Lo que la sangre no perdona

20 Cenas envenenadas

Killian

Estoy sentado a la cabecera de la mesa, justo donde mi padre espera que esté, pero mi mente sigue atrapada en la biblioteca. Aún noto el rastro de la humedad de Vesper en mi piel y el aroma de su perfume mezclado con el mío. La miro de reojo; está sentada a mi derecha, intentando recuperar esa elegancia gélida, aunque sus labios delatan lo que acabamos de hacer: están demasiado rojos, demasiado hinchados.
El problema es que no somos los únicos que observamos.
Jazmín está sentada frente a nosotros y tiene los ojos inyectados en una mezcla de sospecha y despecho. Ha decidido que, si no puede tener mi atención por las buenas, la tendrá por las malas, convirtiendo la cena en un campo de minas.
—¿Te acuerdas, Killian, de aquel verano en la costa? —suelta con una sonrisa que destila veneno—. Aquella noche que nos escapamos al club náutico... Nunca habías estado tan apasionado. Me dijiste que nadie te entendía como yo.
Aprieto los cubiertos hasta que me duelen las palmas. No la miro. No le voy a dar el placer de ver cómo me afecta su verborrea barata. Siento a Vesper tensarse a mi lado, hundiéndose en un silencio defensivo. Jazmín sigue lanzando dardos, relatando viajes a París y momentos íntimos que, en mi cabeza, pertenecen a una vida que ya no reconozco.
—Killian siempre ha tenido un gusto... exquisito por lo prohibido. Por eso conectábamos tanto. ¿Verdad, querido? —insiste ella, buscándome los ojos.
Vesper no dice nada. Se limita a mirar su plato, manteniéndose callada, pero noto su humillación. Me hierve la sangre. Estoy a punto de mandarla a callar de la forma más bruta posible cuando mi padre se me adelanta.
—Jazmín —la voz de Roman corta el aire como un hacha—. Estamos en una cena de gala, no en una reunión de antiguos alumnos. Las historias de juventud de mi hijo son pasado. Killian está aquí como el futuro de esta casa, no como el protagonista de tus recuerdos. Basta ya.
El silencio que sigue es sepulcral. Jazmín se queda pálida, humillada por el patriarca de los Vane. Yo le dedico una mirada de advertencia antes de volver a mi vino. Por ahora, el fuego está contenido.
Media hora después, el salón de baile se llena de gente con copas de cristal y risas falsas. Me veo obligado a separarme de Vesper para saludar a un grupo de inversores que mi padre me ha señalado con la mirada. Es puro protocolo, pero me mantiene alejado de ella más tiempo del que me gustaría.
Vigilo desde la distancia mientras hablo de márgenes de beneficio. Veo a Vesper cerca del ventanal, intentando tomar aire, cuando Jazmín se desliza hacia ella como una serpiente. No puedo oír lo que dicen por la música y el murmullo, pero veo la expresión de Jazmín: es pura malicia. Se inclina hacia la oreja de Vesper, aprovechando que nadie más las oye.
Noto cómo Vesper se queda lívida. Sus dedos se cierran con tanta fuerza alrededor de su copa que temo que el cristal estalle en su mano. Jazmín le dedica una última mirada de desprecio y se aleja con paso triunfal.
Dejo al inversor con la palabra en la boca. No me importa la mala educación ni lo que piense mi padre. Cruzo el salón con paso pesado, apartando a quien se cruce en mi camino. Cuando llego a su lado, Vesper está temblando imperceptiblemente, con la mirada perdida en la oscuridad del jardín tras el cristal.
—¿Qué te ha dicho? —le pregunto, mi voz es un gruñido bajo que solo ella puede escuchar.
—Nada, Killian. Déjalo —responde ella, pero su voz suena quebrada.
—Vesper, mírame —le obligo a girarse agarrándola suavemente del mentón—. ¿Qué demonios te ha dicho esa víbora?
