Vesper
Estoy sentada en el balcón del apartamento de Kai, viendo cómo la ciudad se ilumina con un brillo falso que ya no me deslumbra. Tengo el móvil en el regazo, vibrando de forma intermitente. Los mensajes de Killian entran uno tras otro, rompiendo el silencio de la noche.
Killian: Vesper, por favor.
Killian: Estoy en un lugar que no reconozco. Mi padre me ha dejado con ella. Tenías razón en todo.
Killian: Necesito verte. Solo cinco minutos.
Leo las palabras y no siento la calidez de antes. Solo siento un frío seco en el pecho. Me imagino a Killian en esa casa, frente a Victoria, dándose cuenta de que el pedestal sobre el que puso su recuerdo se ha desmoronado. Pero el dolor de mi traición al callar palidece frente a la imagen de él en aquel reservado con Jazmín. Hay heridas que se curan con el tiempo, pero hay otras que simplemente matan el tejido.
Él vuelve a escribir.
Killian: No soy como ellos, Vesper. No quiero ser como Román.
Mis dedos vuelan sobre el teclado. No voy a darle párrafos de angustia. No merece mi poesía, ni mi llanto, ni mi tiempo. Solo merece la verdad desnuda, esa que tanto le gusta reclamar.
Vesper: Te equivocas, Killian. Ojalá te parecieras a Román.
Veo el icono de los puntos suspensivos. Está escribiendo. Está esperando. Mis dedos no tiemblan mientras termino de sentenciar lo que queda de nosotros.
Vesper: Román es un hombre oscuro, pero daría su vida, su imperio y su sangre por mi madre. La ama con una ferocidad que tú no alcanzas a comprender. En cambio, tú has demostrado que no tienes raíces. Te pareces al trozo de hielo que tienes por madre. Ella solo se ama a sí misma y a su propio beneficio. Anoche, en ese club, me demostraste que sois de la misma piel. Fríos, vacíos y capaces de vender a cualquiera por un momento de alivio.
Le doy a enviar. El "leído" aparece al instante.
Killian: No digas eso. Sabes que te amo.
Suelto una risa amarga que se pierde en el viento de la terraza. El amor no se ve así. El amor no se revuelca con el enemigo mientras la persona que supuestamente "es tu hogar" te busca desesperada para arreglar las cosas.
Vesper: No vuelvas a escribirme. Quédate con ella. Al menos ella no finge ser algo que no es. Disfrutad de vuestro invierno.
Bloqueo el teléfono y, por primera vez en veinticuatro horas, dejo de llorar. El dolor sigue ahí, pero ahora está cubierto por una capa de hielo. Él quería saber quién era su madre; ahora lo sabe. Y lo más triste es que, al mirarla a ella, finalmente podrá ver su propio reflejo.
Me levanto y entro en el salón, donde Kai y Lina me esperan con una cena que no tengo ganas de probar, pero voy a comer. Porque mientras Killian Vane se deshace en remordimientos en una casa llena de fantasmas, yo voy a aprender a vivir sin el incendio que él provocó en mi vida.
Killian
El mensaje de Vesper es una estocada de la que no sé si voy a levantarme. “Te pareces al trozo de hielo de Victoria”. Sus palabras resuenan en las paredes blancas y asépticas de esta casa, mezclándose con el sonido del vino vertiéndose en la copa de la mujer que me dio la vida y que ahora me mira como si fuera un mueble mal colocado.
Necesito una voz que no me odie, o al menos, una que me diga la verdad sin el filtro del despecho. Busco el número de Kai. Es el único que queda. El único que ha estado en los dos bandos y que vio lo que pasó anoche con sus propios ojos.
Tarda en cogerme el teléfono. Cuando lo hace, el silencio al otro lado es tan pesado que casi puedo sentir su decepción a través de la línea.
—Kai... —mi voz suena como si hubiera tragado cristales.
—No sé para qué llamas, Killian. Si es por Vesper, ahórrate el aire. Está destrozada. Y si es por mí, tampoco tengo mucho que decirte.
