sus nudillos blancos por la fuerza con la que aprieta el tenedor. Su silencio me duele más que el comentario de Roman. Su cobardía, esa de la que lo acusé por mensaje, se confirma en su falta de reacción.
—Yo... lo siento —logro decir entre toses, recuperando el aliento a duras penas. Me pongo en pie de un salto, empujando la silla con más brusquedad de la necesaria—. Me ha sentado mal el agua.
—Cariño, estás pálida —insiste Samanta, haciendo amago de levantarse.
—No es nada, mamá. De verdad. Es solo que... no me encuentro bien —digo, tratando de que mi voz no tiemble de rabia—. El dolor de cabeza ha vuelto. Prefiero subir a descansar y no estropearos la cena.
—Claro, ve —concede Roman con esa frialdad despectiva que reserva para lo que considera "debilidades" femeninas—. Mañana será un día ocupado organizando la fiesta.
No espero a que nadie diga nada más. Salgo del comedor casi corriendo, subiendo las escaleras de dos en dos. Solo cuando cierro la puerta de mi habitación y me apoyo contra ella, me permito soltar el aire que tenía retenido. Me tiemblan las manos. La imagen de Killian sonriéndole a Jazmín en un restaurante mientras yo lo esperaba en casa me quema las entrañas.
Me tumbo en la cama, en la oscuridad, esperando que el silencio calme la tormenta de mi pecho, pero sé que esta noche la pared que nos separa volverá a ser un muro infranqueable.
El eco de mis propios sollozos ahogados es lo único que llena la habitación hasta que escucho el sonido que esperaba y temía a la vez. No es un toque suave; es el giro brusco del pomo y el golpe de la puerta cerrándose tras la figura de Killian.
Me pongo en pie de un salto, limpiándome las lágrimas con rabia. Él está ahí, de pie bajo la luz tenue, con la mandíbula tan apretada que parece a punto de romperse.
—¿Qué diablos ha sido eso en la cena? —sisea él, acercándose como un depredador—. Roman no es estúpido, Vesper. Casi nos delatas con ese numerito.
—¿Mi numerito? —repito, soltando una carcajada carente de humor—. ¡Tu padre estaba celebrando tu futuro matrimonio frente a mi cara! Me dijiste que no podías hacer nada, pero no me dijiste que le seguías el juego con esa sonrisita de heredero perfecto en el restaurante.
—¡Es una fachada! —estalla él, acortando la distancia hasta que puedo sentir el calor que emana de su cuerpo—. ¿Qué quieres que haga? ¿Que me levante y le diga a Roman Vane que no me casaré con Jazmín porque estoy enamorado de mi hermanastra? ¿Quieres que nos maten a los dos esta misma noche?
—¡Quiero que dejes de ser un hipócrita! —le grito, empujándolo por el pecho. Él ni siquiera se inmuta—. Me usas por las noches para sentirte vivo y por el día dejas que ellos decidan tu vida. Me llamaste "pequeña rebelde", pero la única rebelde aquí soy yo. Tú eres solo un peón más en su tablero.
Killian me agarra de las muñecas, sus ojos arden con una furia oscura.
—No tienes ni idea de lo que estoy arriesgando por ti.
—Ya no estás arriesgando nada, Killian. Porque esto se acaba aquí —le digo, clavando mi mirada en la suya con una frialdad que no sabía que poseía—. No voy a ser la amante secreta que espera en las sombras mientras tú te luces con Jazmín en las galas. Se terminó. Sal de mi cuarto.
Él me suelta como si mi piel quemara. El silencio que sigue es pesado, asfixiante. Killian me observa durante unos segundos que parecen eternos; busca en mis ojos una duda, un rastro de arrepentimiento, pero no le doy nada.
—Bien —suelta con una voz que suena como el cristal rompiéndose.
Se gira y sale de la habitación como alma que lleva el diablo, cerrando la puerta con un estruendo que hace vibrar los cuadros de las paredes. Escucho sus pasos pesados alejarse por el pasillo, marcando una distancia que, esta vez, se siente definitiva. Me desplomo sobre la cama, sintiendo que el corazón se me escapa del pecho, consciente de que acabo de romper lo único que me hacía soportable este infierno.
Killian
Bajo las escaleras con la sangre rugiendo en mis oídos y la palabra "se terminó" grabada a fuego en mi cráneo. Salgo al jardín, ignorando el frío de la noche de Tahoe, y me subo a mi coche sin rumbo fijo. Solo necesito distancia antes de que me dé por romper algo o por volver a su habitación a suplicar, algo que mi orgullo no me permitiría jamás.
