Lo que la sangre no perdona

34 Retorno

Vesper

El viaje de vuelta se sintió como un sueño que se desvanece demasiado rápido. Aún puedo sentir el calor del sol en mi piel y el olor a salitre en mi pelo, pero en cuanto el coche de Kai cruzó las puertas de la mansión Vane, el frío familiar de la realidad me envolvió de nuevo.
Subo las escaleras con la maleta a cuestas, sintiendo el peso de cada peldaño. He pasado diez días convencida de que mi vida ha cambiado, de que soy más fuerte, pero estas paredes tienen una forma cruel de recordarte quién eres.
Llego a mi pasillo y, de repente, me detengo en seco. Mi corazón da un vuelco violento contra las costillas.
Ruidos.
Vienen de la habitación de al lado. La habitación de Killian. Se oye el arrastrar de un mueble, el sonido de una percha golpeando el armario y pasos pesados y decididos. Me quedo paralizada, con la mano aún en el pomo de mi puerta, conteniendo la respiración. Pensé que seguía desterrado. Pensé que el hielo de Elena lo mantendría lejos por meses.
—Vesper... ya has llegado.
Me sobresalto al oír la voz de mi madre. Ella sale de la habitación contigua a la mía, cerrando la puerta con suavidad tras de ella. Su rostro refleja una mezcla de alivio por verme y una preocupación latente que no puede ocultar.
—Mamá... ¿qué hace él aquí? —susurro, señalando con la barbilla hacia la puerta de Killian.
Ella suspira y se acerca a mí, tomándome las manos. Sus dedos están cálidos, pero su mirada es seria.
—Volvió hace tres días, hija. Román lo trajo de vuelta. No sé qué pasó exactamente en esa casa, pero Killian no es el mismo chico que se fue. No ha salido de su ala más que para hablar con su padre y con Kai.
Siento una punzada de ansiedad. No estoy lista. No después de lo que vi.
—No me importa cómo haya vuelto —digo, intentando que mi voz suene firme aunque me tiemble el pulso—. Lo que hizo...
—Lo que hizo fue imperdonable, y no estoy aquí para decirte lo contrario —me interrumpe Sam, apretándome las manos con fuerza—. Escúchame bien, Vesper. Román lo ha perdonado porque es su hijo y porque, al parecer, Killian ha descubierto verdades que le han roto el alma. Pero tú no eres su padre. Tú no le debes nada.
Entramos en mi habitación y ella cierra la puerta, dándonos privacidad. Se sienta en el borde de mi cama y me mira fijamente.
—Él va a intentar buscarte. Lo ha hecho cada hora desde que se enteró de que volvías hoy. Mi consejo como madre es este: no dejes que su dolor borre el tuyo. Killian ahora sabe lo que es que te traicionen, sabe lo que es el frío de Victoria, y va a querer refugiarse en tu luz porque es lo único real que ha tenido. Pero tú no eres un hospital, Vesper. No eres el lugar donde él viene a curarse de las heridas que él mismo se provocó al saltar al vacío.
Me quedo en silencio, procesando sus palabras. Ella tiene razón. La culpabilidad de Killian no borra mi decepción.
—Si decides hablar con él —continúa mi madre—, hazlo desde tu nueva posición. Ya no eres la chica asustada que depende de su protección. Has visto quién es cuando toca fondo. Si vuelve a tu vida, tiene que ser porque ha aprendido a caminar solo, no porque necesite que tú lo sostengas para no caerse.
Mamá me da un beso en la frente y sale de la habitación, dejándome a solas con el silencio y los ruidos que, al otro lado de la pared, me indican que Killian Vane está a solo unos metros de distancia, esperando el momento de enfrentarse a las cenizas de lo que destruyó.
El sonido de los nudillos contra la madera me hace saltar. Es un toque suave, casi vacilante, nada que ver con los golpes autoritarios de antes. No tengo tiempo de responder; la puerta se abre con lentitud y Killian aparece en el umbral.
Me quedo inmóvil con una camiseta en las manos, a medio camino entre la maleta y el armario. Lo primero que me golpea es su aspecto. Ha perdido peso. No lleva sus trajes italianos ni ese aire de invencibilidad que solía ser su armadura. Viste una sudadera oscura, tiene el pelo algo revuelto y los ojos... sus ojos parecen haber envejecido diez años en un solo mes.
—Vesper —pronuncia mi nombre como si fuera una oración, con una voz tan rota que me obliga a apretar los dientes para no ablandarme.
—No te he dado permiso para entrar, Killian —digo, dándome la vuelta y continuando con mi tarea, fingiendo que mi corazón no está intentando salirse de mi pecho.
Él no se mueve. Se queda allí, respetando una distancia que antes nunca hubiera aceptado.
—Lo sé. Y lo siento. Pero si esperaba a que estuvieras lista para verme, probablemente pasarían siglos. Y no puedo aguantar ni un minuto más sabiendo que estás bajo este mismo techo y que me odias con toda la razón del mundo.
—No te odio —respondo sin mirarlo, doblando la ropa con una precisión maníaca—. El odio requiere demasiada energía. Simplemente... ya no eres quien yo pensaba. La persona que amaba se quedó en aquel pasillo del club, mirando cómo te divertías con Jazmín.
