Lo que la sangre no perdona

25 El arte de ma estrategia

Vesper

Los días que siguieron a la aparición de Victoria fueron una cuerda floja sobre un abismo. Cada vez que escuchaba un motor en la entrada, el corazón se me subía a la garganta, esperando verla cruzar de nuevo el umbral para destruir el mundo de Killian. Pero no volvió. Román ha estado más ausente que nunca, moviendo hilos en las sombras, y el silencio ha vuelto a reinar en Tahoe.
Ese silencio ha sido mi salvación. Me ha permitido fingir que el secreto no existe, que no soy una cómplice silenciosa de la mentira de los Vane. Me he refugiado en Killian y en mis libros, convirtiendo la ansiedad en horas de estudio y análisis de mercado.
Hoy, ese esfuerzo tiene que ver la luz. Es el día de la presentación final de Marketing Estratégico en la universidad, el último paso antes de las vacaciones de verano.
El aula magna está llena del murmullo de estudiantes repasando gráficas en sus portátiles y el olor a café cargado. Estoy frente al proyector, ajustando mi presentación, sintiendo el peso de las miradas sobre mí. Pero no busco la aprobación de los profesores, ni me importa el cuchicheo de mis compañeros sobre "la hijastra de Román Vane".
Mis ojos viajan directamente al fondo del aula.
Allí, apoyado contra la pared de piedra junto a la salida, está él. Killian destaca entre la multitud de estudiantes con su sola presencia; lleva una chaqueta oscura y esa expresión indescifrable que suele intimidar a cualquiera. Sin embargo, cuando nuestras miradas se cruzan, su rostro se relaja un ápice. No ha dejado de mirarme desde que entré.
—Cuando quieras, Vesper —dice el profesor, ajustándose las gafas.
Respiro hondo. Mi trabajo de fin de curso trata sobre la gestión de crisis de marca y el valor de la identidad en mercados hostiles. Es irónico, considerando que mi vida personal es ahora mismo una marca al borde del colapso. Explico cómo una mentira puede sostener un imperio, pero cómo la transparencia es la única forma de salvar el valor real a largo plazo.
A medida que hablo, mi voz cobra fuerza. Domino las cifras, las proyecciones y el análisis psicológico del consumidor. Por un momento, olvido que Victoria está viva, olvido que mi madre tiene miedo y olvido que nuestra relación es un campo de minas. Solo somos mi intelecto y la mirada de Killian.
Desde el fondo, él me observa con una intensidad que me hace arder la piel. No hay rastro de la frialdad que solía definirlo. Sus brazos están cruzados sobre el pecho y tiene la mandíbula apretada, pero sus ojos brillan con algo que solo puedo describir como un orgullo feroz. Verlo ahí, en mi mundo, protegiéndome con su sola presencia mientras yo demuestro de lo que soy capaz, es la sensación más embriagadora que he sentido nunca.
Él sabe que mi ambición no tiene nada que ver con el dinero de su padre, y por fin lo está viendo con sus propios ojos.
Al terminar, el aula queda en silencio un segundo antes de que el profesor empiece a hacer preguntas técnicas. Respondo a cada una con una precisión quirúrgica. Al bajar del estrado, con la adrenalina todavía recorriéndome las venas, camino directamente hacia el fondo.
Killian se separa de la pared y da un par de pasos hacia mí antes de que nadie pueda interceptarme.
—Has estado increíble, Vesper —murmura, y su voz baja resuena solo para mí, cargada de una sinceridad que me desarma—. Tienes una mente brillante. Me ha quedado claro que no necesitas a los Vane para construir tu propio imperio.
—¿De verdad te ha gustado? —pregunto, sintiendo que finalmente puedo respirar después de días de asfixia.
—Me ha impresionado —responde, y por un segundo, su mano roza la mía, un contacto fugaz que me ancla al suelo—. Eres letal cuando te lo propones.
Por un momento, el peligro parece estar a kilómetros de distancia. Las vacaciones empiezan hoy y, por primera vez, siento que quizás, solo quizás, podamos sobrevivir a lo que venga. Killian está a salvo, el fantasma de su madre no ha vuelto y él me mira como si yo fuera la única inversión en la que valiera la pena apostar todo.
