Lo que la sangre no perdona

23 El hilo que nos une

Vesper

​El vapor de la ducha todavía empaña los cristales del enorme baño de Killian cuando salgo envuelta en una de sus camisas. Me queda enorme, las costuras de los hombros caen por mis brazos y el bajo me llega a mitad del muslo, pero el tejido huele a él y eso es lo único que me hace sentir segura ahora mismo.
​Killian está sentado en el borde de su cama de roble oscuro, con el torso desnudo y el pelo húmedo, revisando su teléfono. En la mesita de noche, las bolsas de la cena que ha traído el chófer de la ciudad desprenden un olor a comida tailandesa que contrasta con la atmósfera aséptica y lujosa de la habitación.
​—Ven aquí —dice, dejando el móvil a un lado y dándole un pequeño golpe al colchón a su lado.
​Me siento y él me pasa un brazo por los hombros, atrayéndome hacia su costado. Empezamos a comer directamente de los envases, sentados sobre sus sábanas de seda gris, riendo por lo absurdo de la situación. Por un momento, me permito olvidar que esta cama pertenece al heredero de los Vane y que yo soy la intrusa que su padre desprecia.
​—Esto está mejor que cualquier solomillo que nos haya servido el chef de Román —murmuro, saboreando el picante de mi plato.
​—Cualquier cosa sabe mejor cuando no tienes a mi padre analizando cómo sostienes el tenedor —responde él con una mueca amarga, pero luego se suaviza y me besa la sien—. ¿En qué piensas?
​—En que es la primera vez que no siento que tengo que pedir permiso por respirar en esta casa.
​Él está a punto de decir algo, quizás una de esas promesas oscuras que me hacen temblar, cuando el sonido agudo de mi teléfono rompe la burbuja. Está sobre la cómoda, y la pantalla ilumina la habitación con una luz blanca y persistente.
​Siento que la sangre se me congela.
​—Es ella —susurro, mirando el nombre en la pantalla—. Es mi madre. Me está llamando por Facetime.
​Killian se tensa a mi lado. Sus ojos se oscurecen, pero no se aleja. Al contrario, se queda perfectamente quieto, observando cómo me levanto para coger el móvil.
​—Tienes que contestar —dice él en voz baja—. Si no lo haces, se pondrá nerviosa y llamará a la seguridad de la casa para que suban a comprobar si estás bien.
​Me aclaro la garganta, trato de borrar cualquier rastro de agitación de mi rostro y me siento en el pequeño sofá que hay junto a la ventana, lo suficientemente lejos de la cama para que el encuadre de la cámara solo me muestre a mí y una pared neutra.
​—Hola, mamá —digo, forzando una sonrisa mientras acepto la llamada.
​La cara de Sam aparece en la pantalla. Está en lo que parece la habitación de un hotel de lujo en Reno, todavía lleva el traje de la cena, pero se está quitando los pendientes.
​—Hola, cielo. ¿Cómo estás? Te noto la cara algo roja —dice ella, entrecerrando los ojos mientras se acerca al objetivo—. ¿Te encuentras bien? ¿No te habrá vuelto a subir la fiebre?
​—No, no, es solo que acabo de salir de una ducha muy caliente —miento, sintiendo el peso de la mirada de Killian sobre mí desde la penumbra de la habitación—. Me iba a meter en la cama ya.
​—Me alegra oírlo. Román está en el bar del hotel con unos socios, así que he aprovechado para escaparme y hablar contigo —su voz baja de volumen, volviéndose más íntima—. ¿Dónde está Killian? ¿Ha habido algún problema?
​Siento un escalofrío. Killian, que me está escuchando perfectamente, se levanta de la cama sin hacer ruido. Camina hacia mí con la elegancia de una sombra y se sitúa justo detrás de mi sofá, fuera del ángulo de visión de la cámara, pero lo suficientemente cerca como para que sienta su calor.
​—No sé, supongo que en su cuarto —respondo, intentando que no me tiemble la voz—. Apenas nos hemos visto desde que os fuisteis. He pasado la tarde leyendo.
​—Bien, mejor así. Mantén las distancias, Vesper. Sé que te dije que quería que fueras feliz, pero no quiero que te expongas a un incendio que no puedas apagar. Prométeme que te irás a dormir y que mañana seguirás ocupada con tus cosas.
​Mientras mi madre pronuncia esas palabras, siento la mano de Killian rozarme suavemente. Sus dedos se deslizan por mis muslos , una caricia prohibida que me obliga a apretar los dientes para no soltar un suspiro frente a la cámara.
​—Te lo prometo, mamá —consigo decir, mirando fijamente mi propia imagen en la pantalla para no delatarme—. Descansa. Te quiero.
