Lo que la sangre no perdona

30 El silencio tras el cristal

Vesper

El sol entra con una claridad insultante por los ventanales del comedor, como si el mundo no supiera que anoche, entre las sábanas de Killian, se sellaron promesas que no admiten vuelta atrás. Bajamos juntos, con esa complicidad silenciosa que queda después de habernos dicho "te amo".
El desayuno es una escena de una normalidad casi inquietante. Román preside la mesa con su habitual rigidez, pero hay una suavidad extraña en los ojos de mi madre, Sam, mientras me observa. Kai y Lina están allí también, compartiendo risas discretas sobre lo que ocurrió en la fiesta de los Sterling. Todo parece estar en su sitio: las tazas de porcelana, el olor a café recién hecho y la seguridad de que somos un bloque unido.
Pero yo tengo un nudo en el estómago que no me deja probar bocado. Cada vez que miro a Killian, recuerdo a la mujer que vi en esta misma mansión. Recuerdo su frialdad, su desprecio por todo lo que no fuera el saldo de su cuenta bancaria, y el hecho de que él sigue creyéndola muerta. Me quema el secreto bajo la lengua, pero las palabras de mi madre resuenan en mi cabeza: “No es el momento, Vesper. Lo destrozarías”.
Killian me aprieta la mano por debajo de la mesa, ajeno a mi tormento.
—He pasado una noche increíble —me susurra al oído, provocándome un escalofrío—. Pero tengo que ponerme con unos contratos de la corporación que me están dando dolor de cabeza. Me encerraré en el despacho un par de horas. ¿Me esperarás?
—Siempre —respondo, intentando que mi sonrisa no parezca una máscara de cristal a punto de romperse.
Él le dedica un asentimiento respetuoso a Román, me da un beso rápido en la sien y se marcha hacia su ala privada. Me quedo observando su espalda mientras se aleja, sintiendo que el aire se vuelve más pesado con cada paso que da.