—Necesito salir de aquí, hermano. Mi padre se ha vuelto loco. Me ha tirado a los leones. Me ha dejado con ella para castigarme, para humillarme... No entiendo por qué me odia tanto.
Escucho un suspiro largo y cansado al otro lado. Oigo el clic de un mechero; Kai está fumando.
—Ese es tu problema, Killian. Todavía no has comprendido nada —dice Kai, y su tono no es de rabia, sino de una lástima profunda—. Crees que Román es el villano porque es duro, porque es frío. Pero Román no es el malo en esta historia. Al menos, no el único.
—¡Me echó de casa, Kai! ¡Me trajo con esta mujer que me vendió por un cheque!
—Exacto —me corta Kai con una dureza repentina—. Te llevó con ella para que dejaras de vivir en una fantasía. Tu padre ha pasado años cargando con el papel de "monstruo" para que tú no tuvieras que saber que tu madre prefería el dinero de los Vane antes que criarte a ti. Se ha tragado tu odio, tus reproches y tu rebeldía solo para protegerte de la verdad sobre Victoria.
Me quedo mudo. El aire se escapa de mis pulmones.
—Él sabía que si te contaba la verdad siendo un niño, te destruiría. Así que dejó que lo odiaras a él. Te protegió de lo malo, Killian, incluida tu propia madre. Incluso anoche... lo que hizo con Vesper, ocultarte que Victoria estaba en la ciudad, fue su último intento desesperado de que no te hundieras. Y tú, ¿qué hiciste? Te drogaste y te follaste a Jazmín en un reservado mientras la mujer que te amaba te miraba.
—Yo no sabía... yo pensé...
—No pensaste. Ese es el problema. Te has pasado la vida culpando a Román de tus sombras cuando él era el único que intentaba mantenerlas a raya. Ahora estás donde querías estar: con tu madre. Mírala bien, Killian. Porque ella es el resultado de lo que pasa cuando no hay lealtad, solo ambición. Tu padre da la vida por Sam; tú no fuiste capaz de aguantar un secreto por Vesper sin correr a los brazos de Jazmín.
—Kai, ayúdame. No puedo quedarme aquí.
—No —la voz de Kai es definitiva—. Esta vez no. Quédate ahí. Mira a tu madre a los ojos hasta que veas en qué te estás convirtiendo. Quizás cuando entiendas que tu padre es el único que nunca te abandonó, aunque te duela su forma de amar, estés listo para ser un hombre.
La llamada se corta. Me quedo con el teléfono pegado a la oreja, escuchando el tono de línea ocupada. Miro hacia el salón, donde Victoria se ríe de algo que ve en la televisión, ajena a mi existencia.
Kai tiene razón. Román no me echó por odio. Me echó para que, por primera vez, me enfrentara a la verdad sin su escudo. Y la verdad es que el único monstruo que queda en esta habitación soy yo.
La casa de mi madre se ha convertido en un mausoleo de seda y vino caro. No aguanto un segundo más el sonido de su risa cínica ni sus lecciones sobre cómo "sobrevivir" a los sentimientos. He conducido de vuelta a la ciudad, sintiéndome como un intruso en mi propia vida, y he citado a Kai en un bar apartado, lejos del brillo de los clubes que solíamos frecuentar.
Kai llega tarde. No me saluda con nuestro choque de puños habitual. Se sienta frente a mí y pide una cerveza sin mirarme a los ojos.
—Se ha ido, ¿verdad? —suelto, con la voz quebrada.
—Se ha ido —responde él con una sequedad que me corta—. Y no tienes derecho a preguntar a dónde.
—¡Es mi novia, Kai! ¡O lo era! Cometí un error, estaba drogado, estaba furioso con mi padre...
—¡Deja de poner excusas, Killian! —golpea la mesa con la palma de la mano, haciendo que las copas vibren. Por primera vez, veo una furia real en sus ojos—. Siempre es la droga, siempre es Román, siempre es tu madre. ¿Cuándo vas a ser tú?