​—Y yo a ti, cariño. Buenas noches.
​En cuanto la pantalla se queda en negro, dejo caer el teléfono sobre el cojín y me tapo la cara con las manos. La adrenalina y la culpa luchan en mi pecho.
​—"Apenas nos hemos visto" —repite Killian detrás de mí, su voz cargada de una ironía peligrosa—. Eres una mentirosa excelente, Vesper.
​Me gira el rostro para que lo mire. Sus ojos brillan con una mezcla de diversión y algo mucho más profundo.
​—He tenido que aprender de los mejores —respondo, tratando de recuperar el aliento—. Me ha dolido mentirle así, Killian. Ella solo intenta protegerme.
​—Ella intenta proteger una versión de ti que ya no existe —sentencia él, acortando la distancia hasta que nuestras frentes se tocan—. La chica que llegó a esta casa siguiendo las reglas de su madre murió en esa piscina hace un rato. Y no voy a dejar que nadie la resucite.
El peso de la mentira se queda flotando en el aire, pero Killian no deja que me hunda en ella. Me toma de la mano y me guía de vuelta a la cama, donde los restos de la cena tailandesa se han enfriado. Nos recostamos contra el cabecero de madera, hombro con hombro, con la única luz de las lámparas de noche bañando la habitación en un tono ámbar.
—¿Alguna vez te has sentido así? —pregunto, rompiendo el silencio—. Como si estuvieras viviendo una vida que no te pertenece, simplemente porque es lo que se espera de ti.
Killian suelta una risa seca, sin rastro de humor, y mira hacia el techo.
—Toda mi vida ha sido eso, Vesper. Desde que tengo uso de razón, mi padre me ha moldeado para ser el siguiente Vane. Recuerdo que, cuando tenía diez años, me obligó a despedir a mi niñera favorita porque decía que "me estaba volviendo blando". Me hizo mirarla a los ojos y decirle que ya no necesitábamos sus servicios.
Me estremezco al imaginar a ese Killian niño, enfrentándose a la frialdad de Román.
—Eso es horrible —susurro.
—Es el estilo Vane. Control, distancia y cero debilidades. Por eso me volví tan... bueno, como era cuando llegaste. —Me mira de reojo—. Un imbécil arrogante que solo quería marcar territorio.
—Lo eras —admito con una pequeña sonrisa, ganándome un apretón en la mano—. Pero yo también traía mis propios fantasmas. Antes de que mi madre conociera a Román, vivíamos en un apartamento minúsculo en la ciudad. Ella trabajaba tres turnos y yo pasaba las tardes sola, imaginando que algún día viviría en un lugar como este. Ahora que estoy aquí, a veces echo de menos la libertad de no tener nada. Nadie esperaba nada de mí en aquel entonces. No era "la hijastra de", solo era Vesper.
Killian se gira hacia mí, apoyándose en su codo para quedar de frente.
—¿Qué es lo más real que recuerdas de esa época? —pregunta, con una curiosidad genuina que me desarma.
—Las mañanas de domingo. Mamá no trabajaba y hacíamos tortitas quemadas en una cocina que olía a humedad, pero nos reíamos hasta que nos dolía el estómago. Aquí... aquí nadie se ríe de esa forma. Todo es una transacción, incluso el afecto.
Él se queda pensativo, recorriendo con el dedo el borde de mi manga.
—Mi madre era la que ponía música —dice de repente, y noto un cambio en su vibración. Es la primera vez que menciona a su madre biológica de forma voluntaria—. Román lo odiaba. Decía que el ruido le impedía concentrarse. Un día, cuando ella ya no estaba, mi padre mandó tirar todos sus vinilos. Pasé semanas buscándolos en los contenedores de la propiedad, pero ya se los habían llevado.
Siento una punzada de dolor por él. El pequeño Killian buscando los restos del recuerdo de su madre entre la basura de una mansión multimillonaria. Le tomo la cara con ambas manos, obligándolo a enfocar sus ojos oscuros en los míos.
—Ya no tienes que buscar entre los escombros, Killian —le digo con firmeza—. No eres él. No tienes que tirar lo que amas solo porque él no sabe cómo conservarlo.
Él no responde con palabras. Se inclina y me besa, pero esta vez no hay fuego ni urgencia. Es un beso lento, cargado de la vulnerabilidad de esos dos niños que crecieron en mundos distintos pero con el mismo vacío en el pecho. En la penumbra de su cuarto, rodeados por el lujo frío de los Vane, nuestras historias se entrelazan, borrando por unas horas el rastro de quienes se supone que debemos ser.




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