Vesper
El regreso a la mansión es mucho más silencioso que la ida. Killian conduce con una mano en el volante y la otra entrelazada con la mía, su pulgar acariciando mi nudillo con una posesividad que ya no me molesta, sino que me calma. Después de lo que acaba de ocurrir en el descampado, el mundo parece haberse reordenado.
Al cruzar el umbral de casa, me siento expuesta. Mi pelo, aunque he intentado arreglármelo, conserva el aroma de la tierra y de él. Subo directamente a mi habitación, necesitando una ducha larga que borre los restos de la batalla, pero antes de que pueda encerrarme, escucho una voz que me detiene en seco.
—Te ves... diferente.
Mi madre, Sam, está apoyada en el marco de la puerta de su estudio. Me observa con esa mirada analítica que siempre me ha hecho sentir que puede leer mis pensamientos como si fueran un libro abierto.
—Solo he dado una vuelta, mamá —miento, sintiendo un leve rubor.
—No es el aire lo que te ha cambiado —dice ella, acercándose—. Es él. He visto la prensa de hoy, he escuchado los rumores. Estás metida hasta el cuello en el mundo de los Vane, Vesper. Y no hablo de dinero. Hablo de fuego.
Entro en el estudio y cierro la puerta detrás de mí. El ambiente aquí dentro es más tranquilo, pero el peso de sus palabras es innegable.
—Lo quiero, mamá —respondo con sinceridad.
Sam suspira y se sienta en su escritorio, señalándome el sofá.
—Amar a un Vane es como intentar abrazar una tormenta. Es emocionante, sí, te hace sentir viva, pero esa misma intensidad que te hace volar es la que puede quemar tus alas si no tienes cuidado. Killian es un hombre oscuro, Vesper. Tiene celos, tiene secretos y tiene un padre que maneja esta ciudad como si fuera su tablero de ajedrez.
—Ya lo sé —digo, pensando en la escena de la heladería y en los gritos de anoche—. Pero también es quien me protege cuando todos los demás me ven como una intrusa.
—Esa protección tiene un precio —me advierte ella, mirándome a los ojos—. El precio es que nunca volverás a ser una chica normal. Siempre habrá alguien intentando trepar, alguien envidiando lo que tienes, y sobre todo, siempre habrá esa vigilancia constante. Los celos que has sentido hoy... eso no se va a ir. Es parte del ecosistema en el que te has metido. ¿Estás preparada para endurecer tu piel? Porque si sigues siendo la chica que se derrumba por un mensaje o un comentario, este mundo te va a devorar.
Sus palabras golpean donde más duele, porque sé que tiene razón. Recordar la furia que sentí anoche, y la que él sintió hoy al verme con el heladero, me hace ver que nuestra relación no será un camino de rosas. Será una trinchera.
—No me voy a ir, mamá. No voy a renunciar a él.
Sam esboza una media sonrisa, triste pero orgullosa.
—Entonces, si vas a ser una Vane de facto, asegúrate de ser la que mande en la sombra. Killian es fuerte, pero tú tienes algo que él no tiene: la capacidad de ver la verdad sin estar cegada por el orgullo. Si decides quedarte a su lado, hazlo con los ojos bien abiertos. No seas su víctima, sé su igual. Porque en esta familia, o eres el depredador o eres la presa.
Me levanto y la abrazo. Por primera vez, no siento que ella me esté alejando de Killian, sino preparando para la guerra que sé que está por venir.
Al salir del estudio, me encuentro con Killian apoyado en la pared del pasillo. No sé cuánto tiempo lleva ahí, pero su mirada es oscura y decidida.
—¿Has terminado de que te den lecciones? —pregunta, acercándose a mí.
—He terminado de entender dónde estoy —respondo, levantando la barbilla.
—Bien —dice él, rodeándome la cintura—. Porque nos vamos a almorzar. Kai y Lina nos esperan, y después de eso... tenemos que ocuparnos de los Miller. Mi padre está perdiendo la paciencia, y yo también.
Asiento. La chica que lloraba en su habitación hace doce horas ha muerto. La que queda hoy está lista para lo que sea.
