Vesper
El ambiente en el salón principal es denso, cargado con ese olor a madera y cera que parece impregnarlo todo en esta mansión. Han pasado apenas unas horas desde el desayuno, pero el ritmo de los Vane nunca se detiene. Román está de pie junto al ventanal, revisando unos documentos en su tablet, mientras mi madre termina de organizar unos papeles en su maletín.
—Vesper, Killian, acercaos un momento —dice Román sin levantar la vista. Su voz tiene ese tono de mando que no admite réplicas.
Me acerco, sintiendo la presencia de Killian a mi espalda. No me hace falta mirarlo para saber que está tenso; puedo sentir el calor que emana de su cuerpo, una advertencia silenciosa que me pone los nervios de punta después de nuestro encuentro en la habitación.
—Sam y yo tenemos que ausentarnos —anuncia Román, dejando la tablet sobre la mesa de centro—. Han surgido varios eventos en Reno y Carson City que requieren nuestra presencia física. Son cierres de contratos y algunas cenas de gala con inversores que no pueden esperar.
Miro a mi madre. Ella me dedica una mirada fugaz, una mezcla de alivio por salir de la presión de esta casa y de preocupación por dejarme aquí. Sé que después de nuestra charla de anoche, lo último que quiere es dejarme a solas con Killian, pero las órdenes de Román son leyes.
—Nos iremos esta misma tarde —añade mi madre, acercándose para colocarme un mechón de pelo tras la oreja—. Estaremos fuera al menos tres o cuatro días.
—La casa se queda a vuestro cargo —continúa Román, dirigiendo una mirada gélida a su hijo—. Killian, espero que te ocupes de que todo siga en orden. No quiero informes de problemas ni de excentricidades mientras no estemos.
—Lo tengo controlado, padre —responde Killian con una voz tan plana que resulta inquietante—. Vesper y yo sabremos cómo entretenernos.
El doble sentido en sus palabras me hace estremecer, pero Román no parece notar nada extraño, o decide ignorarlo. Mi madre, en cambio, aprieta los labios. Sabe que dejar a "el fuego" y a su hija bajo el mismo techo, sin supervisión, es como dejar una cerilla encendida en un pajar.
—Portaos bien —dice ella, dándome un beso en la mejilla que se siente como una despedida hacia el peligro—. Te llamaré todas las noches, Vesper.
Observo cómo terminan de preparar las maletas y cómo el coche de Román desaparece por el camino flanqueado de pinos, perdiéndose en la inmensidad de Tahoe. El silencio que cae sobre la mansión es repentino y absoluto. Ya no hay ruidos de tacones, ni llamadas de negocios, ni la vigilancia constante de mi madre.
Me doy la vuelta y me encuentro con Killian. Está apoyado contra el marco de la puerta grande, con las manos en los bolsillos y una chispa de triunfo en los ojos que me acelera el pulso.
—Se han ido —susurra, y su voz retumba en el vestíbulo vacío—. Por fin se han ido.
Me quedo quieta, sintiendo cómo la casa, antes una fortaleza llena de gente, se convierte de repente en un espacio demasiado pequeño para los dos. Las advertencias de mi madre todavía resuenan en mi cabeza, pero con la puerta cerrada y los adultos a kilómetros de distancia, el miedo empieza a ceder terreno ante algo mucho más oscuro y atrayente.
El eco del motor del coche de Román se desvanece por completo, dejando tras de sí un silencio que parece vibrar. Es esa clase de silencio que solo existe en las películas de terror antes de que algo ocurra, o en los sueños de los que no quieres despertar. Me quedo de pie en el centro del vestíbulo, mirando hacia la puerta cerrada, sintiendo el peso de la libertad y, al mismo tiempo, el de la responsabilidad de no arruinarlo todo.
—¿Vesper? —La voz de Killian, ahora que no tiene que fingir ante su padre, suena mucho más profunda, casi táctil.
Me giro lentamente. Él no se ha movido de la puerta, pero su postura ha cambiado. Ya no está a la defensiva; ahora parece un depredador que finalmente ha acorralado a su presa en el rincón más cómodo del mundo.
—Tres días —digo, intentando que mi voz suene firme, aunque el corazón me golpea las costillas—. Tu padre ha dicho tres o cuatro días.
—Suficiente tiempo para que te olvides de todas las advertencias que te metieron en la cabeza anoche —responde él, dando un paso hacia mí. Sus botas resuenan sobre el mármol—. Suficiente tiempo para que dejes de ser "la hija de Sam" y yo deje de ser "el heredero de Román".
—Sabes que no es tan fácil, Killian. Mi madre me va a llamar cada noche. Y la servidumbre...
