Lo que la sangre no perdona

17 Territorios marcados

Vesper

La mansión es un hervidero de actividad. Faltan apenas unas horas para la gran gala y el aire huele a cera para muebles, flores frescas y una tensión eléctrica que me mantiene en alerta constante. A pesar de que Killian y yo estamos en una tregua silenciosa desde aquella noche, el ambiente sigue siendo frágil.
Estoy en el gran salón ayudando a mi madre con la disposición de las tarjetas de mesa cuando la puerta principal se abre con una familiaridad irritante. Jazmín entra como si fuera la dueña del lugar, seguida de cerca por su madre, una mujer que destila una arrogancia que me revuelve el estómago.
—¡Samanta! —exclama la madre de Jazmín con una sonrisa de plástico—. Hemos pensado que, con tanto jaleo, podríais necesitar un poco de ayuda con los últimos detalles. Al fin y al cabo, para eso están las amigas... y las futuras aliadas.
Mi madre deja el fajo de tarjetas sobre la mesa con una lentitud peligrosa. He visto esa mirada en ella antes: es la calma que precede a la tempestad. Samanta nunca ha soportado a los Miller, y hoy no tiene paciencia para diplomacias.
—Es un detalle, de verdad —responde mi madre, cruzándose de brazos—. Pero ya lo tenemos todo bajo control. En esta casa preferimos que la familia se encargue de todo. No es necesario que os molestéis.
Jazmín suelta una risita condescendiente, paseando la mirada por el salón como si estuviera tasando la propiedad.
—Oh, Samanta, no seas así —interviene la madre de Jazmín, dando un paso al frente con suficiencia—. No hace falta que marques tantas distancias. Todos sabemos que pronto seremos de la misma familia gracias a Killian y Jazmín. No tiene sentido actuar como extrañas a estas alturas.
Se me corta la respiración. Lanzo una mirada rápida hacia el rincón del salón. Killian está allí, de espaldas a nosotras, terminando de colocar unos enormes jarrones de cristal sobre un pedestal de mármol. Se queda rígido al escuchar las palabras de la mujer.
Lentamente, Killian se gira. Su rostro es una máscara de frialdad absoluta, esa que suele usar para cerrar negocios o destruir enemigos. No hay ni rastro del hombre vulnerable que se coló en mi cama hace unas noches.
—Se equivoca —suelta Killian. Su voz es baja, pero corta el aire como una cuchilla—. No habrá ningún "pronto".
La madre de Jazmín parpadea, desconcertada, mientras Jazmín pierde su sonrisa de golpe.
—Killian, querido, no digas tonterías... —empieza la mujer.
—No son tonterías —la interrumpe él, dando un paso hacia el centro del salón, acaparando toda la atención—. He hablado con mi padre y ambos estamos de acuerdo. Los Miller son invitados en esta gala, nada más. Ese enlace del que habla no va a pasar. Nunca.
El silencio que sigue es sepulcral. Siento una punzada de triunfo recorriéndome las venas mientras veo cómo el color desaparece del rostro de Jazmín. Ella me mira, buscando una debilidad, pero yo mantengo la barbilla alta, saboreando el momento. Killian ha cumplido su palabra. Ha marcado la línea en la arena frente a todo el mundo, y por primera vez, no se siente como un secreto, sino como una victoria.
El aire en el salón se vuelve tan denso que casi se puede cortar. La madre de Jazmín abre la boca para replicar, pero las palabras parecen habérsele quedado atascadas en la garganta ante la frialdad de Killian. Mi madre, aprovechando el golpe de gracia, da un paso al frente con una elegancia letal.
—Creo que ha quedado todo claro —dice Samanta, señalando la puerta con un gesto sutil—. Tenemos mucho trabajo por delante y preferimos centrarnos en la familia. Si me disculpáis.
Jazmín me lanza una mirada cargada de odio puro, una promesa de guerra silenciosa, antes de girar sobre sus talones y salir del salón seguida por su madre, cuyos tacones golpean el mármol con una furia rítmica.
La tensión se disipa un poco, pero mi corazón sigue latiendo con fuerza. Necesito aire. Aprovechando que mi madre se distrae con uno de los decoradores, me escapo hacia el jardín trasero. Camino rápido hasta llegar al invernadero de cristal, el refugio personal de mi madre donde cultiva las orquídeas y las flores más exóticas de la propiedad.
El calor húmedo y el aroma intenso a tierra mojada me envuelven en cuanto cierro la puerta de cristal tras de mí. Me apoyo contra una de las mesas de forja, tratando de calmar mis nervios, cuando el sonido de la puerta abriéndose de nuevo me hace dar un respingo.
Es Killian.
No dice nada. Se mueve con una urgencia que me deja sin aliento, acortando la distancia entre nosotros en dos zancadas. Antes de que pueda articular palabra, me agarra de la cintura y me estampa contra uno de los pilares de hierro del invernadero, besándome desesperadamente. Sus labios queman, tienen el sabor de la victoria y de una necesidad que ha estado contenida demasiado tiempo.
—Killian... —logro gemir entre sus besos, intentando recuperar el sentido común mientras sus manos recorren mi cuerpo con una posesividad febril.
—No aguantaba más —gruñe él contra mi cuello, su respiración agitada golpeándome la piel—. Verlas ahí, hablando de mi vida como si les perteneciera... solo podía pensar en ti.
Sus manos bajan hasta mis muslos, levantándome un poco para pegarme más a su cuerpo. Noto la dureza de su deseo y cómo su autocontrol se desmorona por segundos.
—Necesito estar dentro de ti, Vesper. Ahora —dice con una voz ronca, cargada de una urgencia que me hace vibrar.
Me muero por él, cada fibra de mi ser me grita que ceda, pero la realidad de las paredes de cristal me golpea de golpe. Miro por encima de su hombro; el servicio está moviéndose por el jardín, los jardineros están cerca y las ventanas de la mansión vigilan cada rincón.
—No... Killian, para —digo, apoyando las manos en sus hombros para frenarlo, aunque me duele hacerlo—. Me niego. Es una locura.
—Vesper...
—Cualquiera podría vernos —le susurro, recuperando un poco de aliento—. Estamos rodeados de cristal. Mi madre está a unos metros, tu padre podría salir en cualquier momento. No podemos arriesgarlo todo ahora que por fin tenemos una oportunidad.
Él apoya la frente contra la mía, cerrando los ojos con fuerza mientras intenta recuperar el control de su propia respiración. Sus manos tiemblan ligeramente sobre mis caderas. Sabe que tengo razón, pero el hambre que compartimos es una bestia difícil de domar.




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