—¡Solo fue sexo! —grito, desesperado por minimizar el desastre—. No significó nada. Jazmín no es nada para mí. Vesper debería saberlo.
Kai suelta una risa amarga y se inclina hacia delante, invadiendo mi espacio personal. Su mirada es tan afilada que me obliga a retroceder.
—¿"Solo fue sexo"? —repite en un susurro venenoso—. Déjame decirte algo, porque parece que tu ego no te deja ver más allá de tu nariz. Yo estaba allí. Yo vi su cara.
Me quedo en silencio, con el corazón martilleando en mis oídos.
—Vesper no vio a su novio cometiendo un "error" —continúa Kai—. Vio al hombre en el que había confiado, al que había entregado todo, dándole la razón a cada persona que le advirtió sobre ti. Vio cómo la sustituías por la persona que más daño le ha hecho en esta ciudad. Vio tu espalda moviéndose con otra mientras ella todavía tenía el sabor de tus promesas en la boca. ¿Tienes idea de lo que es eso?
Trago saliva, pero siento un nudo de hierro en la garganta.
—Ella te buscaba para pedirte perdón, Killian. Estaba dispuesta a humillarse, a explicarte por qué se calló, a decirte que te amaba a pesar de todo. Y se encontró con eso. Se encontró contigo vacío, drogado y revolcándote con Jazmín como si ella nunca hubiera existido. La destruiste, hermano. No le rompiste el corazón; le rompiste la fe.
Las palabras de Kai empiezan a calar, despejando la niebla de victimismo en la que me había refugiado este mes. Por primera vez, visualizo la escena desde fuera. No veo mi rabia, ni mi traición de parte de Victoria. Veo a Vesper, sola en ese pasillo, viendo cómo el hombre que ella creía su salvación se convertía en su peor pesadilla.
Siento una náusea física. La imagen de su rostro descompuesto, que antes intentaba borrar con alcohol, ahora se clava en mi mente como un clavo ardiente.
—Ella me dijo que me parecía a Victoria —susurro, tapándome la cara con las manos—. Que soy un trozo de hielo.
—Y tenía razón —sentencia Kai, levantándose de la silla—. Porque un hombre que ama de verdad prefiere quemarse solo antes que prenderle fuego a la persona que ama para calentarse él. Quédate con tu madre, Killian. Al final, ella es la única que puede soportar estar cerca de alguien tan egoísta como tú.
Kai se marcha sin mirar atrás. Me quedo solo en la mesa, rodeado de gente que ríe y habla, mientras comprendo con una claridad aterradora que el perdón no existe para lo que hice. He ganado la guerra contra las mentiras de mi padre, pero he perdido la única razón que tenía para ganarla.
Vesper no está huyendo de un viaje. Está huyendo de un monstruo. Y ese monstruo soy yo.
He dejado de suplicar. Ya no le pido perdón a Vesper, ni le ruego que vuelva, ni intento justificar lo injustificable. Ahora, simplemente le cuento mi día a través de mensajes que sé que no responderá. Le escribo que el café hoy sabía a ceniza, que el cielo está de un gris plomizo y que he pasado horas mirando el jardín de esta casa sin ver absolutamente nada. Es mi forma de decirle que sigo respirando, aunque sea a duras penas, en este exilio que yo mismo provoqué.
Pero tras enviar el último mensaje, algo dentro de mí se quiebra. No puedo seguir siendo un parásito en el salón de Victoria, alimentándome de su cinismo mientras espero que el tiempo cure lo que yo mismo descuarticé. Cojo el teléfono sobre la cama y marco el número que juré no volver a marcar.
—Papá —digo en cuanto escucho su voz al otro lado—. Ven a la casa de Victoria. Ahora. Tenemos que hablar los tres.
Una hora después, Román entra en el salón. Camina con esa elegancia gélida que siempre he odiado, pero hoy hay algo diferente en su porte. Victoria está repantigada en su sillón de terciopelo, balanceando una copa de vino y mirándolo con una mezcla de desprecio y codicia pura. Yo me quedo de pie en el centro, como el árbitro de una guerra que no termino de comprender.
