Vesper
Me observo una última vez en el espejo de cuerpo entero y contengo el aliento. El vestido es, sin duda, una declaración de guerra. Es de un color verde esmeralda profundo, de seda líquida que se abraza a mis curvas como una segunda piel. Tiene una abertura lateral que sube peligrosamente por mi muslo y un escote en la espalda que llega hasta la base de mi columna. Es elegante, sí, pero es extremadamente sexy y provocativo. Es el tipo de vestido que dice que ya no soy la niña que llegó a esta casa hace unos meses.
Salgo al pasillo calzada en unos estiletos negros que me hacen sentir que puedo pisar el mundo. El sonido de mis tacones sobre el suelo de madera resuena en el ala silenciosa hasta que llego al inicio de la gran escalera de mármol.
Allí está él.
Killian está de espaldas, ajustándose los gemelos de su esmoquin negro. Se ve impecable, letalmente guapo, con esa aura de poder que siempre le acompaña. Cuando escucha mis pasos, se gira lentamente. Su mirada recorre mi cuerpo, desde mis pies hasta mi rostro, y veo cómo sus pupilas se dilatan hasta casi borrar el iris gris. Su mandíbula se aprieta tanto que veo un músculo saltar en su mejilla.
—No —suelta de golpe, con una voz ronca y cargada de una posesividad violenta.
—¿No qué? —pregunto con inocencia fingida, empezando a bajar el primer escalón.
Él acorta la distancia en dos zancadas y me corta el paso, obligándome a detenerme a mitad de la escalera. Sus ojos arden.
—Te vas a cambiar ahora mismo —sisea, bajando la voz—. Ese vestido no es para una gala, Vesper. Es una invitación al pecado. No voy a permitir que cientos de hombres te desnuden con la mirada durante toda la noche mientras yo tengo que fingir que no quiero arrancártelo a dentelladas.
—Es una gala en tu propia casa, Killian. No seas un carca —le provoco, disfrutando de su pérdida de control—. Me siento increíble con él.
—Vesper, lo digo en serio. Sube y ponte algo que... que cubra más de un diez por ciento de tu piel —da un paso hacia mí, invadiendo mi espacio personal—. O te juro que no bajas a ese salón.
Estoy a punto de contestarle que no es nadie para mandarme cuando el sonido de unos pasos rápidos y el perfume de mi madre interrumpen la tensión.
—¡Vesper! ¡Cariño! —exclama mi mamá, apareciendo en la base de las escaleras con un vestido lavanda que la hace ver radiante.
Killian se tensa y retrocede un centímetro, recuperando su máscara de indiferencia justo a tiempo. Mi madre sube un par de escalones y me toma de las manos, ignorando por completo la tormenta que hay entre Killian y yo.
—Estás preciosa, hija. Simplemente espectacular —dice con orgullo genuino—. Ese color te favorece muchísimo. Vas a ser, sin duda, la mujer más guapa de la noche. ¿No te parece que va guapísima, Killian?
Miro a Killian con una chispa de triunfo en los ojos. Él tiene los puños apretados a los lados de su cuerpo, luchando por no estallar frente a mi madre. Su mirada me quema, prometiéndome que esto no ha terminado, pero tiene que claudicar ante ella.
—Lleva un vestido... inolvidable, Samanta —responde él con una voz que suena como el cristal roto—. Absolutamente inolvidable.
—¡Ya lo creo! —sonríe mi madre, ajena a todo—. Vamos, bajad ya. Los primeros invitados ya están en el salón principal.
Mi madre tira de mi mano y me obliga a bajar. Al pasar por el lado de Killian, su brazo roza el mío y noto el calor que emana de él. Me inclino lo justo hacia su oído para que solo él pueda escucharme:
—Ya es tarde para cambiarme, Killian. Vas a tener que vigilarme muy de cerca toda la noche.
Él suelta un gruñido bajo que vibra en mi pecho, y sé que acabo de encender una mecha que va a convertir esta gala en un auténtico infierno... o en el paraíso más peligroso de nuestras vidas.
Bajamos al salón principal con el corazón latiéndome a mil por hora. La mansión, que siempre me ha parecido una estructura fría y calculadora, parece transformarse bajo las luces de las enormes lámparas de cristal. El murmullo de los invitados, el sonido de las copas de champán entrechocando y el aroma a flores frescas crean una atmósfera tan opulenta como asfixiante.
En cuanto ponemos un pie en el suelo de mármol, las miradas se vuelven hacia nosotros. No sé si es por el vestido o por el hecho de que Killian camina a mi lado como si estuviera custodiando el tesoro más valioso de la casa, pero el aire a nuestro alrededor se vuelve eléctrico.
—No te separes de mí —murmura Killian, inclinándose tanto que sus labios rozan mi oreja—. No me importa quién te salude, no me importa qué te pregunten. Mantente a mi lado.
Le dirijo una sonrisa cargada de ironía.
—¿Tanto miedo tienes de que me pierda entre la multitud?
—Tengo miedo de lo que pueda pasar si te dejo sola ni un segundo —responde él con una seriedad que me eriza la piel.
De repente, veo cómo su postura cambia. Su cuerpo se tensa, su mirada se vuelve afilada y sé, incluso antes de girarme, quién acaba de entrar. Jazmín ha llegado. Viene con un vestido rojo pasión, demasiado ostentoso, que busca desesperadamente acaparar la atención que el verde esmeralda del mío ya ha conquistado.
—Vaya, vaya —dice Jazmín, acercándose a nosotros con esa sonrisa de depredadora—. Killian, querido. Casi no te reconocía detrás de ese gesto tan... rígido. Y Vesper, qué sorpresa. Te has atrevido con el verde. Es un color muy atrevido para alguien que suele pasar desapercibida, ¿no crees?
Siento la mano de Killian en mi cintura, firme y posesiva, marcando territorio sin necesidad de decir una palabra.
—El color no es lo único atrevido aquí, Jazmín —respondo, manteniendo la calma mientras le sostengo la mirada—. Pero entiendo que te cueste acostumbrarte a ver cambios.
Jazmín abre la boca para replicar, pero Killian la corta antes de que pueda empezar su juego.
—Si me disculpas, Jazmín, tenemos cosas que atender —dice él con una frialdad que bordea la crueldad—. Y, por cierto, ese color rojo no te hace ningún favor.
La dejamos allí, con la palabra en la boca y la cara descompuesta por la sorpresa, y seguimos adentrándonos en la fiesta. Mi pulso está desbocado. Acabo de enfrentarme a ella, Killian me ha defendido frente a todos y estamos en el centro de la jaula, rodeados de gente que no tiene ni idea de lo que hacemos cuando nadie nos ve.
—Eso ha sido peligroso —le susurro, mientras él me guía hacia una de las terrazas para alejarnos un poco del tumulto.
—Eso ha sido necesario —responde él, mirándome como si fuera la única persona en la sala—. Y prepárate, porque esta noche acaba de empezar, Vesper. No voy a dejar que nadie se acerque a ti, y si alguien lo intenta, van a aprender por las malas quién manda aquí.
Me aprieta contra su costado, ocultos tras una columna de mármol, y el roce de su mano en mi espalda me recuerda, con una intensidad insoportable, todo lo que pasó en el invernadero hace apenas un par de horas.
#2397 en Novela romántica
#813 en Chick lit
mafia amor amistad aventura, mafia adolescentes accion romance, amor celos
Editado: 17.05.2026