Lo que la sangre no perdona

33 Vacaciones

Vesper

Un mes. Dicen que se necesitan veintiún días para crear un hábito, pero a mí me han hecho falta treinta para dejar de buscar el nombre de Killian en mi pantalla nada más despertar. Al principio, el silencio era un pozo; ahora es mi santuario.
He dejado de ser la chica que caminaba sobre cáscaras de huevo en la mansión Vane. He vuelto a respirar. Durante este tiempo, mi teléfono ha sido un cementerio de sus mensajes. Killian escribe a diario desde su exilio con Victoria. Pasa de la súplica a la rabia, de la nostalgia a la desesperación. He leído cómo maldice la frialdad de su madre y cómo jura que ha cambiado, pero ya no respondo. Sus palabras son como ruido blanco: están ahí, pero ya no significan nada.
Hoy el sol brilla de otra manera. Estoy en una terraza con Lina y un grupo de amigas, riendo de verdad, sin esa sombra de tristeza que me perseguía.
—Vesper, tienes otro color en la cara —dice Lina, apartándose un mechón de pelo mientras toma un sorbo de su batido—. Se acabó lo de quedarse encerrada. Necesitas un cambio de aire radical.
—Lo sé. Siento que por fin estoy saliendo a la superficie —respondo con sinceridad.
Lina me mira con una chispa de emoción en los ojos y deja su vaso sobre la mesa de cristal.
—Vámonos de viaje. Tú y yo. Lejos de esta ciudad, de los apellidos, de los dramas y de las noticias de sociedad. Solo nosotras dos, sol, playa y nada de tecnología. ¿Qué me dices?
La idea me golpea con una ráfaga de aire fresco. Un viaje. Dejar atrás las calles que me recuerdan a sus besos y a su traición.
—Me encantaría, Lina. De verdad. Pero... no sé si es el momento de gastar tanto.
—De eso no te preocupes —una voz profunda y autoritaria interrumpe desde mis espaldas.
Me giro y veo a Román. No lleva su traje habitual, parece más relajado, aunque su presencia sigue imponiendo el mismo respeto de siempre. Ha venido a recoger a Lina, pero se detiene frente a mí con una mirada cargada de una extraña benevolencia.
—Lina tiene razón, Vesper. Te vendrá bien —dice Román, y por primera vez, veo en él a ese hombre que Kai describió: alguien que cuida de los suyos a su manera—. Has pasado por mucho en esta casa, y gran parte de la culpa recae sobre mi apellido. Considera este viaje como una inversión en tu paz mental. No te preocupes por el dinero, yo me encargaré de todo. Te lo debes.
Miro a Lina, que asiente con entusiasmo, y luego a Román. Acepto su oferta no por el lujo, sino porque comprendo que es su forma de pedir perdón por el hijo que crió y por el secreto que ambos guardamos.
—Gracias, Román. Acepto.
—Bien —asiente él con un gesto firme—. Iros lejos. Disfrutad. Es hora de que vivas tu propia vida, Vesper, y no la que otros intentaron escribir para ti.
Esa noche, mientras preparo la maleta, mi móvil vibra en la mesilla. Es otro mensaje de Killian. “He soñado contigo”.
Bloqueo el teléfono sin leer el resto y lo guardo en el fondo de un cajón. Mañana sale mi vuelo. Mañana, por fin, pondré miles de kilómetros de distancia entre mi corazón y el hombre que se convirtió en el trozo de hielo que tanto temía.
El trayecto al aeropuerto es el primer momento en semanas en el que el aire no se siente pesado. Kai conduce el todoterreno con las ventanillas bajadas, dejando que el viento despeine a Lina, que va en el asiento del copiloto cantando a pleno pulmón una canción que suena en la radio. Yo voy atrás, observando cómo los edificios de la ciudad —esos gigantes de acero que fueron testigos de mi caída— se vuelven pequeños en el retrovisor.
—¿Segura que no te dejas nada? —pregunta Kai, mirándome un segundo por el espejo con una sonrisa ladeada—. Pasaporte, protector solar, ¿ganas de mandar todo a la mierda?
—Lo tengo todo, Kai —río, y me sorprende lo ligero que suena mi propio pecho—. Especialmente lo último.
Kai asiente, satisfecho. Durante este mes, él ha sido mi roca. Ha mantenido a Killian a raya, filtrando las llamadas y asegurándose de que nadie perturbara mi proceso. Al llegar a la terminal de salidas, nos ayuda con las maletas y se despide de Lina con un abrazo apretado. Luego se gira hacia mí.
—Pásalo bien, Vesper. Te lo has ganado —me dice en voz baja, dándome un guiño de ojo. —. Y no mires atrás. El paisaje aquí no va a cambiar, pero el tuyo está a punto de ser mucho mejor.
Le doy las gracias con la mirada y camino junto a Lina hacia la puerta de embarque. Mientras pasamos el control de seguridad, siento una vibración en el bolsillo de mi pantalón. Saco el móvil mecánicamente.
Killian: He oído que te vas. Vesper, no puedes huir de esto para siempre. Por favor, dime a dónde vas.
Me quedo mirando la pantalla unos segundos. Antes, este mensaje me habría provocado taquicardia o ganas de llorar. Ahora, solo siento una punzada de lástima por su incapacidad de entender que el "esto" del que huyo es él. No respondo. Apago el teléfono por completo y lo guardo en la mochila.
—¿Todo bien? —pregunta Lina, entregando nuestras tarjetas de embarque a la azafata.
—Mejor que nunca —respondo con firmeza.
Horas después, el rugido de los motores del avión se convierte en el sonido de las olas rompiendo contra la orilla. Hemos aterrizado en un paraíso de arena blanca y aguas turquesas, un lugar donde nadie sabe quién es un Vane y donde mi apellido no tiene peso.
Al llegar al hotel, el olor a salitre y jazmín inunda mis sentidos. Es un complejo privado frente al mar, cortesía de Román, pero lo que realmente me importa es la inmensidad del océano frente a nosotros.
Lina y yo dejamos las maletas en mitad de la habitación y, sin siquiera deshacerlas, corremos descalzas hacia la playa. El sol está empezando a ponerse, tiñendo el cielo de tonos rosados y naranjas que parecen pintados a mano. El agua tibia me lame los pies y cierro los ojos, inspirando profundamente.
—¡Libertad! —grita Lina, lanzando su sombrero al aire y corriendo hacia la orilla.
Me quedo un momento quieta, sintiendo la brisa en la cara. Por primera vez en mucho tiempo, no hay secretos que guardar, ni madres que ocultar, ni traiciones que lamer. Aquí, entre la arena y el mar, vuelvo a ser solo Vesper. Y mientras el sol desaparece por el horizonte, me doy cuenta de que Killian Vane está a miles de kilómetros, encerrado en su propio invierno, mientras que yo, finalmente, he encontrado mi verano.




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