Ella me mira y veo el dolor y la rabia luchando en sus ojos verdes. En ese momento lo sé: Jazmín ha cruzado una línea que no debería haber tocado. Y me da igual que estemos en mitad de la gala del año; si cree que puede herirla y salir indemne, es que todavía no sabe de lo que soy capaz cuando tocan lo que es mío.
Vesper intenta apartar la mirada, pero no la suelto. Sus ojos están empañados por una rabia contenida que me quema las manos. Alrededor, la élite de la ciudad sigue riendo y bebiendo, ajena a que el aire entre nosotros está a punto de prender fuego.
—Vesper —repito, bajando la voz hasta que es apenas un susurro peligroso—. Dímelo. Ahora.
Ella suelta un suspiro tembloroso y aprieta la copa contra su pecho, como si fuera un escudo.
—Me ha dicho que no soy nada —suelta por fin, y cada palabra suena como un cristal roto—. Que solo soy "la hija de la arrimada" y que tú solo me estás usando como un juguete nuevo para fastidiar a tu padre. Que cuando las luces se apaguen y te canses de jugar, volverás a ella... porque ella es lo que conoces y yo solo soy una distracción.
Siento un estallido de furia ciega en el pecho. La sangre me late con tanta fuerza en las sienes que el ruido de la fiesta se vuelve un zumbido lejano. Podría aceptar que Jazmín me atacara a mí, que intentara chantajearme o que montara sus escenitas de celos, pero no voy a tolerar que intente pisotear a Vesper en su propia casa.
—¿Eso ha dicho? —pregunto, y mi voz suena tan gélida que veo a Vesper estremecerse.
—Killian, no hagas nada, por favor —me pide, agarrándome de la manga del esmoquin—. Tu padre nos está mirando desde el otro lado del salón. Si montas un escándalo ahora, le darás la razón a ella. Dirán que soy el problema, que causo conflictos en la familia.
Miro hacia donde señala. Mi padre está hablando con un político, pero sus ojos grises se clavan en nosotros de vez en cuando, evaluando cada uno de nuestros movimientos. Vesper tiene razón: un espectáculo público sería su sentencia de muerte social en este mundo.
Pero Jazmín Miller no se va a ir a dormir pensando que ha ganado esta batalla.
—Escúchame bien —le digo, obligándola a mirarme de nuevo, esta vez con una intensidad que la deja sin aliento—. Tú no eres el juguete de nadie. Y lo que pasó en la biblioteca... lo que pasa cada vez que te toco, no tiene nada que ver con mi padre. Tiene que ver con que me estoy volviendo loco por ti y no hay nada en esta sala que me importe más que lo que tienes bajo ese vestido verde.
Sus pupilas se dilatan y veo cómo recupera un poco el color en las mejillas.
—Ahora —continúo, esbozando una sonrisa que no tiene nada de amable—, vamos a terminar esta noche como los perfectos anfitriones. Bebe tu champán, mantén la cabeza alta y sonríe como si fueras la dueña de este puto palacio. Porque lo eres.
—¿Y tú qué vas a hacer? —pregunta ella con sospecha.
—Yo voy a encargarme de que Jazmín Miller aprenda que hay nombres que no se deben pronunciar y personas a las que no se debe tocar —le doy un beso rápido y posesivo en la frente, desafiando cualquier mirada curiosa—. Espérame con Kai. No tardaré.
Me doy la vuelta y localizo el vestido rojo de Jazmín cerca de la entrada de la terraza. Camina con aire triunfal, creyéndose la reina de la noche. No sabe que acaba de firmar su propia expulsión. Cruzo el salón con la elegancia de un depredador que ya ha elegido a su presa. Esta noche no va a terminar con un brindis, sino con una advertencia que nadie en esa familia olvidará jamás.
La sigo hasta la terraza de piedra tallada, donde el aire gélido de las montañas me golpea el rostro. Desde aquí, la vista del Lago Tahoe es imponente; las aguas oscuras y profundas parecen un espejo de obsidiana bajo la luz de la luna, rodeadas por las siluetas negras de los pinos y las cumbres nevadas que enmarcan la propiedad. El lujo de la mansión, una combinación de madera noble, cristal y roca, se siente pequeño frente a la inmensidad salvaje de este lugar.
