Vesper
El silencio que sigue a las palabras de Killian es más doloroso que cualquier grito. Me quedo de pie en medio de su habitación, viéndolo darme la espalda en la cama, convertido en un muro de piedra impenetrable. Entiendo el mensaje: para él, la conversación —y quizás algo más— se ha terminado.
Con el pecho apretado y las manos temblando, recojo mi bata y salgo de su dormitorio. Entro en mi habitación, la que está justo al lado, y cierro la puerta sin hacer ruido. En cuanto me desplomo sobre la cama, el peso de las últimas veinticuatro horas me cae encima como una losa.
Lloro en silencio, ahogando los sollozos en la almohada. Sé que la he fastidiado. Sé que mis celos han sido injustos, pero los nervios de la gala, el desprecio de los Miller y la presión de ser "la elegida" de los Vane se han acumulado en mi interior hasta explotar. He descargado toda mi ansiedad en la persona que más me ha protegido, y el miedo a perderlo por mi propia inseguridad me desgarra.
Me quedo dormida con el rostro húmedo y un vacío amargo en el estómago.
Cuando despierto, la luz del sol entra con una claridad que me resulta insultante. Me levanto de un salto y voy directa a la habitación de al lado, con el corazón en la garganta y las disculpas quemándome en la lengua.
Llamo suavemente. Nadie responde. Abro la puerta y me encuentro con la cama perfectamente hecha y el olor de su perfume flotando en el aire, pero él no está. Bajo a la cocina y encuentro a uno de los empleados.
—El señor Killian se ha marchado a la empresa hace dos horas —me dice con cortesía—. Tenía reuniones urgentes.
Mi gozo en un pozo. Saco el móvil y, tras dudar un minuto entero, le envío un mensaje: "Lo siento. Sé que me equivoqué anoche. Estaba sobrepasada por todo y lo pagué contigo. ¿Podemos hablar cuando vuelvas? Te quiero".
No hay respuesta inmediata. Sé que está dolido, y con razón.
Decido que no puedo quedarme encerrada en la mansión dándole vueltas a la cabeza, así que cojo mis cosas y me marcho a ver a Lina. Si yo estoy mal, ella debe de estar en el infierno.
La encuentro en su apartamento, con las cortinas echadas y una montaña de pañuelos en la mesa. Tiene los ojos hinchados y el móvil apagado sobre el sofá.
—Es un desastre, Vesper —me dice con voz ronca en cuanto entro—. No puedo dejar de pensar en ese mensaje. Siento que en cualquier momento alguna de esas chicas de la ciudad me lo va a quitar.
Me siento a su lado y le tomo la mano. Al verla así, me veo a mí misma anoche, y me doy cuenta de lo destructivas que estamos siendo.
—Lina, escúchame —le digo con firmeza—. Hablé con Killian. Él estuvo con Kai anoche, y me confirmó que Kai ni siquiera respondió a esa chica. Están cansados, Lina. Están cansados de que dudemos de ellos cuando nos están dando nuestro lugar frente a todo el mundo.
—Pero... ¿y si algún día sí responde? —murmura ella con miedo.
—No podemos vivir castigándolos por lo que podría pasar. Kai te quiere a ti. Se ha enfrentado a sus propios demonios por estar contigo. No dejes que un mensaje de una desconocida destruya lo que tenéis. Llámalo, Lina. Pídele perdón por la desconfianza. Si no lo haces ahora, el orgullo va a levantar un muro que no podréis saltar después.
Lina me mira, duda unos segundos, y finalmente alcanza su teléfono. Veo cómo sus dedos marcan el número de Kai mientras yo suspiro, dándome cuenta de que dar consejos es mucho más fácil que aplicárselos a una misma. Solo espero que, para cuando Killian vuelva a casa, no sea demasiado tarde para derribar el muro que yo misma construí anoche.
Lina sostiene el teléfono con manos temblorosas. El tono de llamada resuena en el salón, cargado de una tensión que casi puedo palpar. Al tercer tono, escucho la voz de Kai al otro lado, algo ronca y distante. Están trabajando; de fondo se oye el ajetreo de la oficina de los Vane.
—¿Kai? —la voz de Lina se quiebra—. Soy yo.
—Hola, Lina —responde él con una cautela que me duele.
Mientras ella empieza a balbucear las primeras palabras de su disculpa, noto un breve silencio en la línea. Al otro lado, una voz familiar y profunda interrumpe a Kai. Es Killian. Solo alcanzo a oír una pregunta seca y directa:
—Pregúntale si Vesper está con ella.
Lina se queda petrificada. Aparta el móvil un segundo y me mira con los ojos muy abiertos. Killian sabe perfectamente cómo funcionamos; sabe que si nosotras estamos mal, nos buscamos. Le asiento con la cabeza, dándole permiso para ser sincera. No más juegos.
—Sí... —dice Lina al fin, volviendo al teléfono—. Vesper está aquí conmigo, Kai.
No escucho lo que Killian dice después, pero veo cómo la expresión de Lina empieza a cambiar. Kai vuelve a tomar el control de la conversación. Lina comienza a hablar, esta vez con el corazón en la mano. Le pide perdón por el ataque de celos, por no haber confiado en el silencio de ese mensaje y por haber dejado que su inseguridad empañara lo que tienen.
Es una reconciliación pura, llena de susurros y promesas de escucharse mejor. Veo cómo los hombros de mi amiga se relajan y cómo, finalmente, una pequeña sonrisa de alivio aparece en su rostro mientras se despiden.
