Lo que la sangre no perdona

27 Presentación oficial

Vesper

El espejo me devuelve la imagen de una desconocida. Llevo un vestido de seda medianoche que se ajusta a mi cuerpo como una segunda piel y el cabello recogido en un moño elegante que deja al descubierto la línea de mi cuello. Pero lo que más me impresiona no es el vestido, sino la mirada. Ya no hay rastro de la chica que se escondía en los rincones para no ser vista.
Unos golpes suaves en la puerta me sacan de mis pensamientos. Es Killian. Cuando entra, se queda paralizado un segundo en el umbral. Está impecable con un esmoquin negro a medida; parece el vivo retrato del poder de los Vane, pero sus ojos, al mirarme, son solo para mí.
—Estás… —se detiene, buscando la palabra— letal, Vesper.
—Tengo miedo, Killian —confieso, aunque trato de mantener la voz firme—. Media ciudad estará en esa gala. Los fotógrafos, los Miller…
—No vas sola —me corta él, acercándose para tomar mis manos—. Y no entramos por la puerta de atrás.
Bajamos al vestíbulo, donde Román y mi madre nos esperan. Román luce imponente, como un emperador preparándose para la batalla. Mi madre, Sam, lleva un vestido color esmeralda que resalta su belleza, aunque noto un ligero temblor en sus dedos.
—Escuchadme bien —dice Román, su voz resonando en el mármol del recibidor—. Esta noche no quiero dudas. No quiero cabezas bajas ni miradas de disculpa. No tenemos por qué escondernos de nadie. Somos la familia Vane, y quien tenga un problema con eso, tendrá un problema conmigo.
Killian me ofrece el brazo y yo lo acepto, sintiendo la firmeza de sus músculos. Román abre la puerta y nos indica que salgamos.
—Entraremos los cuatro juntos —sentencia Román—. En bloque. Que vean que no hay fisuras.
El trayecto en la limusina es silencioso pero cargado de una energía eléctrica. Cuando llegamos al hotel donde se celebra la gala, el estallido de los flashes de los fotógrafos es ensordecedor. La noticia de la revista ha provocado un frenesí mediático sin precedentes.
La puerta del coche se abre. Román sale primero y ofrece su mano a mi madre con un gesto caballeroso y posesivo. Luego, Killian sale y se gira para ayudarme a bajar.
En cuanto mis pies tocan la alfombra roja, el ruido de las cámaras aumenta. Los murmullos de la gente que espera a la entrada se elevan como un enjambre de avispas. "¡Son ellos!", "¡Mira a la hija de la pareja de Vane!", "¡Van juntos!".
Siento la mano de Killian apretando la mía con fuerza, un ancla en medio de la tormenta. Caminamos justo detrás de Román y Sam. No hay vacilación en nuestros pasos.
Al entrar en el gran salón de baile, el silencio se extiende por la estancia como una ola. Cientos de personas se giran para mirarnos. Veo a los Miller en una esquina, con Jazmín aferrada al brazo de su padre, mirándonos con una mezcla de horror y odio puro.
Pero nosotros no nos detenemos. Román avanza con la cabeza alta, guiándonos hacia el centro de la sala, reclamando su territorio. Killian se inclina hacia mi oído, su aliento cálido rozando mi piel en medio del escrutinio público.
—Mira hacia adelante, Vesper —me susurra—. Hoy el mundo se entera de que no eres un secreto. Eres mi prioridad.
Sonrío, y esta vez la sonrisa es real, desafiante. Por primera vez, no soy la hija de la empleada ni la protegida de Román. Soy la mujer que camina al lado de Killian Vane, y no tengo intención de volver a esconderme nunca más.
El aire en el salón de baile es denso, cargado de un perfume caro y de una hipocresía que se puede cortar con un cuchillo. Siento cientos de ojos clavados en nosotros, diseccionando cada uno de mis movimientos, pero el brazo de Killian es una roca a la que me aferro.
No tardan ni cinco minutos en aparecer los primeros "curiosos". Un grupo de empresarios y mujeres de la alta sociedad se acercan a Román con sonrisas tensas, esas que esconden una sed insaciable de cotilleo.
—Román, querido —dice una mujer enjoyada, lanzándome una mirada fugaz de arriba abajo—, hemos visto las noticias de esta mañana. Menuda sorpresa. No sabíamos que tu... familia política fuera tan cercana.
Román ni siquiera parpadea. Sostiene su copa de cristal con una elegancia letal y los mira con una frialdad que hace que la mujer retroceda un paso.
—No hay ninguna sorpresa —responde Román, su voz cortante como una cuchilla—. Mi hijo tiene buen gusto y yo sé reconocer a alguien que vale la pena tener en esta familia. Si habéis venido a preguntar por mi vida privada, podéis ahorraros el aliento. Mi aprobación es lo único que importa aquí. ¿Alguna duda más?
El grupo se dispersa al instante, murmurando disculpas atropelladas. Ver a Román ser tan tajante, tan protector, me da un subidón de adrenalina que nunca antes había sentido. Ya no soy una intrusa.
—Voy a por algo de beber —le susurro a Killian. Él me mira con duda, pero le sonrío para tranquilizarlo—. Estaré bien. Solo son dos pasos.
Me separo de él y me acerco a la mesa de las bebidas. Apenas tomo una copa de champán cuando una sombra me bloquea el paso. Es Jazmín. Su vestido es precioso, pero su rostro está desfigurado por una amargura que la hace parecer años mayor.
—Disfrútalo mientras dure, muerta de hambre —sisea, acercándose tanto que puedo oler su perfume—. Crees que porque Román ha dado el espectáculo hoy, ya eres una de nosotros. Pero en cuanto las luces se apaguen, volverás a ser la hija de la criada. Nadie te quiere aquí. Estás a una sola foto de que te echemos a patadas.
Hace apenas dos días, esas palabras me habrían hecho llorar. Pero hoy, algo ha cambiado. Siento el peso del apoyo de mi madre, la lealtad de Killian y, sorprendentemente, la sombra protectora de Román a mi espalda.
—¿Sabes qué es lo que más te duele, Jazmín? —le respondo, manteniendo la voz baja pero firme, mirándola directamente a los ojos—. No es que yo esté aquí. Es que a nadie le importa lo que tú pienses. Has pasado toda la vida creyendo que este era tu lugar por derecho, y resulta que ni siquiera eras una opción.
Jazmín abre la boca, indignada, levantando una mano como si fuera a darme una bofetada.
—¡Eres una zorra trepadora! Te voy a destruir, te juro que...
—Inténtalo —la voz de Killian surge detrás de mí, fría y amenazante. Siento su mano posesiva apoyarse en mi cintura—. Toca un solo pelo de Vesper, Jazmín, o vuelve a abrir esa boca para insultarla, y me encargaré personalmente de que ni tú ni tus padres volváis a ser invitados ni a una merienda en este estado.
Jazmín palidece, mirando a Killian con una mezcla de súplica y horror.
—Killian, ¿estás defendiendo a esta...?
—Estoy defendiendo a mi pareja —la corta él, con un tono definitivo—. Y si tienes algún problema con eso, ya has oído a mi padre: ahí está la puerta.
Vesper, con la cabeza alta, da un sorbo a su copa mientras Jazmín se da la vuelta, humillada por segunda vez en el día. Me giro hacia Killian y él me dedica una media sonrisa llena de orgullo.
—Lo has hecho muy bien —murmura.
—Ya no tengo miedo —le respondo con sinceridad—. Porque ahora sé quiénes son mi familia.




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