Jazmín está apoyada en la balaustrada, mirando hacia el muelle privado de la casa, saboreando su pequeña victoria momentánea. Cuando me oye llegar, se gira con una sonrisa lánguida, creyendo que su veneno ha surtido efecto.
—Sabía que tardarías poco en aburrirte de la cenicienta, Killian —dice, haciendo bailar el champán en su copa—. Ha estado bien el numerito de la cena, pero los dos sabemos dónde perteneces. Aquí, en lo más alto de Tahoe, conmigo.
Me detengo a un metro de ella. El frío que baja de las cumbres no es nada comparado con la rabia que me hiela la sangre. Me guardo las manos en los bolsillos del pantalón del esmoquin, observándola como si fuera una mancha en el paisaje perfecto.
—¿Te has divertido hoy, Jazmín? —pregunto con una calma que la hace borrar la sonrisa poco a poco.
—Solo le he dicho un par de verdades a esa chica. Alguien tiene que ubicarla, ¿no crees? Vuestra familia tiene una reputación que...
—Mi familia tiene la reputación que yo decida darle —la corto, dando un paso hacia ella que la obliga a retroceder hasta chocar con la piedra fría—. Escúchame bien, porque no lo voy a repetir. Vesper no es una invitada, ni es alguien a quien puedas usar para desahogar tu frustración. Es una Vane. Y si vuelves a dirigirle la palabra, si vuelves a mirarla siquiera con ese aire de superioridad, me voy a encargar personalmente de que tu padre pierda hasta el último contrato que tiene firmado con nosotros.
Jazmín abre mucho los ojos, palideciendo. El viento racheado de la montaña le agita el vestido rojo, pero ella parece petrificada.
—No harías eso... hundirías a mi familia por una niñata que acaba de llegar.
—La hundiría por mucho menos —siseo, inclinándome hacia ella hasta que puede ver que no hay ni rastro de duda en mis ojos—. Pero en este caso, lo haré por placer. No vuelvas a acercarte a ella. No vuelvas a mencionar nuestro pasado como si significara algo, porque para mí no fuiste más que un error de juventud que ya he olvidado por completo.
Le quito la copa de la mano con un movimiento seco y la dejo sobre la mesa de piedra.
—Ahora, vas a entrar ahí, vas a buscar a tus padres y te vas a marchar de mi casa. Invéntate lo que quieras, pero si cuando yo vuelva al salón sigues allí, la seguridad te sacará por la puerta de servicio y mañana tu padre estará en la ruina. ¿Ha quedado claro?
Ella intenta decir algo, pero la furia que emano la deja muda. Asiente levemente, con el labio temblando de humillación. Pasa por mi lado casi corriendo, buscando el refugio del interior de la mansión.
Me quedo un momento a solas en la terraza, respirando el aire puro y cortante de la Sierra. Miro hacia el ventanal y veo a Vesper a lo lejos, hablando con Kai. El verde esmeralda de su vestido brilla bajo las lámparas de cristal, destacando contra la calidez de la madera de la casa. Es increíble lo mucho que ha cambiado mi mundo desde que ella puso un pie en este lago.
Regreso al salón justo a tiempo para ver a los Miller saliendo apresuradamente por el vestíbulo principal. Mi padre me observa desde la distancia, con una ceja alzada, sospechando que he sido yo quien ha forzado ese final de fiesta para ellos, pero me da exactamente igual.
Me acerco a Vesper y le pongo la mano en la base de la espalda, justo donde la seda termina y empieza su piel. Siento cómo se estremece bajo mi tacto y me dedica una mirada interrogante.
—Ya se han ido —le susurro al oído, disfrutando de cómo se relajan sus hombros—. Y no volverán a molestarte. Nunca más.
Ella me sonríe, una sonrisa de verdad que me acelera el pulso, y por primera vez en toda la noche, siento que la gala ha valido la pena. No por el dinero recaudado, sino porque ahora todos saben, aunque no lo entiendan, que ella es intocable en este paraíso de hielo y cristal.




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