Lo que la sangre no perdona

24 El fin del oasis

Vesper

Los últimos tres días han sido una alucinación. Sin el ruido de los protocolos de Román ni la vigilancia constante de mi madre, la mansión Vane se transformó en algo distinto. Killian y yo nos hemos movido por los pasillos como si realmente nos pertenecieran, desayunando tarde, compartiendo silencios que ya no resultan incómodos y perdiéndonos en su habitación hasta que el sol desaparecía tras el lago.
Pero todo oasis tiene su fin.
Esta mañana, el rugido de los motores en el camino de entrada anunció el regreso de la realidad. Escuchar la voz de Román dando órdenes a los empleados y los tacones de mi madre resonando de nuevo en el mármol fue como recibir un balde de agua fría. Volvimos a las máscaras, a los saludos distantes y a esa tensión asfixiante que solo ellos saben generar.
—Necesito salir de aquí —le susurré a Killian en el pasillo, justo antes de que mi madre me interceptara para preguntarme por mis estudios.
Aproveché la excusa de que necesitaba materiales específicos para mi próximo semestre —lienzos nuevos, carboncillos y algunos libros de texto que solo se encuentran en las librerías especializadas de la ciudad— y me puse en marcha. Necesitaba aire, y sobre todo, necesitaba hablar con alguien que no fuera un Vane.
Quedé con Lina en el centro comercial. Al verla caminar hacia mí cerca de la fuente central, sentí que una parte de mi antigua vida volvía a respirar.
—Vesper, por Dios, pareces otra —dijo Lina, dándome un abrazo rápido—. Tienes una cara de... no sé, ¿te has hecho algo? Estás radiante y aterrada al mismo tiempo.
—Es una larga historia, Lina. Una muy complicada —respondí, intentando disimular mi nerviosismo.
Estábamos entrando en una tienda de diseño cuando el ambiente cambió. No necesité darme la vuelta para saber quién había llegado; el olor a perfume excesivamente caro y el sonido de una risa falsa y aguda lo delataron.
Jazmín estaba allí, rodeada de dos chicas que asentían a todo lo que decía. Al vernos, sus ojos se entrecerraron con malicia y se interpuso en nuestro camino con una sonrisa que no llegaba a sus ojos.
—Vaya, pero si es la pequeña intrusa —soltó Jazmín, cruzándose de brazos—. ¿Qué haces aquí, Vesper? ¿Román te ha dado permiso para usar la tarjeta o has tenido que suplicar un poco de calderilla esta mañana?
Lina se tensó a mi lado, pero yo respiré hondo. Hace una semana, quizá habría bajado la mirada. Pero después de las noches con Killian, después de haber visto la vulnerabilidad y la fuerza que compartimos, Jazmín me parecía increíblemente pequeña.
—He venido a comprar cosas que realmente tienen valor, Jazmín. Algo que dudo que entiendas, ya que tu única habilidad es gastar el dinero que no has ganado —le respondí, manteniendo la voz baja y firme.
Las amigas de Jazmín abrieron la boca, sorprendidas. Jazmín dio un paso hacia adelante, su rostro transformándose en una máscara de indignación.
—Ten cuidado con cómo me hablas. No eres más que la hija de la mujer que le calienta la cama a Román Vane. En cuanto él se canse de vosotras, volverás al agujero de donde saliste.
—Puede ser —dije, dándole un paso hacia ella, invadiendo su espacio personal—. Pero mientras esté en la mansión, parece que soy yo la que duerme bajo el mismo techo que los hombres que tú pasas el día intentando impresionar sin éxito. Debe de ser agotador esforzarse tanto para que ni siquiera te devuelvan las llamadas, ¿verdad?
Jazmín se quedó pálida. Sabía que me refería a Killian, y el impacto de mis palabras fue directo. Antes de que pudiera reaccionar, le hice una seña a Lina.
—Vámonos, Lina. Aquí el aire está empezando a oler a desesperación.
Caminamos hacia la salida de la tienda sin mirar atrás. Sentí la mirada de Jazmín clavada en mi espalda, llena de odio, pero no me importó. El oasis se había acabado, sí, pero yo ya no era la misma chica que se escondía en las sombras. Había aprendido de Killian que, a veces, para sobrevivir entre lobos, tienes que demostrar que tú también sabes morder.
Caminamos unos metros más hasta que el bullicio del centro comercial se convirtió en un ruido de fondo. Entramos en una cafetería más apartada, buscando un rincón donde las paredes no tuvieran oídos. Lina me miraba como si acabara de ver a un fantasma o a una heroína de acción; todavía estaba procesando el golpe que le había dado a Jazmín.
—Vesper, ¿qué demonios ha sido eso? —susurró Lina, dejando las bolsas en el suelo—. Nunca te había visto responder así. Te has quedado tan tranquila... como si estuvieras acostumbrada a lidiar con gente así.