En cuanto cuelga el teléfono, Lina se lanza a mis brazos, apretándome con fuerza.
—Gracias, Vesper —solloza contra mi hombro, esta vez con lágrimas de alegría—. Gracias por obligarme a llamarlo. Está todo bien entre nosotros. Me ha dicho que me quiere y que vendra a buscarme en un rato.
La abrazo de vuelta, feliz por ella, pero con un peso distinto en el estómago. Lina y Kai han derribado su muro, pero yo sigo esperando el mío. Killian solo ha preguntado si yo estaba aquí; no ha mandado mensajes de cariño, ni ha dado instrucciones de perdón. Sabe dónde estoy, y eso es todo lo que ha necesitado confirmar.
—Me alegro mucho, de verdad —le digo, tratando de que mi voz no tiemble—. Ahora solo falta que yo sea capaz de arreglar mi propio desastre cuando lo tenga delante.
Necesito aire. Después de ver a Lina recuperar su estabilidad, la presión en mi pecho solo ha aumentado. Me despido de ella y camino hacia mi heladería preferida, un pequeño rincón que siempre ha sido mi refugio cuando el mundo se vuelve demasiado ruidoso.
Al entrar, me doy cuenta de que el hombre mayor que siempre me atendía no está. En su lugar, hay un chico joven, de unos veintitantos, que me dedica una sonrisa demasiado brillante en cuanto me acerco al mostrador.
—Hola, preciosa. No te había visto por aquí antes —dice, apoyando los codos en el cristal mientras me escanea de arriba abajo—. ¿Qué te pongo? El de chocolate es casi tan dulce como tú.
—Solo un helado de vainilla, por favor —respondo, tratando de mantener una distancia cortés.
—Vainilla... —él suelta una risita, sin dejar de mirarme de esa forma intensa—. Un clásico. Pero alguien como tú debería probar algo más arriesgado. Si te quedas hasta que cierre, puedo invitarte a algo mejor.
Estoy a punto de contestar con sequedad cuando siento una presencia abrumadora a mis espaldas. Un aroma a colonia cara y poder me envuelve de golpe, y la sombra que se proyecta sobre el mostrador me indica exactamente quién es. El chico de los helados pierde la sonrisa al instante, palideciendo mientras mira por encima de mi hombro. El silencio de Killian es más aterrador que cualquier grito.
—Dale lo que ha pedido —la voz de Killian resuena, fría y cargada de una autoridad letal—. Y guarda tus sugerencias para alguien que tenga el más mínimo interés en escucharlas. No volverás a dirigirte a ella así.
El chico asiente atropelladamente, sirve el helado con manos temblorosas y ni siquiera se atreve a cobrarme. Killian me toma del brazo, no con brusquedad, pero sí con una firmeza que no admite réplica, y me guía fuera del local hacia su coche.
No dice una palabra mientras conduce. El ambiente en el deportivo es eléctrico. Sale de la zona urbana y, tras unos minutos, frena de golpe en un descampado a las afueras, un lugar solitario desde donde se ve la silueta de la ciudad.
Apaga el motor y se gira hacia mí. Sus ojos, que anoche estaban apagados, ahora brillan con una mezcla de reproche y algo que reconozco al instante: celos. Es irónico.
—¿Así que ahora te dedicas a pasearte por ahí para que cualquier imbécil te suelte lo primero que se le pase por la cabeza? —suelta, apretando el volante con fuerza.
—Killian, solo quería un helado... —intento decir, pero él me corta.
—¡Me importa un bledo el helado, Vesper! —se gira por completo hacia mí—. Anoche me hiciste sentir como un criminal, me acusaste de engañarte con cualquier sombra, y hoy llego y tengo que aguantar a un tipo babeando por ti mientras tú simplemente le sonríes. Me jode. Me jode pensar que mientras yo estoy trabajando, hay tipos intentando acercarse a lo que es mío.
Me quedo mirándolo, sorprendida. El hombre que anoche pedía confianza absoluta está ahora lidiando con sus propios demonios. La arrogancia de los Vane no soporta la idea de la competencia.
—¿Ahora eres tú el celoso? —le pregunto en un susurro, acercándome a él.
—No son celos, es que no soporto que te miren así —gruñe, aunque su postura empieza a ceder—. Pero supongo que ahora entiendo un poco más el infierno que pasaste anoche.
—Killian, lo siento —le digo, poniendo mi mano sobre la suya—. Lo de anoche fue el miedo a perderte. Y lo de hoy... bueno, ya has visto que no tengo ojos para nadie más.
Él suspira, soltando el aire que parecía tener contenido desde la madrugada. Se inclina hacia mí, acortando la distancia, y me toma el rostro entre las manos. Su mirada se suaviza, volviendo a ser el Killian que solo yo conozco.
—Somos un desastre, Vesper —murmura contra mis labios—. Pero eres mi desastre. No vuelvas a dudar de lo que siento por ti.
El beso que sigue es una reconciliación en toda regla, cargado de alivio y de esa pasión que solo nosotros sabemos encender. La tormenta ha pasado, y aunque ambos somos territoriales y complicados, en este descampado, lejos de las miradas del mundo, volvemos a ser simplemente dos personas que se pertenecen por completo.
#2385 en Novela romántica
#810 en Chick lit
mafia amor amistad aventura, mafia adolescentes accion romance, amor celos
Editado: 17.05.2026