Saco el móvil y marco el número de la única persona que no me juzgará por estar al borde de un abismo.
—¿Killian? —la voz de Kai suena baja, amortiguada—. Son casi las once, hermano. Estoy con Lina...
—La he perdido, Kai —suelto sin preámbulos. Mi voz suena rota, incluso para mis propios oídos—. Se acabó. Vesper me ha echado de su vida.
Hay un silencio al otro lado de la línea. Escucho un susurro de Lina preguntando qué pasa y luego el sonido de unos pasos rápidos sobre madera.
—Dime dónde estás —ordena Kai, ahora con voz clara y alerta—. Voy para allá. No me gusta cómo suenas.
—No hace falta que dejes a...
—Cállate y mándame la ubicación. Llego en diez minutos.
Media hora después, estamos sentados en el capó de mi coche, frente a la orilla oscura del lago. Kai me escucha en silencio mientras le suelto todo: la cena, el comentario de mi padre, la humillación de Vesper y el veneno que nos lanzamos en su cuarto. La rabia me consume, pero detrás de ella hay un vacío que me asusta.
—Me llamó peón, Kai. Me dijo que soy un cobarde por no enfrentarme a mi padre —digo, mirando las aguas negras—. Y lo peor es que tiene razón.
Kai suspira y me ofrece un cigarrillo, que acepto con manos temblorosas.
—Escúchame bien, Killian —me dice, mirándome a los ojos con una seriedad que pocas veces le veo—. Esto no se va a arreglar escondiéndote en las sombras. Vesper no es como las chicas con las que solíamos salir; ella necesita saber que apuestas por ella.
—¿Y qué quieres que haga? ¿Que firme mi sentencia de muerte?
—Tienes que hablar con Roman —sentencia Kai con firmeza—. No mañana, ni en la fiesta. Tienes que decirle, con la cabeza fría y argumentos de negocios si hace falta, que no te interesa Jazmín. Que ese matrimonio no te aporta nada. Si sigues dejando que él planee tu boda en voz alta, vas a perder a Vesper para siempre.
—Si le digo eso, empezará a investigar por qué el heredero perfecto de repente tiene opinión propia —respondo, aunque una parte de mí sabe que Kai tiene razón.
—Pues busca una excusa, pero deja de ser el hijo obediente por un segundo —Kai me pone una mano en el hombro—. Porque si no lo haces, la próxima vez que Vesper te cierre la puerta, no habrá vuelta atrás.
Me quedo mirando el horizonte, sintiendo el peso de sus palabras. La idea de enfrentarme a la voluntad de mi padre es como saltar al vacío, pero la idea de vivir en un mundo donde Vesper me mire con desprecio es, sencillamente, insoportable.
Regreso a la mansión con las palabras de Kai martilleando en mis sienes. El frío del lago no ha logrado apagar el incendio que llevo dentro, pero al menos me ha dado la claridad necesaria para saber que no puedo seguir fingiendo. Aparco el coche y entro en la casa en silencio, esperando encontrar solo sombras, pero una luz tenue proviene de la cocina.
Allí, de pie frente a la encimera y vestido aún con su pantalón de traje pero sin la chaqueta, está mi padre. Se está sirviendo un vaso de agua, con un aspecto inusualmente cansado.
—¿A estas horas, Killian? —pregunta sin girarse.
Es el momento. El aire se siente denso, pero doy un paso al frente.
—Padre, tenemos que hablar —suelto con una firmeza que me sorprende—. Sobre la fiesta. Sobre Jazmín.
Roman deja el vaso con cuidado y se apoya en la isla de la cocina, clavando sus ojos grises en los míos. Me preparo para el impacto, para la discusión sobre el legado y la conveniencia, pero lo que sigue me deja descolocado.
—No quiero casarme con ella —digo, soltando la bomba de golpe—. No me interesa Jazmín Miller, ni su familia, ni lo que ese apellido pueda aportar a los Vane. Si la fiesta es para anunciar algo parecido a un compromiso, dalo por cancelado.
Espero el estallido, el grito o la amenaza. Sin embargo, mi padre suelta un largo suspiro y, para mi asombro, una pequeña sonrisa se dibuja en su rostro.
—Ya era hora de que lo dijeras —murmura.
—¿Qué? —me quedo helado, parpadeando con incredulidad.