La música retumba en las paredes del local privado que los amigos de Killian han alquilado para celebrar el fin de los exámenes. El ambiente es una mezcla caótica de euforia y alcohol. Mis amigos de la facultad se ríen con los de él, y por un momento, la brecha social parece haberse cerrado bajo las luces de neón.
Killian está a mi lado, con una mano apoyada de forma posesiva en el respaldo de mi silla. Está relajado, riendo con una de las bromas de su amigo de la infancia, y esa imagen de él —sin sombras, sin el peso de su apellido— me llena de una calidez peligrosa. El éxito de mi presentación de marketing y la adrenalina de la fiesta me nublan el juicio.
Siento una mirada clavada en mi nuca. Me giro y ahí está ella: Jazmín. Está en la barra, con una copa en la mano, observándonos con una mezcla de asco y sospecha, como si estuviera esperando el mínimo desliz para confirmar lo que lleva semanas rumiando.
En un arrebato de rebeldía, de puro éxtasis y de ganas de marcar mi territorio después de tantos secretos, me giro hacia Killian. Le tomo la cara con ambas manos y lo beso. No es un beso casto; es un beso cargado de todo el deseo acumulado y de la rabia contenida contra el mundo que intenta separarnos.
El silencio que sigue es ensordecedor. La música parece bajar de volumen por sí sola.
Siento cómo el cuerpo de Killian se tensa bajo mis manos. Se queda paralizado, con los ojos muy abiertos, procesando que acabamos de romper la regla de oro: la discreción. Al separarme, me encuentro con un mar de rostros estupefactos. Mis amigos están boquiabiertos; los de él intercambian miradas de puro shock. Y Jazmín... Jazmín tiene una sonrisa triunfal que me hiela la sangre.
Me quedo pálida. El peso de la realidad me golpea como un jarro de agua fría. "Dios mío, ¿qué he hecho?", pienso, mientras el aire se vuelve escaso. Sin decir una palabra, me abro paso entre la multitud y corro hacia los baños.
Me apoyo en el lavabo, respirando entrecortadamente, tratando de que el mundo deje de dar vueltas. Segundos después, la puerta se abre y Killian entra. Se ve agitado, pero sus ojos no reflejan furia, sino una preocupación intensa.
—Vesper... —dice, acercándose y rodeándome con sus brazos—. Mírame. No pasa nada. Estábamos tardando en explotar, eso es todo.
—Lo he arruinado todo, Killian. Tu padre, mi madre... —susurro contra su pecho, temblando.
—Que les den —responde él con firmeza, obligándome a alzar la vista—. No me importa que lo sepan. No me importa nada que no seas tú.
Pero nuestra burbuja estalla cuando la puerta del baño se abre de un golpe violento, golpeando la pared. Jazmín entra, con el rostro desfigurado por una rabia contenida que finalmente encuentra su salida.
—¡Vaya, vaya! —exclama, aplaudiendo con una lentitud sarcástica—. Así que este era el gran secreto. No era que fueras una pobre recogida agradecida, es que estabas trepando directamente a la cama del hijo del dueño. ¡Qué asco me dais!
—Fuera de aquí, Jazmín —sisea Killian, poniéndose delante de mí como un escudo.
—¡No me voy a ninguna parte! —grita ella, y su voz sube de tono hasta que estoy segura de que se escucha fuera—. Ahora lo entiendo todo. Las miradas, las escapadas... ¡Sois unos enfermos! ¿Qué pensará Román cuando sepa que su "familia perfecta" es un nido de perversión? ¿Qué pensará tu madre, Vesper, cuando sepa que su hija es una cualquiera que se vende al mejor postor para asegurar su sitio en la mansión?
La discusión estalla con una fuerza destructiva. Jazmín empieza a soltar insultos hirientes, sacando a relucir cada inseguridad que he tenido desde que llegué a Tahoe. Killian responde con una frialdad letal, pero Jazmín ya no tiene miedo. Ha encontrado el arma definitiva para destruirnos y no piensa soltarla hasta que vea sangre.
El aire en el baño se volvió irrespirable. La voz de Jazmín se había transformado en un chillido agudo que rebotaba contra los azulejos, cargado de un resentimiento que llevaba semanas cocinándose. Estaba fuera de sí, con el rímel corrido y el cuerpo temblando de puro odio.
