Lo que la sangre no perdona

21 Confesiones al amanecer

Vesper

El silencio que envuelve la mansión de los Vane a estas horas es absoluto. La gala terminó tan tarde y con tantos excesos que parece que las paredes de piedra y madera están conteniendo el aliento. Mi madre y Roman siguen sumergidos en un sueño profundo en su ala de la casa, y Killian, que tuvo que quedarse hasta el amanecer cerrando tratos con los hombres de confianza de su padre, probablemente no despertará en horas.
Necesitaba aire. Necesitaba escapar de la opresión de esos pasillos que aún olían a perfume caro y a los reproches de mi madre. Así que, sin hacer ruido, cogí las llaves del coche y conduje por las carreteras nevadas que bordean el Lago Tahoe hasta llegar a la cafetería del pueblo donde había quedado con Lina.
Lina es mi único vínculo con la cordura. No vive con nosotros, ni trabaja para la familia Vane, y esa distancia es precisamente lo que me permite respirar cuando estoy con ella. Ella no le debe lealtad a Roman, ni teme las represalias de Killian.
—Vaya cara, Vesper. Parece que el vestido de seda venía con una maldición incluida —me dijo Lina en cuanto me senté frente a ella, empujándome una taza de café humeante.
—Mi madre entró en mi cuarto anoche —solté, sintiendo cómo el cansancio me golpeaba de golpe—. Se acabó el esconderse, Lina. Lo sabe. Se ha dado cuenta de que entre Killian y yo hay algo más que una simple enemistad de hermanastros.
Lina arqueó una ceja, escuchándome con atención mientras el local, casi vacío, se llenaba del aroma a pan recién horneado.
—Me dijo que él es fuego, que me voy a quemar y que no le gusta nada lo que está viendo —continué con la voz temblorosa—. Intenté defenderme, Lina. Le pedí, casi le supliqué, que me dejara ser feliz. Que por una vez no pensara en las consecuencias.
—¿Y qué te dijo ella? —preguntó Lina en voz baja.
—Se limitó a mirarme como si ya me hubiera perdido. Me dijo: "Ojalá no te equivoques en tu elección de chico, Vesper". Como si estar con Killian fuera el error que acabara con nuestras vidas.
Lina suspiró y miró por el ventanal hacia las montañas.
—Tu madre tiene miedo por las dos, pero no puede vivir tu vida por ti. Kai me envió un mensaje anoche —añadió Lina, intentando aligerar el peso de la conversación—. Dice que después de que te fueras, la fiesta se volvió un aburrimiento insoportable. Supongo que ahora estará en su casa, bajo el ala de su familia, durmiendo la mona igual que el resto.
—Tengo miedo de que ella tenga razón, Lina —confesé, apretando la taza entre mis manos—. Killian es intenso, es posesivo y es un Vane. A veces siento que estar con él es como caminar por la orilla del lago en invierno: es hermoso, pero si el hielo se rompe, no hay forma de salir con vida.
—Pues asegúrate de que, si se rompe, él sea quien te saque —concluyó Lina con una mirada seria—. Porque ese chico no va a dejar que te hundas sola. Ahora come algo, que tienes que volver antes de que el "monstruo" despierte y note que su reina no está en el castillo.
Con el frío de la montaña aún pegado a mi abrigo y el aroma a café recién hecho y bollería inundando el coche, aparqué frente a la mansión. El sol ya golpeaba con fuerza la nieve, pero la casa seguía sumida en ese letargo post-gala. Entré en la cocina y dejé las bolsas sobre la isla central, haciendo el suficiente ruido con las tazas y los platos como para que el eco despertara a los que seguían en el piso de arriba.
Poco a poco, la casa empezó a cobrar vida. Los primeros en bajar fueron mi madre y Román, ambos con el rostro cansado pero impecablemente vestidos, como si el agotamiento fuera algo que su estatus no les permitiera mostrar.
—Vaya —exclamó Román, deteniéndose en la entrada de la cocina y observando el despliegue de comida que había traído del pueblo—. Parece que tenemos a una madrugadora en la familia. Eres, con diferencia, la más madrugadora de todos nosotros, Vesper.
Me detuve con una jarra de zumo en la mano. Por una vez, sus palabras no sonaron a juicio ni a orden. Había una nota de aprecio genuino en su voz. Me sorprendí a mí misma relajando los hombros y, sin pensarlo, le dediqué una pequeña sonrisa. Era la primera vez que le sonreía a Román Vane desde que puse un pie en Tahoe, y vi cómo sus ojos se suavizaban por un instante.
—Pensé que a todos nos vendría bien un buen desayuno después de lo de ayer —dije suavemente.
—Es un detalle excelente —asintió él, acercándose a la mesa—. Escucha, Vesper... después del esfuerzo que hiciste anoche con la gala y lo bien que te desenvolviste, quiero que sepas algo. Si necesitas salir, viajar con tus amigas o despejarte un poco, solo dilo. Estaré encantado de pagarte las vacaciones que elijas. Te lo has ganado.