—La servidumbre sabe perfectamente cuándo desaparecer, Vesper. No se les paga para que sean espías, se les paga para que sean invisibles —me interrumpe, acortando la distancia entre nosotros hasta que puedo oler de nuevo ese rastro de jabón y adrenalina que le quedó tras el gimnasio—. Estamos solos. Por primera vez desde que llegaste a esta casa, no hay ojos juzgándonos en cada esquina.
Me obligo a sostenerle la mirada. Es un desafío y una invitación. Recuerdo la cara de preocupación de mi madre antes de irse y el modo en que me pidió que no me equivocara. Estar aquí, a solas con él, es exactamente el error del que ella hablaba. Es caminar directamente hacia el incendio llevando un vestido de papel.
—¿Y qué sugieres que hagamos, Killian? —pregunto con un hilo de voz, desafiándolo a cruzar la última línea.
Él sonríe, pero no es una sonrisa burlona. Es algo más oscuro, más hambriento. Estira la mano y, con la punta de los dedos, recorre el borde de mi mandíbula, obligándome a inclinar ligeramente la cabeza hacia atrás.
—Sugiero que dejemos de fingir que nos odiamos —susurra, inclinándose hasta que sus labios rozan mi oreja—. Y que aprovechemos que el dueño de la jaula se ha llevado las llaves.
El aire se vuelve escaso. La mansión, con sus techos altos y sus lujos fríos, de repente parece arder. Ya no hay gala, no hay socios, no hay padres. Solo queda este fuego del que todos me advirtieron y que, ahora mismo, es lo único que me hace sentir viva en este desierto de nieve.
A pesar de la electricidad que vibra entre nosotros, necesito un segundo para procesar el peso del silencio en la casa. El aire está demasiado cargado en el vestíbulo.
—Necesito despejarme un poco antes de volverme loca —le digo, soltándome suavemente de su agarre, aunque mis dedos rozan los suyos al separarnos—. Voy a nadar un rato.
Killian me observa con una ceja alzada, una sonrisa ladeada y peligrosa formándose en sus labios. No dice nada, solo asiente mientras me ve alejarme hacia las escaleras que bajan al sótano.
La piscina interior es un santuario de mármol oscuro y luces tenues empotradas en el suelo. El agua cristalina parece un espejo líquido bajo la luz azulada. Me deshago de la ropa con movimientos rápidos, sintiendo el contraste del aire frío del sótano contra mi piel antes de sumergirme. El agua está a la temperatura perfecta, envolviéndome como una caricia. Empiezo a nadar con brazadas largas, intentando que el esfuerzo físico acalle las advertencias de mi madre que aún resuenan en mi cabeza.
Llevo apenas unos minutos cuando el sonido de la puerta metálica deslizándose me hace detenerme.
Killian está allí, en el borde de la piscina. Se ha despojado de la camiseta y la luz del agua proyecta reflejos ondulantes sobre sus músculos tensos y los tatuajes que adornan su piel. Sus ojos oscuros no me pierden de vista mientras termina de desvestirse con una lentitud deliberada, un desafío silencioso. Sin decir una palabra, se desliza en el agua.
Nada hacia mí con la eficiencia de un depredador bajo la superficie. Cuando emerge a mi lado, la corriente que genera su cuerpo me empuja suavemente. Sus manos, calientes a pesar del agua, encuentran mis caderas y me arrastran hacia él hasta que mi pecho choca contra su torso firme.
—¿Creías que te dejaría sola aquí abajo? —susurra, su voz resonando en la acústica de la sala.
Antes de que pueda responder, sus labios reclaman los míos. El beso es húmedo, profundo y hambriento. Sus manos bajan por mis nalgas, elevándome para que rodee su cintura con mis piernas. El agua reduce nuestro peso, haciendo que cada movimiento se sienta fluido, casi coreografiado.
Me presiona contra la pared de azulejos lisos de la piscina. Siento la dureza de su cuerpo buscándome, la fricción del agua entre nosotros volviéndose eléctrica. Killian entierra el rostro en mi cuello, dejando un rastro de besos ardientes mientras una de sus manos se desliza bajo el agua, recorriendo mi muslo hasta encontrar lo que busca. Suelto un gemido que rebota en las paredes de mármol, un sonido que delata mi absoluta rendición.
Cuando finalmente me penetra, es una invasión lenta y poderosa. El agua ondula a nuestro alrededor con cada embestida, creando un ritmo hipnótico que parece seguir los latidos desbocados de mi corazón. Me aferro a sus hombros, clavando mis uñas en su piel húmeda, mientras él me sostiene con una fuerza que me hace sentir que el mundo exterior —Román, mi madre, los secretos— ha dejado de existir.
En este sótano, bajo los cimientos de la mansión Vane, el fuego que mi madre tanto temía se ha vuelto líquido, y me estoy ahogando en él con gusto. Solo escucho el chapoteo rítmico del agua contra el borde y su respiración entrecortada en mi oído, marcando el inicio de unos días donde las reglas ya no se aplican
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Editado: 17.05.2026