El almuerzo con Kai y Lina sirve para sellar la paz definitiva. Ver a Lina sonreír de nuevo, agarrada del brazo de un Kai que parece haber recuperado su eje, me da la tranquilidad que necesitaba. Pasamos la tarde juntos, riendo y compartiendo confidencias, como si el drama de la noche anterior fuera un mal sueño. Sin embargo, la tregua dura poco.
Al caer el sol, el deber llama. Hay una recepción en la mansión de los Sterling, una de las familias que manejan los hilos financieros de la ciudad. Román nos ha dejado claro que es una asistencia obligatoria: tenemos que "dejarnos ver" como el frente unido que somos.
—Solo una hora —me promete Killian mientras me ayuda a subir la cremallera de mi vestido—. Entramos, saludamos a los Sterling, brindamos con mi padre y Sam, y nos largamos.
Pero el vestido que he elegido no es precisamente para pasar desapercibida. Es un diseño de seda negra, con la espalda totalmente descubierta hasta la base de la columna y una abertura en la pierna que llega hasta el muslo. Es provocativo, audaz y grita confianza. Si voy a ser una Vane, como dijo mi madre, voy a ser la que todos recuerden.
Nuestra llegada a la fiesta causa un silencio súbito seguido de un murmullo eléctrico. Killian camina a mi lado, con una mano posesiva en mi cintura, luciendo impecable en su traje a medida. Somos el centro de todas las miradas, el foco de todos los flashes.
Mientras Román y mi madre se quedan hablando con el anfitrión, Killian se aleja un segundo para saludar a un socio comercial. Yo me quedo junto a la barra, esperando mi copa, cuando siento una presencia que invade mi espacio personal.
Es Julian Sterling, el hijo del anfitrión. Es joven, arrogante y tiene esa mirada de quien cree que todo en esta habitación tiene un precio.
—Vane tiene buen gusto, tengo que admitirlo —dice, recorriendo mi cuerpo con una lentitud insultante—. Pero me pregunto si una joya como tú no se aburrirá de estar siempre en la misma caja.
—La caja es más grande de lo que podrías permitirte, Julian —respondo sin siquiera mirarlo.
—Dime —insiste, acercándose más, ignorando el peligro evidente—, ¿qué hace falta para que me dediques un baile? ¿O es que Killian te tiene prohibido hablar con hombres de verdad?
Siento la tensión en el aire antes de verlo. Killian ya se ha girado y camina hacia nosotros con paso lento, la mandíbula apretada y esa mirada de depredador que indica que Julian está a punto de ser destruido públicamente.
Pero no dejo que llegue. Esta vez, la lección de mi madre resuena en mi cabeza: sé su igual.
Doy un paso al frente, invadiendo el espacio de Julian, y le clavo la mirada con una frialdad que lo deja mudo.
—Escúchame bien —digo, con la voz lo suficientemente alta para que los que nos rodean se detengan a escuchar—. No soy una joya, ni un trofeo, ni alguien a quien puedas comprar con un par de frases baratas.
Julian intenta sonreír, pero su seguridad flaquea cuando ve a Killian posicionarse justo detrás de mí, como una sombra letal.
—Si quieres saber de quién soy, te lo voy a dejar muy claro para que no pierdas el tiempo —continúo, elevando mi mano para que Killian la tome—. Soy de Killian Vane. Y en este mundo, eso significa que estoy fuera de tu alcance, del de tu padre y del de cualquier otro que crea que puede acercarse.
Killian me mira con una mezcla de sorpresa y orgullo absoluto. Sus dedos se entrelazan con los míos con una fuerza arrolladora. Julian retrocede, palideciendo, mientras los susurros en la sala se intensifican. He marcado mi territorio. He aceptado la corona.
Killian se inclina hacia mi oído, su aliento caliente contra mi piel mientras ignora por completo al tipo que tiene delante.
—Me has dejado sin trabajo, fiera —murmura con una sonrisa oscura—. Vámonos de aquí. Ya has dejado claro quién manda.
Salimos de la fiesta bajo el estruendo de los murmullos, dejando atrás a los Sterling y la mediocridad. Ya no soy la chica que duda. Soy la mujer de Killian, y esta noche, la ciudad entera ha aprendido que meterse conmigo es meterse con el infierno mismo.
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Editado: 17.05.2026