Me quedé helada por un segundo. La oferta era tentadora, una vía de escape de lujo, pero el solo pensamiento de alejarme de lo que estaba empezando a construir aquí me hizo negar con la cabeza casi de inmediato.
—Es muy generoso por tu parte, Román, de verdad. Pero no es necesario. Estoy bien aquí —respondí, volviendo a sonreír de forma educada pero firme.
Justo en ese momento, sentí un peso en el ambiente, una vibración conocida. Levanté la vista y vi a Killian apoyado en el marco de la puerta. Llevaba ropa cómoda, el pelo revuelto y los ojos ligeramente enrojecidos por la falta de sueño, pero su mirada era todo menos cansada.
Estaba allí, inmóvil, observando la escena con una intensidad que me hizo arder la piel. Sus ojos viajaban de la sonrisa que yo aún mantenía para su padre hacia mi rostro, escrutando cada una de mis facciones. No dijo nada, pero su mirada atenta hablaba por él: era una mezcla de posesividad, alivio por verme de vuelta y una advertencia silenciosa sobre esa oferta de libertad que acababa de rechazar.
Él sabía perfectamente por qué no quería irme a ningún lado, y yo sabía que, aunque Román estuviera presente, Killian estaba reclamando cada uno de mis pensamientos en ese preciso instante.
El silencio que siguió a mi negativa fue denso, cargado de una electricidad que Román parecía no percibir, pero que a mí me erizaba el vello de los brazos. Killian no se había movido ni un milímetro; su presencia llenaba el umbral de la cocina como una sombra imponente, recordándome que, aunque estuviéramos en una escena doméstica aparentemente normal, nada en esta casa lo era.
—Bueno, la oferta sigue en pie —añadió Román, ajeno al duelo de miradas que se libraba sobre su hombro—. No todos los días se tiene la oportunidad de ver mundo sin preocuparse por la cuenta.
—Lo tendré en cuenta, gracias —mentí suavemente, bajando la vista hacia las cajas de pasteles.
Sentí los pasos de Killian antes de oír el roce de su ropa. Se acercó a la mesa con esa parsimonia peligrosa suya, rodeándome para alcanzar una de las tazas de café que yo acababa de llenar. Al pasar por mi lado, su brazo rozó el mío de forma aparentemente accidental, pero el calor que desprendía me quemó a través de la fina tela de mi blusa.
—Parece que te has vuelto muy generoso de repente, padre —soltó Killian, con una voz ronca que delataba las pocas horas de sueño—. Mandar a Vesper lejos de vacaciones... ¿Es una recompensa o un intento de despejar el campo?
Román soltó una carcajada seca, aunque sus ojos no perdieron esa chispa analítica.
—Es un reconocimiento al mérito, Killian. Algo que tú deberías aprender a practicar más a menudo. Ella manejó a los invitados y a la prensa con más elegancia que muchos de los que llevan el apellido Vane toda la vida.
Killian dio un sorbo al café, fijando sus ojos oscuros en los míos. Había un brillo de orgullo feroz en su mirada, una satisfacción posesiva que decía: “Ella es mía, y claro que es mejor que todos vosotros”.
—Lo sé —respondió él, su voz vibrando en una frecuencia que solo me estaba destinada a mí—. Sé perfectamente de lo que es capaz. Por eso no me sorprende que prefiera quedarse. Aquí hay... asuntos que requieren su atención.
Mi madre entró en la cocina en ese momento, rompiendo la burbuja de tensión. Se veía pálida, y en cuanto sus ojos se cruzaron con los míos, supe que no había olvidado ni una palabra de nuestra discusión nocturna. Al ver a Killian tan cerca de mí, sus labios se tensaron en una línea fina de desaprobación.
—Buenos días —dijo ella, con una voz que intentaba sonar animada pero que nacía muerta—. Vesper, no tenías por qué haberte molestado en salir tan temprano con el frío que hace en Tahoe.
—No ha sido una molestia, mamá. Necesitaba que me diera el aire —respondí, intentando mantener la compostura bajo la atenta mirada de Killian, que seguía escrutando cada uno de mis movimientos como si estuviera leyendo un mapa secreto de mis pensamientos.
Román se sentó a la mesa, señalando el desayuno.
—Venga, sentaos. Vamos a disfrutar de esto antes de que el mundo real vuelva a llamar a la puerta.
Nos sentamos, pero el ambiente era un campo de minas. Yo estaba atrapada entre la generosidad sospechosa de Román, el miedo silencioso de mi madre y la presencia abrumadora de Killian a mi lado. Él no volvió a hablar, pero bajo la mesa, su rodilla rozó la mía y, esta vez, no se apartó. Fue un recordatorio silencioso de que, aunque su padre me ofreciera el mundo entero en una bandeja de plata, mi lugar estaba allí, atrapada en su órbita, quemándome lentamente en ese fuego del que mi madre tanto me había advertido.




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