Me dejé caer en la silla, sintiendo cómo la adrenalina empezaba a bajar, dejando paso a una confesión que me quemaba la garganta.
—Es que ya no me importa lo que Jazmín piense, Lina. Hay cosas mucho más reales y mucho más peligrosas ocurriendo en esa casa como para preocuparme por las pataletas de una niña rica —dije, bajando la voz.
Lina se inclinó sobre la mesa, entrecerrando los ojos.
—Es Killian, ¿verdad? Me dijiste que estos días a solas habían sido... diferentes.
—Están siendo demasiado diferentes —admití, y sentí que las manos me temblaban ligeramente al rodear la taza de café—. Lina, cada vez estoy mejor con él. No es solo la tensión de antes, es algo más profundo. Hablamos, nos entendemos... me hace sentir que realmente me ve. Y eso es precisamente lo que me da pánico.
Lina me tomó de la mano, dándome un apretón reconfortante.
—¿Pánico por qué? Es lo que siempre has querido, ¿no? Alguien que te vea de verdad.
—¡Es el hijo de Román! —exclamé en un susurro desesperado—. Es el hermanastro que se supone que debo evitar. Mi madre me mira como si estuviera caminando hacia un precipicio cada vez que menciono su nombre. Si sigo bajando la guardia, si sigo dejando que Killian se convierta en mi lugar seguro, el golpe cuando todo esto estalle va a ser mortal. Me da miedo que, por primera vez en mi vida, no quiera huir de un sitio, sino quedarme... aunque sepa que la casa se va a incendiar.
Me quedé mirando el poso del café, dándome cuenta de que el verdadero peligro no era Jazmín, ni Román, ni las mentiras de mi madre. El verdadero peligro era que Killian Vane ya no era mi enemigo, sino la única persona por la que estaba dispuesta a perderlo todo. Y en mi mundo, amar algo tanto siempre era el principio del fin.
El trayecto de vuelta a la mansión es un borrón. Las palabras de Lina siguen dándome vueltas en la cabeza como una advertencia que he decidido ignorar. Al cruzar el umbral de la puerta principal, cargada con las bolsas de la ciudad, el silencio sepulcral que esperaba encontrar ha sido sustituido por una vibración eléctrica, cargada de una hostilidad que se siente incluso antes de ver a nadie.
Me detengo en seco en el vestíbulo.
Allí, frente a la gran escalera, están Román y mi madre. Pero no están solos. Frente a ellos, dándome la espalda, hay una mujer que emana una elegancia gélida. Lleva un abrigo de sastre que grita dinero y poder, pero es su postura, la forma en que inclina la cabeza, lo que me detiene el corazón.
No hace falta que nadie me diga quién es. Sus rasgos, que vislumbro cuando se gira parcialmente, son un reflejo exacto de los de Killian: la misma línea afilada de la mandíbula, la misma mirada oscura y profunda que parece capaz de ver a través del acero. Es ella. La madre de Killian. La mujer que, según él, había desaparecido de sus vidas hace años.
Están sumidos en una discusión tan amarga que ni siquiera notan mi presencia al principio. Mi madre tiene el rostro pálido, una expresión que solo pone cuando está al borde del colapso, mientras Román mantiene una máscara de furia contenida, con las venas del cuello marcadas.
—...no tienes derecho a presentarte aquí después de tanto tiempo, Victoria —sisea Román, su voz es un látigo—. Este no es tu lugar.
—Este lugar es tanto mío como tuyo por derecho, Román. Y lo que es más importante, mi hijo está aquí —responde ella con una voz de terciopelo y cristales rotos.
Doy un paso al frente, haciendo que el roce de mis bolsas contra el suelo rompa la tensión del círculo. Las tres cabezas se giran hacia mí. Mi madre ahoga un pequeño grito, como si acabara de recordarse que yo existía.
—¿Qué está pasando? —pregunto, intentando que mi voz no tiemble—. ¿Quién es esta mujer?
La madre de Killian me barre de arriba abajo con una mirada tan letal que me hace sentir como una mancha en su mármol. Sus ojos se clavan en los míos con un desprecio absoluto, reconociendo al instante quién soy: la hija de la mujer que ocupa su antiguo lugar.
—¿Que quién soy? —repite ella, dando un paso hacia mí con una furia silenciosa que me obliga a tensar cada músculo—. Soy la mujer que debería haber evitado que esta casa se llenara de basura aprovechada en mi ausencia.
—Victoria, basta —interviene Román, pero ella no lo escucha.
—¿Dónde está Killian? —me espeta ella, ignorando a los demás, su voz subiendo de tono—. ¿Dónde está mi hijo? ¿O es que tú también te has encargado de que me olvide de él, como tu madre ha hecho con su padre?
