Vesper
El motor del deportivo de Killian ruge con una potencia que parece eco de su mal humor. Se mantiene en silencio, con las manos apretadas al volante de cuero y la mandíbula tan rígida que temo que se le rompa un diente. Me aguanto la risa; verlo así, consumido por un ataque de celos por un simple intercambio de apuntes, es una faceta suya que me divierte y me aterra a partes iguales.
—Es aquí —le digo, señalando un bloque de apartamentos de ladrillo visto en una zona de estudiantes que, comparada con nuestra mansión, parece otro planeta.
Killian frena en seco, dejando el coche en doble fila. Sus ojos escanean el lugar con desprecio.
—¿Aquí vive el tal Leo? —pregunta, con un tono que sugiere que el edificio está a punto de derrumbarse.
—Es un estudiante, Killian. No todos vivimos en un palacio —le recrimino mientras bajo del coche.
Para mi sorpresa, él apaga el motor y baja también. No se queda en el asiento del conductor esperándome; rodea el capó y se sitúa justo detrás de mí, como una sombra imponente y letal. El contraste es ridículo: él con su ropa de marca y su aura de heredero peligroso, y el barrio lleno de bicicletas viejas y carteles de pizza a domicilio.
En ese momento, la puerta del bloque se abre y aparece Leo. Es un chico alto, con el pelo revuelto y gafas, cargando una carpeta llena de hojas. Al vernos, su sonrisa se congela.
—¿Vesper? Hola... —se detiene a unos pasos, clavando la vista en el gigante que tengo a mi espalda.
Killian no dice nada. Simplemente se cruza de brazos, marcando sus bíceps bajo la camisa, y le dedica a Leo una mirada tan fría que el pobre chico parece encogerse diez centímetros de golpe. Es una maniobra de marcado de territorio tan descarada que me dan ganas de que me trague la tierra.
—Hola, Leo. Siento las horas, es que esta noche tengo un evento familiar y...
—Toma —me interrumpe Leo, extendiendo la carpeta con la mano temblorosa, sin apartar la vista de Killian—. Aquí está todo. Los libros y las notas del profesor Clark.
—Gracias, yo...
—¿Ya tienes lo que querías? —la voz de Killian resuena, profunda y posesiva, cortando cualquier intento de charla amistosa.
—Sí, ya nos vamos —le respondo, lanzándole una mirada de advertencia que él ignora olímpicamente.
Justo cuando nos damos la vuelta para subir al coche, escucho una voz familiar que me hace soltar un suspiro de alivio.
—¿Pero qué hacen los "reyes de la colina" en este barrio de mala muerte?
Kai aparece caminando por la acera, con las manos en los bolsillos y esa sonrisa de suficiencia de siempre. A su lado, Lina camina comiéndose un helado, mirándonos con los ojos muy abiertos.
—¡Lina! —exclamo, acercándome a ella mientras Kai se sitúa junto a Killian, dándole un golpe cómplice en el hombro.
—¿Qué pasa, hermano? —se burla Kai, mirando a Leo, que sigue petrificado en el portal—. ¿Marcando territorio frente a los libros de texto? No sabía que los apuntes de economía fueran tan peligrosos.
—Cállate, Kai —gruñe Killian, aunque noto que la tensión de sus hombros cede un poco ante la presencia de su amigo.
Lina se acerca a mí y me susurra al oído:
—Madre mía, Vesper... Si las miradas de Killian mataran, ese pobre chico sería ceniza. Se nota a un kilómetro que está loco por ti.
Me sonrojo, tratando de ocultar la carpeta contra mi pecho.
—Es un idiota posesivo, eso es lo que es.
—Pero es tu idiota posesivo —me guiña un ojo Lina, antes de volver con Kai.
Nos quedamos unos minutos allí, formando un grupo extraño en mitad de la calle. Es un momento de respiro, una doble cita improvisada y caótica antes de tener que volver a la jaula de oro de la mansión. Ver a Kai y Lina tan relajados me hace desear, por un segundo, que Killian y yo pudiéramos ser una pareja normal, sin secretos ni galas que fingir.