Killian

Necesito concentrarme. El trabajo es lo único que logra silenciar el ruido de mis propios sentimientos. Me encierro en mi despacho y abro los balances financieros de la corporación Vane. Busco una discrepancia en los contratos de logística, pero mis ojos se desvían hacia una partida de gastos confidenciales que siempre me ha parecido sospechosa.
Entro en el sistema, saltándome protocolos de seguridad que mi padre cree infalibles. Mis dedos vuelan sobre el teclado, rastreando una ruta de dinero que nace en las cuentas principales y muere en un banco suizo.
Y entonces, el nombre aparece en la pantalla, nítido y cruel: Victoria D’Amico.
El mundo parece detenerse. Victoria D’Amico, el nombre de soltera de mi madre. La mujer que debería estar bajo tierra desde hace quince años. Reviso la fecha del último movimiento: hace tres días.
Siento que la sangre se me congela en las venas. No es un error administrativo. No es un fantasma. Es una mujer que respira y que cobra una mensualidad astronómica por no estar a mi lado.
Bajo a la biblioteca como un animal herido, con los informes impresos arrugados en mi puño. Entro sin llamar, encontrando a Román sirviéndose un whisky.
—¡Dime quién es Victoria D’Amico ahora mismo! —grito, lanzando los papeles sobre su mesa—. ¡Dime por qué le estás pagando una fortuna a una mujer que debería estar muerta!
Román deja el vaso con una calma que me hace querer destrozarlo todo.
—Ese dinero es el precio de tu tranquilidad, Killian. Le ofrecí volver. Le ofrecí ser madre. Pero ella puso un precio a su ausencia. Eligió el dinero antes que a su hijo.
En ese momento, la puerta se abre. Sam y Vesper entran, alertadas por mi furia. Sam se queda en el umbral, con el rostro desencajado, pero mi mirada se clava en Vesper. Ella no parece sorprendida. No hay confusión en sus ojos, solo una culpa desgarradora.
—Vesper... —mi voz se quiebra—. Dime que no es verdad. Dime que no sabías que mi madre está viva y cobrando por mantenerse lejos de mí.
Vesper no dice nada. Se queda allí, con los labios apretados y los ojos llenos de lágrimas, bajando la cabeza en un silencio que lo confirma todo. Mi corazón, que ella misma se encargó de reconstruir anoche, se hace añicos definitivamente. Ella lo sabía. Ella me dejó seguir llorando a una muerta mientras la viva se llenaba los bolsillos.
El silencio de Vesper me golpea con más fuerza que cualquier confesión de mi padre. Verla allí, con los hombros hundidos y la mirada fija en el suelo, es la confirmación de que mi vida entera ha sido un decorado de cartón piedra. La mujer que anoche me decía que yo era su hogar, me ha estado ocultando que los cimientos de ese hogar estaban construidos sobre la mentira más cruel de todas.
—Killian... —la voz de Vesper es un susurro roto mientras da un paso hacia mí, con las manos extendidas—. Por favor, escúchame. No te lo dije porque... porque ella no es quien tú crees. Solo quería protegerte de ese dolor. Perdóname, por favor.
—¿Protegerme? —suelto una carcajada amarga que suena a cristales rotos—. Me has visto buscar respuestas en el vacío. Me has visto odiarme a mí mismo pensando que no fui suficiente para que ella se quedara. ¡Y tú lo sabías! ¡Sabías que estaba aquí, en esta misma casa, cobrando por su indiferencia!
—¡Killian, basta! —interviene Román, pero lo silencio con una mirada cargada de un odio que nunca antes le había dirigido.
Vuelvo a clavar mis ojos en Vesper. Las lágrimas corren por sus mejillas, pero ya no me conmueven. Solo veo una traición que me quema las entrañas. La confianza, esa cosa frágil que decidí entregarle anoche sin reservas, ha muerto.
—No quiero tus disculpas, Vesper. No quiero tus razones —digo con una frialdad que me hiela hasta a mí mismo—. Pensé que eras diferente a ellos. Pensé que contigo las sombras no existían. Pero eres igual que mi padre: decides qué verdad merezco conocer y cuál no.
—No digas eso... —solloza ella, intentando tocar mi brazo.
Me aparto de ella como si su contacto me quemara. La miro por última vez, borrando de mi mente la imagen de la chica de la que me enamoré para dejar solo el rastro de la mujer que me ha mentido a la cara.
—Se acabó, Vesper. No vuelvas a dirigirme la palabra. No vuelvas a entrar en mi habitación ni a cruzarte en mi camino. Para mí, desde este momento, estás tan muerta como la madre que imaginé todos estos años.
—¡Killian! —grita Sam, pero la ignoro.
—Hemos terminado —sentencio, con una autoridad letal que no admite réplica.
Me doy la vuelta y salgo de la biblioteca. Camino por los pasillos de la mansión ignorando los latidos de mi propio corazón, que parece querer salirse del pecho. La furia es lo único que me mantiene en pie. Salgo a la entrada principal, subo a mi coche y arranco, quemando rueda sobre la grava.
Necesito velocidad. Necesito que el aire me arranque la sensación de sus manos sobre mi piel. He perdido a mi madre dos veces en un solo día, y he perdido a la única mujer que amé en el proceso. No voy a perdonar. Los Vane no perdonan las mentiras que nos dejan desnudos frente al mundo. Y hoy, Vesper me ha dejado más solo de lo que he estado en toda mi vida.
El mundo se ha vuelto un lugar demasiado ruidoso y, a la vez, insoportablemente vacío. Llevo horas conduciendo sin rumbo, con la imagen de Vesper bajando la cabeza grabada a fuego en mis retinas. Cada vez que cierro los ojos, siento el peso de su traición. Me prometió la verdad y me dio el silencio de un cómplice.
Termino en The Abyss, un club exclusivo donde la moral se queda en el guardarropa junto con los abrigos caros. Necesito apagar el cerebro. Necesito que el ruido de los bajos en mi pecho sustituya al dolor.
Pido el primer whisky. Luego el segundo. El tercero ya ni siquiera lo saboreo. El alcohol quema, pero no lo suficiente. Cuando un tipo se me acerca en la zona VIP y deja caer una pequeña bolsa con polvo blanco sobre la mesa, no lo dudo. Nunca he sido de los que pierden el control con esto, pero hoy quiero que el control salte por los aires. Inhalo una línea, sintiendo una descarga eléctrica que me recorre el cráneo, anestesiando cada nervio, cada recuerdo de su olor, cada "te amo" que ahora suena a basura.
—Vaya, vaya... el príncipe de los Vane ha decidido bajar a los infiernos.
Esa voz. Reconocería ese tono sibilino en cualquier parte. Me giro con la mirada nublada y me encuentro con Jazmín Miller. Lleva un vestido rojo que parece una segunda piel y una sonrisa de triunfo que me dice que ya se ha enterado de la explosión en la mansión.
—Lárgate, Jazmín —gruño, aunque mi voz suena pastosa.
—No seas aburrido, Killian. —se desliza a mi lado, pasando sus dedos largos por mi mandíbula—. Yo soy de tu especie. Nosotros no necesitamos cuentos de hadas.
La miro. Sus ojos están llenos de una ambición oscura, una que entiendo perfectamente. Ella no es luz, es el fango en el que quiero hundirme para olvidar que alguna vez busqué algo puro. La tomo por la nuca con una brusquedad que le saca una risita excitada y la beso. Sabe a vodka y a veneno, pero es real. Es sucio. Es lo que merezco hoy.
—Sácame de aquí —le digo contra los labios.
No llegamos a su casa. Ni siquiera salimos del club. La arrastro hacia uno de los reservados privados de la planta superior, una habitación a oscuras con un sofá de cuero y el eco lejano de la música electrónica rebotando en las paredes.
Le arranco el vestido sin delicadeza, impulsado por una rabia líquida que necesita una salida. No hay amor aquí, solo una necesidad animal de destruir y ser destruido. Jazmín gime mi nombre mientras me deshago de mi ropa con movimientos erráticos, cegado por el alcohol y la droga que me hace sentir invencible y miserable a la vez.
La empujo contra el respaldo del sofá y me hundo en ella de una estocada brutal, sin preámbulos, sin ternura. Jazmín arquea la espalda, clavando sus uñas en mis hombros, celebrando mi furia. Cierro los ojos con fuerza, intentando borrar la cara de Vesper, intentando que cada embestida salvaje mate un pedazo de lo que sentía por ella.
El sudor, el olor a sexo barato y el ritmo frenético de mis caderas son lo único que existe. Estoy follando con mi enemiga para olvidar a la mujer que me hizo creer que podía ser alguien mejor, mientras el eco de la traición sigue martilleando en mi cabeza con cada golpe.




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