Lo que la sangre no perdona

31 Cenizas y critales rotos

Vesper

El aire en el coche se siente cargado de una urgencia desesperada. Kai conduce como un loco por las calles iluminadas por el neón, mientras Lina intenta calmarme apretándome la mano. Mi corazón es un tambor desbocado. Tenía que encontrarlo. Tenía que explicarle que mi silencio no fue por malicia, sino por miedo a que se rompiera en mil pedazos al saber que su madre era una mercenaria de su propia sangre.
—Sabemos que está en The Abyss —dice Kai con voz tensa—. El rastreador de su coche no miente. Pero Vesper, tienes que estar preparada. Cuando Killian se autodestruye, no lo hace a medias.
—Solo quiero hablar con él —suplico, aunque las lágrimas me nublan la vista—. No puedo dejar que esto termine así.
Llegamos al club. La música es un muro de sonido que me golpea el pecho en cuanto entramos. Kai se abre paso a codazos entre la multitud, usando su nombre para que los de seguridad nos dejen pasar directamente a la zona VIP de la planta superior. Lina va detrás de mí, agarrando mi abrigo, su rostro es una máscara de preocupación.
Subimos las escaleras. El olor a sudor, alcohol y algo más dulce y químico —drogas— satura el ambiente. Kai se detiene frente a uno de los reservados cuya cortina no está del todo cerrada.
—Vesper, espera... —empieza a decir Kai, pero yo ya he dado el paso.
El mundo se detiene. El tiempo se congela en un fotograma de horror puro.
La luz estroboscópica del pasillo se filtra en el reservado, iluminando la escena con destellos violentos. Killian está allí. Su espalda, tensa y bañada en sudor, se mueve con un ritmo frenético y animal. No es él; es una sombra de sí mismo, poseída por una rabia que está descargando sobre el cuerpo de la mujer que gime bajo él.
Jazmín Miller.
Ella tiene las piernas enredadas en su cintura y sus manos entrelazadas en el pelo de Killian. Cuando la luz la golpea, ella abre los ojos y me ve. No se detiene. Al contrario, esboza una sonrisa de triunfo absoluto mientras arquea la espalda, disfrutando de cada embestida de Killian, sabiendo que yo estoy mirando.
Escucho el jadeo ahogado de Lina detrás de mí. Ella se lleva las manos a la boca, palideciendo hasta quedar blanca como el papel. Kai se queda paralizado, con la mandíbula apretada y los ojos cargados de una decepción que parece dolerle tanto como a mí.
—¿Killian? —mi voz sale pequeña, rota, apenas un hilo que se pierde entre los bajos de la música.
Él se detiene. El silencio que se produce en ese pequeño reservado es más violento que cualquier grito. Killian gira la cabeza lentamente hacia la puerta. Sus ojos están inyectados en sangre, las pupilas dilatadas por lo que sea que haya tomado, y su mirada está completamente vacía de la luz que vi anoche.
No hay rastro del hombre que me dijo "te amo" frente a la pantalla de cine. Solo queda el monstruo que su padre crió.
Me quedo allí, de pie, sintiendo cómo el alma se me desprende del cuerpo. No son solo los celos; es la comprensión de que, en un solo día, lo hemos destruido todo. He perdido al hombre que amaba, y él ha elegido el fango de Jazmín para enterrar lo que quedaba de nosotros.
—Vámonos, Vesper —susurra Kai, poniéndome una mano en el hombro para intentar apartarme de la visión—. No mires más. Vámonos.
Pero no puedo moverme. Estoy anclada al suelo, viendo cómo Killian me mira con una indiferencia gélida antes de volver a hundirse en Jazmín, como si mi presencia no fuera más que una mota de polvo en su descenso al infierno.
No recuerdo cómo salí de ese club. Solo tengo flashes de las luces de neón convirtiéndose en manchas borrosas por las lágrimas y el frío de la noche golpeándome la cara mientras Kai me arrastraba hacia el coche. El silencio de Lina en el asiento trasero, roto solo por sus suspiros de impotencia, era el único sonido que competía con el estruendo de mi propio corazón rompiéndose.
No podía volver a la mansión Vane. No podía volver a ese lugar donde cada rincón olía a él, donde cada sombra me recordaría que, mientras yo intentaba protegerlo de una verdad dolorosa, él elegía destruirme de la forma más pública y cruel posible.
—Te vienes con nosotros —dijo Kai con firmeza, sin siquiera preguntarme.
Llegamos a su apartamento de soltero, un lugar moderno y frío que, en ese momento, se sintió como el único refugio seguro en el mundo. Lina me guio directamente hacia el sofá, ayudándome a quitarme el abrigo con una ternura que me hacía doler aún más.
En cuanto me senté, el dique se rompió.
—¿Cómo ha podido? —sollocé, escondiendo la cara entre las manos—. Con ella, Lina... Con la mujer que ha intentado destruirnos desde el primer día.
Lina se sentó a mi lado, rodeándome con sus brazos, dejando que mi llanto empapara su hombro. No intentó decirme que todo estaría bien, porque ambas sabíamos que nada volvería a ser igual. Había una línea que no se cruzaba, y Killian no solo la había cruzado; la había quemado.
—Está fuera de sí, Vesper —murmuró Kai desde la cocina, con la voz cargada de una decepción amarga mientras preparaba algo caliente que nadie iba a beber—. Pero eso no justifica lo que hemos visto. No justifica nada.
Pasaron las horas. La madrugada se filtraba por las persianas, tiñendo el salón de un gris ceniciento. Yo no podía parar. Cada vez que cerraba los ojos, la imagen volvía: su espalda sudorosa, la sonrisa de Jazmín, la mirada vacía de Killian. Me sentía físicamente enferma, como si el veneno que él había inhalado en ese club me hubiera llegado a mí a través de su traición.
Lloré hasta que me ardieron los ojos, hasta que mi garganta se cerró y mis pulmones empezaron a protestar. Lloré por la madre que él perdió, por la verdad que yo callé y por el hombre que creí que era.
—Shh, descansa, Vesper... —susurraba Lina, acariciándome el pelo rítmicamente.
Poco a poco, el cansancio extremo empezó a ganarle la batalla al dolor. El agotamiento emocional es una droga potente; te apaga los sentidos cuando ya no puedes soportar más. Mis sollozos se convirtieron en hipos entrecortados y, finalmente, en una respiración pesada y errática.
Me quedé dormida allí mismo, con la cabeza apoyada en el regazo de Lina y las mejillas acartonadas por la sal de las lágrimas. Dormí un sueño sin imágenes, un vacío negro que era lo único que me ofrecía un respiro de la realidad: que mañana despertaría y Killian Vane ya no sería mi hogar, sino mi mayor herida.




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