—¡Díselo, Killian! ¡Dile que solo es un capricho porque la tienes cerca! —gritó ella, dando un paso agresivo hacia nosotros—. ¡Tú y yo crecimos juntos! ¡Ese lugar me pertenecía a mí! ¡Esa casa, ese apellido… todo debería haber sido para alguien de nuestra clase, no para esta muerta de hambre!
Sentí cómo el cuerpo de Killian se tensaba a mi lado. Pero, para mi sorpresa, soltó una carcajada seca, carente de cualquier pizca de humor. Me apretó más fuerte contra su costado y la miró con un desprecio que la hizo retroceder un milímetro.
—¿Tu lugar? Jazmín, nunca hubo un lugar para ti —sentenció él con una calma que me heló la sangre—. Y si tanto te preocupa lo que piense mi padre, adelante. Cuéntaselo. Corre a decirle a Román que estoy enamorado de Vesper. Me importa una mierda. No pienso esconderme más porque ella es lo único real que hay en esa mansión. Solo quiero estar con ella, y si eso significa que el mundo arda, que así sea.
Escuchar esas palabras me detuvo el corazón. "Enamorado". Lo había dicho delante de ella, sin vacilar.
Pero para Jazmín, aquello fue el detonante final. Soltó un alarido de frustración y, en un arranque de locura, se lanzó físicamente contra Killian. Golpeaba su pecho con los puños cerrados, fuera de control, chillando que yo le había robado su vida.
—¡Era mío! ¡Tú eras mío antes de que ella llegara! —chillaba, intentando apartarme de un manotazo.
Algo dentro de mí se rompió en ese instante. Semanas de silencio, de ocultar el secreto de su madre para protegerlo, de aguantar sus desprecios por ser "la hija de la empleada", estallaron. Me zafé del brazo de Killian y me planté frente a ella, empujándola hacia atrás con una fuerza que me sorprendió a mí misma.
—¡Basta ya! —le grité directamente a la cara, obligándola a detenerse por el puro impacto de mi voz—. ¡Deja de actuar como si fueras la dueña de alguien! No eres una víctima, Jazmín, eres una niña malcriada que no soporta que nadie le diga que no. Killian nunca fue tuyo porque no es un objeto, y si te duele verme en "tu lugar", prepárate, porque no pienso irme a ninguna parte. ¡Es mi lugar porque él así lo quiere!
Jazmín se quedó muda, jadeando, con los ojos desorbitados. Nadie le había hablado así en su vida. El silencio en el baño era denso, cargado de una electricidad violenta.
Killian no esperó a que ella recuperara el aliento. Me agarró firmemente de la cintura, atrayéndome hacia él en un gesto protector, y me guio hacia la salida sin dedicarle una sola mirada más.
Atravesamos la fiesta como un huracán. Notaba las miradas de todos clavadas en nosotros, los murmullos que se extendían como la pólvora, pero Killian no soltó mi mano ni un segundo hasta que llegamos al coche. Una vez dentro, el silencio del motor apagado fue mi único refugio.
—Vesper —dijo, girándose hacia mí. Su rostro estaba tenso, pero sus ojos buscaban los míos con una devoción absoluta—. Lo que dije ahí dentro... lo decía en serio. No me importa Román. No me importa lo que piense nadie. Se acabó el esconderse.
—¿Y ahora qué? —pregunté, sintiendo cómo el temblor de la adrenalina empezaba a dejar paso al cansancio—. Mañana todo el mundo hablará de esto. Román se va a enterar.
Killian puso una mano sobre mi nuca, acercándome para darme un beso corto y firme en la frente, un gesto que me transmitió más seguridad que mil palabras.
—Ahora te llevo a casa. Mañana será otro día, pero esta noche, por fin, todo el mundo sabe que eres mía y yo soy tuyo.
Mientras arrancaba el motor y enfilábamos la carretera hacia Tahoe, miré por la ventana. Sabía que la calma de los últimos días se había terminado, pero al sentir su mano entrelazada con la mía, por primera vez, no tuve miedo de lo que nos esperaba al llegar a la mansión.




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