Miro a mi alrededor buscando a Killian, pero su coche no estaba en la entrada. Está fuera, probablemente tratando de procesar el regreso de sus padres, sin saber que la verdadera tormenta acaba de aterrizar en medio de su salón. Estoy sola frente a la mujer que lo abandonó, y por la forma en que me mira, sé que soy el blanco perfecto para todo su odio acumulado.
La tensión es tan espesa que casi puedo saborearla. Román, con un gesto brusco, agarra a Victoria del brazo. No es un gesto de afecto, es una maniobra de extracción.
—Aquí no, Victoria. Vámonos antes de que esto termine de estallar —dice él, con una voz que no admite réplica.
Ella me lanza una última mirada cargada de un veneno que no alcanzo a comprender del todo y se deja arrastrar hacia el despacho exterior. La puerta se cierra tras ellos con un estruendo que retumba en todo el vestíbulo.
Mi madre, que ha estado conteniendo el aliento, exhala un suspiro tembloroso y entra en la casa, caminando hacia el salón pequeño. La sigo de cerca, dejando las bolsas en un rincón. Necesito respuestas, y las necesito ahora.
—Mamá, ¿qué demonios ha sido eso? —le pregunto, cerrando la puerta tras nosotras—. Killian me dijo que su madre... que ella se había suicidado en el lago. Que saltó.
Sam se deja caer en un sillón, cubriéndose la cara con las manos. Cuando me mira, sus ojos están llenos de una mezcla de cansancio y culpa.
—Eso es lo que Román quería que todos creyeran, Vesper. Incluso lo que él mismo necesitó creer para no volverse loco —dice con voz quebrada—. Pero Victoria no saltó. Se marchó. Hizo un teatro magistral para que pareciera un suicidio y desapareció del mapa. Dejó a su hijo de diez años pensando que su madre prefería estar muerta a estar con él.
Me quedo helada. Siento una náusea física al pensar en Killian, en el niño que buscaba vinilos en la basura y que cargaba con el trauma de un lago que, en realidad, nunca se llevó a nadie.
—¿Y Román? ¿Él lo sabía?
—Lo descubrió hace años —admite mi madre, bajando la voz—. La encontró viviendo en Europa con una identidad falsa. Ella no quería volver, Vesper. Nunca quiso esta vida, ni a Román... ni siquiera a Killian. Pero sí quería el dinero. Román ha estado comprando su silencio y su ausencia durante todo este tiempo, enviándole sumas astronómicas para que se mantuviera lejos y dejara que la mentira del suicidio siguiera en pie.
—Dios mío... —susurro, llevándome las manos a la cabeza—. Killian ha vivido una mentira. Toda su frialdad, su miedo al abandono... todo construido sobre un fraude que su propio padre financió.
—Y ahora ella ha vuelto porque quiere más —sentencia mi madre—. Y si Killian se entera de que su padre sabía que estaba viva mientras él lloraba su muerte... esta casa no se va a incendiar, Vesper. Va a saltar por los aires.
Miro hacia la ventana, buscando el coche de Killian en el camino. Él no está aquí. No sabe que su mayor fantasma acaba de entrar por la puerta principal, reclamando un lugar que nunca quiso, pero que ahora está dispuesta a destruir. Y lo peor de todo es que yo soy la única que sabe la magnitud del daño que esto le va a causar.
El aire en el salón se vuelve viciado. Miro a mi madre, buscando en sus ojos ese brillo de ambición que Román suele imprimir en todo lo que toca, pero no lo encuentro. Ella no está asustada por la cuenta bancaria ni por perder los lujos de Tahoe. Lo que veo en ella es puro instinto de supervivencia, ese pánico visceral de quien sabe que ha entrado en un juego de ligas mayores donde las reglas son letales.
—Vesper, no me importa el dinero —dice ella, bajando la voz y acercándose a mí—. Sabes que podríamos irnos mañana mismo con una maleta y seríamos las mismas. Pero esto... esto es diferente. No es nuestro secreto, no nos pertenece.
—¡Pero es la vida de Killian, mamá! —le replico, sintiendo que la rabia me sube por la garganta—. Él vive atormentado por un fantasma que no es real.
—Precisamente por eso no podemos ser nosotras quienes tiren la primera piedra —insiste ella, agarrándome de las manos con una fuerza inusual—. Román ha mantenido esta mentira durante años, ha financiado la ausencia de Victoria para proteger lo que queda de su familia a su manera retorcida. Si tú hablas, no solo rompes el corazón de Killian; te pones en medio de una guerra que empezó mucho antes de que nosotras llegáramos aquí.
Me mira fijamente, y por un segundo veo a la mujer que me sacó de aquel apartamento minúsculo, no por codicia, sino por darnos una oportunidad.