Pero la realidad vuelve cuando Killian me rodea la cintura con un brazo, pegándome a él de nuevo.
—Vámonos, Vesper. Tenemos una fiesta que arruinar.
Me despido de mis amigos con la mano mientras Killian me guía hacia el coche. La diversión de verlo celoso se mezcla con la anticipación de lo que viene. La gala está a la vuelta de la esquina y, después de lo que ha pasado hoy, sé que nada volverá a ser igual.
killian
Arranco el motor con un rugido que hace que el tal Leo dé un paso atrás, casi tropezando con el bordillo. No me importa parecer un animal territorial; de hecho, me satisface. La forma en que ese tipo miraba a Vesper, con esa mezcla de admiración y timidez estudiada, me estaba revolviendo el estómago.
Salgo de la calle de estudiantes a una velocidad algo superior a la permitida, sintiendo la mirada de Vesper clavada en mi perfil. Sé que se está aguantando la risa, y eso solo me irrita más.
—¿Te parece divertido? —suelto, sin apartar la vista de la carretera mientras tomo la curva que nos aleja de la zona universitaria.
—Un poco, sí —admite ella, acomodándose en el asiento de cuero—. Killian, casi matas al pobre chico con la mirada. Solo son unos apuntes de Macroeconomía.
—A ese chico le daban igual los apuntes, Vesper. Te estaba desnudando con los ojos —golpeo el volante con la palma de la mano—. Y no soporto que nadie te mire así. Mucho menos un tipo que vive en un edificio que huele a humedad y comida precocinada.
—¡Qué elitista eres! —exclama ella, riendo de verdad ahora—. Estás muerto de celos por un estudiante que apenas se atreve a darme los buenos días en clase.
—Estoy muerto de celos porque eres mía —corrijo, y mi voz suena más ronca de lo que pretendía—. Y porque después de lo que ha pasado en el invernadero, la sola idea de que otro hombre respire tu mismo aire me pone de un humor asesino.
Vesper se queda callada un momento, y noto cómo la atmósfera en el coche cambia. El ambiente ya no es de burla; vuelve a cargarse de esa electricidad estática que siempre nos rodea. Ella estira la mano y la pone sobre mi muslo, apretando suavemente. Es un gesto pequeño, pero logra que la tensión de mis hombros se disuelva al instante.
—Nadie me mira como tú, Killian —dice en voz baja—. Y nadie me hace sentir lo que tú me haces sentir. Ni en la universidad, ni en las galas de tu padre.
Suelto un suspiro largo, relajando el agarre sobre el volante. Entrelazo mis dedos con los suyos, llevándome su mano a los labios para besar sus nudillos sin dejar de conducir.
—Más te vale —le advierto, aunque ya con una sonrisa asomando por la comisura—. Porque esta noche vas a tener que aguantar a muchos "Leos" vestidos de esmoquin intentando sacarte a bailar. Y ya te aviso que no pienso ser tan amable como he sido con tu amigo el de las gafas.
—¿Amable? —se burla ella—. Casi lo envías a urgencias con una arritmia.
—Eso es ser amable en mi mundo —respondo, acelerando a medida que nos acercamos a los límites de la propiedad de los Vane—. Prepárate, pequeña rebelde. Esta noche vamos a jugar con fuego delante de todo el mundo. Y me muero por ver cómo se queman todos mientras tú y yo guardamos el secreto.
Entramos por las grandes puertas de hierro de la mansión. El sol empieza a caer, bañando la fachada de piedra en tonos dorados y purpúreos. La gala está a punto de empezar, y mientras aparco el coche, solo puedo pensar en una cosa: que termine pronto para poder volver a tener a Vesper a solas, lejos de las miradas, de los apuntes y de las expectativas de un mundo que ya no me importa.
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Editado: 17.05.2026