—Vaya, Román —suelta ella, dejando la copa con un chasquido—. Qué sorpresa. Llegas justo a tiempo, porque la transferencia de este mes se está retrasando y tengo unos gastos imprevistos... Necesito más dinero. Mantener este nivel de vida es caro, y tener a tu hijo instalado aquí no es precisamente un regalo.
Miro a mi padre, esperando que estalle, que grite, que la llame por su nombre. Pero él solo la observa con una lástima tan profunda que me escuece. Luego, clava sus ojos en mí.
—No habrá más dinero, Victoria —sentencia mi padre. Su voz es una línea plana, definitiva.
—¿Perdona? —ella se incorpora bruscamente, perdiendo su máscara de calma—. Tenemos un acuerdo. Yo me mantengo lejos, yo "muero" para el mundo, y tú pagas por mi silencio. No querrás que la prensa se entere de que la gran Victoria D’Amico fue desterrada por el "honorable" Román Vane.
—El acuerdo ha expirado —responde mi padre, dando un paso firme hacia ella—. La única condición para que recibieras ese dinero era que Killian nunca supiera la verdad. Te pagaba para que él no tuviera que sufrir el desprecio de una madre que prefirió una cuenta bancaria antes que criarlo. Te pagaba para proteger su recuerdo de ti, para que tuviera algo puro a lo que aferrarse.
Siento como si me hubieran arrancado el suelo bajo los pies. Me giro hacia ella, buscando desesperadamente una negación, un rastro de amor materno, una mentira piadosa. Pero solo veo una rabia animal.
—Ahora que él lo sabe —continúa mi padre, señalándome con un gesto seco—, ya no tengo nada que ocultar. Ya no tienes poder sobre mí, ni sobre él. Te quedas con lo que tienes, pero no saldrá un solo céntimo más de mis cuentas.
—¡Me debes esos años! —grita ella, revelando por fin la podredumbre de su alma—. ¡Ese niño era insoportable! ¡Me quitó los mejores años de mi carrera, mis oportunidades, mi cuerpo! ¡Merezco cada maldito centavo por el tiempo que perdí siendo madre!
El silencio que sigue a sus palabras es devastador. Victoria se da cuenta de lo que ha confesado y me mira, pero ya es tarde. La máscara no está rota; se ha desintegrado.
En ese instante, la realidad me golpea con la fuerza de un choque frontal. Kai tenía razón. Vesper tenía razón. Mi padre no me ocultó a mi madre por control ni por maldad. Se tragó mi odio durante años, dejó que lo llamara monstruo y que lo culpara de mi soledad, solo para que yo no tuviera que vivir con el conocimiento de que mi madre me consideraba una carga con un precio de venta.
—Papá... —susurro, y por primera vez en mi vida, la palabra no me suena a veneno.
Román me mira. No hay triunfo en sus ojos, solo el cansancio infinito de un hombre que acaba de terminar una guardia de quince años protegiendo a alguien que no paraba de apuñalarlo.
—Vámonos, Killian —dice él, dándose la vuelta—. Aquí ya no queda nada para nosotros.
Salgo de la casa sin mirar atrás, ignorando los gritos de Victoria que reclama sus privilegios. Al llegar al coche, me detengo frente a él. La rabia que sentía contra él ha desaparecido, sustituida por una vergüenza que me quema las entrañas.
—¿Por qué? —le pregunto, con la voz rota—. ¿Por qué dejaste que te odiara tanto si solo intentabas protegerme de ella?
—Porque un padre prefiere ser el villano en la historia de su hijo antes que dejar que su hijo descubra que no tiene héroes a los que admirar —responde él, abriendo la puerta del coche—. Sube, Killian. Tenemos mucho que reconstruir, y tú tienes una vida que recuperar... si es que todavía eres capaz de convertirte en el hombre que Vesper creía que eras.
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Editado: 17.05.2026