—Esto es algo que tiene que salir de Román, o de ella. Pero si sale de tu boca, Vesper, te convertirás en el blanco de toda la furia de los Vane. Román te verá como una traidora y Killian... Killian podría no perdonarte nunca que supieras la verdad y te convirtieras en el mensajero de su destrucción.
Me quedo en silencio, procesando sus palabras. No es miedo a la pobreza lo que la mueve, es el peso de una responsabilidad que no nos corresponde. Somos las piezas nuevas en un tablero que lleva años manchado de sangre y mentiras.
—Prométeme que no dirás nada —suplica de nuevo—. No por el dinero, ni por la casa. Promételo por tu seguridad. Deja que los Vane resuelvan sus propios pecados. No te metas en el fuego, porque esta vez no habrá nadie para sacarte.
Miro hacia la puerta cerrada del despacho, donde los gritos de Román y Victoria se han convertido en un murmullo sordo. Sé que tiene razón en algo: esta verdad es una bomba atómica, y yo no tengo el equipo de desactivación.
—Está bien —susurro, sintiendo cómo la lealtad hacia Killian choca violentamente contra la sensatez de mi madre—. Te lo prometo. No diré nada.
En ese momento, el sonido de un motor conocido resuena en la entrada. Es el coche de Killian. Mi corazón da un vuelco. Él está aquí, y yo acabo de aceptar guardar el secreto que podría salvarlo o destruirlo para siempre.
El estruendo del motor se apaga y, segundos después, la gran puerta principal se abre. Killian entra en el vestíbulo con esa zancada segura que lo caracteriza, pero hay algo en la rigidez de sus hombros que delata que ha tenido un día largo. Se detiene al vernos a mi madre y a mí en el salón pequeño, con las luces a media potencia y una atmósfera que se podría cortar con un cuchillo.
—Ya estoy en casa —dice, su voz profunda resonando en el silencio. Se pasa una mano por el pelo y nos dedica un asentimiento rápido—. Hola, Sam. Vesper.
—Hola, Killian —responde mi madre, forzando una calma que sé que no siente.
Él se detiene un momento, mirándome a los ojos. Parece buscar algo, quizás el rastro de la chica con la que compartió confidencias hace apenas unas horas, pero yo apenas puedo sostenerle la mirada sin que me tiemble el alma.
—Voy a ducharme —anuncia, señalando hacia arriba con un gesto vago—. Nos vemos en la cena.
Lo observo subir las escaleras, peldaño a peldaño, ajeno al hecho de que su padre está hablando con el fantasma que él cree enterrado en el fondo del lago. En cuanto escucho el cierre de su puerta en el piso superior, la tensión que contenía en los pulmones estalla.
Me giro hacia mi madre, que sigue de pie junto a la ventana, observando la oscuridad exterior.
—No puedo hacerlo, mamá —susurro, y siento cómo la primera lágrima me quema la mejilla—. No puedo fingir que no pasa nada cuando lo miro.
—Tienes que hacerlo, Vesper. Por mucho que duela.
—Es que no lo entiendes —clamo, rompiendo finalmente mi muro de contención. Me acerco a ella, buscando apoyo, buscando una salida que no existe—. No es solo que me caiga bien, o que estemos conviviendo mejor.
Mi madre me mira, y su expresión se suaviza al ver el pánico real en mis ojos.
—¿Vesper?
—Estoy enamorada de él, mamá —confieso, y decir las palabras en voz alta las hace reales, pesadas y aterradoras—. Estoy enamorada de Killian. Y la idea de que su mundo se caiga a pedazos mientras yo guardo silencio me está destruyendo por dentro. Siento que lo estoy traicionando con cada segundo que pasa sin que corra a su cuarto a contarle la verdad.
Mi madre se queda de piedra. Abre la boca para decir algo, pero la vuelve a cerrar. No esperaba esto. Quizá pensó que era un capricho de verano, una rebeldía juvenil contra Román. Pero al ver mi cara, comprende que he cruzado la línea de no retorno.
—Oh, cielo... —murmura, rodeándome con sus brazos—. De todas las personas en este mundo, tenías que elegir al hombre que vive en el epicentro de la tormenta.
—No lo elegí —digo contra su hombro, sollozando en silencio—. Simplemente ocurrió. Y ahora este secreto no solo es una carga, es una barrera entre nosotros que él ni siquiera sabe que existe.
Nos quedamos así un rato, abrazadas en la penumbra, mientras arriba se oye el eco lejano del agua de la ducha. Mi confesión queda flotando en el aire, añadiendo una capa más de peligro a la situación. Porque ahora no solo guardo el secreto de Román para protegernos a nosotras; lo guardo mientras mi corazón late al mismo ritmo que el de la persona a la que se lo estoy ocultando. Y eso es una tortura que no sé cuánto tiempo podré soportar.




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