—Killian, siempre he querido que encuentres a alguien con quien ser feliz. Te he presionado con los Miller porque, por la forma en que la tratabas y permitías que se te acercara, pensaba que estabas enamorado de ella. Pero si no es Jazmín, perfecto. A decir verdad... a mí tampoco me gustaba para la familia. Es una mujer superficial y su padre es un tiburón de segunda categoría.
Me quedo sin palabras. El monstruo que yo había construido en mi cabeza, el dictador que me obligaría a elegir entre el amor y el deber, se desvanece frente a un hombre que simplemente parece aliviado.
—¿Me estás diciendo que no te importa? —pregunto con voz ronca.
—Me importa tu felicidad, hijo —dice Roman, acercándose a mí. Me pone una mano pesada en el hombro, un gesto de afecto que no recordaba haber recibido en años—. Te quiero, Killian. Sé que a veces soy duro, pero todo lo que he construido es para ti. Si esa chica no te llena, búscala donde sea. No necesitamos a los Miller para ser poderosos.
Ambos soltamos una carcajada seca y breve, rompiendo años de tensión acumulada. Me río por lo absurdo de la situación, por el miedo que me ha tenido paralizado mientras él esperaba una señal de humanidad por mi parte.
—Mañana mismo le diré a Miller que la fiesta es solo una presentación familiar y nada más —concluye mi padre, dándome un pequeño apretón antes de retirarse.
Me quedo solo en la cocina, con el eco de sus palabras flotando en el aire. Me siento extrañamente bien junto a él, como si me hubiera quitado una armadura de plomo que ni siquiera sabía que llevaba puesta. Por primera vez en mucho tiempo, el camino hacia la habitación de Vesper no me parece un campo de minas, sino un sendero que finalmente tengo derecho a recorrer.
Subo las escaleras de nuestra ala con una sensación de ligereza que nunca antes había experimentado. El peso muerto que cargaba en el pecho se ha evaporado, dejando en su lugar una determinación serena. Paso por delante de mi propia puerta sin siquiera disminuir la velocidad; mi destino hoy no es mi propia cama.
Me detengo frente a la habitación de Vesper. No hay rastro del "cobarde" que se marchó hace unas horas. Giro el pomo con suavidad, esperando que no haya echado el cierre, y la puerta cede.
La penumbra de su cuarto está cargada del aroma a jazmín que tanto me trastoca. Vesper está hecha un ovillo bajo las sábanas, dándome la espalda. Al escuchar el leve clic de la puerta y el crujido de mis pasos sobre la alfombra, se remueve.
Me acerco al borde del colchón y me siento con cuidado. Ella abre los ojos, adormilada, y me mira con una mezcla de confusión y cautela. Sus pestañas aún están algo húmedas por el llanto, y el corazón se me encoge al verlo. Pero antes de que pueda decir una palabra, antes de que el orgullo nos vuelva a separar, ella hace algo que me deja sin aliento.
Con un movimiento instintivo y lento, se echa a un lado en la cama, levantando el edredón para dejarme un hueco. No hay reproches, no hay gritos; solo la aceptación pura de quien sabe que pertenecemos al mismo lugar.
Me quito los zapatos y me deslizo bajo las sábanas, atrayéndola hacia mí de inmediato. Vesper se acurruca contra mi pecho, escondiendo su rostro en mi cuello, y suelta un suspiro largo que parece liberar toda la tensión acumulada del mes. La rodeo con mis brazos, protegiéndola, y cierro los ojos disfrutando de su calor.
—He hablado con él —le susurro al oído, mientras acaricio su espalda—. Con mi padre.
Ella se tensa un segundo, pero no se separa.
—¿Y qué ha pasado? —pregunta con la voz pastosa por el sueño.
—No es lo que pensábamos, Vesper. Me ha dicho que me quiere, que solo quiere que sea feliz. No me va a obligar a estar con Jazmín. Me ha dicho que si ella no me llena, que la busque donde sea.
Siento cómo ella respira hondo, relajándose por completo sobre mí. Sus dedos se entrelazan con los míos sobre su vientre. Ya no hay necesidad de pelear, al menos no esta noche. El silencio de la habitación ya no es tenso, es un refugio. Mientras el sueño empieza a vencernos a los dos, me doy cuenta de que las paredes de esta mansión ya no me resultan tan frías.
Estando así, entrelazados en la oscuridad, por fin me siento en casa junto a ella. Sin mentiras, sin el fantasma de los Miller, solo nosotros dos en el silencio de la noche.
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Editado: 17.05.2026