Oigo un suspiro tembloroso tras de mí. Killian da un paso corto hacia el interior de la habitación, pero se detiene en cuanto ve que mis hombros se tensan.
—Vesper, he visto a mi madre —suelta de repente. Me obligo a no girarme, pero mis manos se detienen—. He visto quién es. He visto el precio que tenía mi cabeza y el dinero que mi padre pagaba para que yo no supiera que ella no me quería. Tenías razón. En todo. Soy igual que ella... o lo era. Fui un trozo de hielo porque era lo único que conocía.
—Eso no justifica lo de Jazmín, Killian —le digo, girándome por fin. Mis ojos se encuentran con los suyos y la intensidad de su dolor me quema—. El trauma no te da derecho a destruir a los demás. Mi madre también sufrió, yo también sufrí, y no por eso me fui a la cama con tu peor enemigo para sentirme mejor.
—Lo sé —dice él, y una lágrima solitaria le recorre la mejilla, algo que nunca pensé que vería en un hombre como él—. No hay excusa. Ninguna. Estaba drogado, estaba furioso y quería quemar el mundo porque pensaba que tú me habías mentido. Pero al final, el único que ardió fui yo. He pasado un mes viviendo con el fantasma de tu mirada en ese pasillo.
Se acerca un poco más, con las manos abiertas en señal de rendición.
—No he venido a pedirte que volvamos. No me atrevería. He venido a decirte que ahora sé por qué mi padre te quería tanto para mí. Porque tú eres la única verdad que he tenido en mi vida. Y aunque me pidas que me vaya, aunque decidas que no quieres volver a tocarme, quiero que sepas que voy a pasar el resto de mi vida intentando ser el hombre que merecía ese perdón que ya no espero.
Me quedo mirándolo, buscando al monstruo, pero solo encuentro a un hombre roto que finalmente ha visto su propio reflejo y no ha podido soportarlo. El silencio en la habitación es tan espeso que casi duele.
Mantengo la mirada fija en él, sintiendo cómo mis propias barreras tiemblan ante su confesión. La vulnerabilidad de Killian es un arma de doble filo; me duele verlo así, pero al mismo tiempo, el recuerdo de Jazmín es un ancla que me mantiene pegada al suelo.
—¿Crees que saber la verdad sobre tu madre lo arregla todo? —le pregunto con una voz que recupera su filo—. ¿Crees que porque ahora entiendes a Román, yo puedo simplemente olvidar lo que sentí cuando te vi con ella?
Killian baja la cabeza, como si mis palabras fueran golpes físicos.
—No, Vesper. No espero que lo olvides. Solo quiero que entiendas que ahora... ahora finalmente puedo ver. Antes estaba ciego, viviendo en una mentira que yo mismo alimentaba. Creía que todos me traicionaban, así que yo traicionaba primero. Pero cuando vi a mi madre... cuando la oí decir que yo era una carga... —se le quiebra la voz y se cubre la boca con la mano un segundo, intentando recomponerse—. En ese momento comprendí que la única persona que nunca me puso un precio fuiste tú. Y fui yo quien te tiró a la basura.
Da un paso más, acortando la distancia, pero se detiene justo antes de entrar en mi espacio personal. Huele a su perfume de siempre, pero mezclado con algo más amargo, más humano.
—Mi padre me ha devuelto el control de mis cuentas y mi lugar en la empresa —continúa, mirándome con una desesperación contenida—. Podría irme. Podría comprar una casa al otro lado del mundo y no volver a ver a nadie de esta familia. Pero me he quedado. Me he quedado porque quiero demostrarte, aunque sea desde el otro lado de la pared, que puedo ser alguien de quien no tengas que avergonzarte.
—Killian, no puedes basar tu redención en mí —le digo, sintiendo una punzada de lástima que me enfurece—. Eso es lo que has hecho siempre. Poner tu carga sobre los hombros de los demás. Primero tu padre, luego yo... ahora quieres que sea el juez de tu nueva vida.
Él niega con la cabeza frenéticamente.
—No. No quiero que seas mi juez. Quiero que seas libre. Si me pides que me vaya de esta casa ahora mismo para que puedas caminar por los pasillos sin miedo a encontrarme, lo haré. Román no me obligará a quedarme si tú no me quieres aquí.
Me quedo en silencio. Miro la habitación, miro mis maletas y luego lo miro a él. Una parte de mí, la que aún tiene arena de playa en los zapatos, quiere decirle que se marche. Pero la otra, la que recuerda cómo me cuidó cuando nadie más lo hacía, ve al niño que Román intentó proteger y que Elena intentó vender.
—No te voy a pedir que te vayas —susurro, y veo cómo el aire regresa a sus pulmones en un suspiro de alivio—. Esta es tu casa. Pero no esperes que nada sea igual. No esperes mensajes, ni cenas, ni que te abra la puerta cuando llegues por la noche.
Él asiente con humildad, una expresión que parece ajena a su rostro pero que ahora encaja perfectamente.
—Me conformo con que respires el mismo aire que yo, Vesper. Es más de lo que merezco.
Killian retrocede lentamente hacia la puerta. Antes de salir, se detiene y me mira una última vez.
—Solo una cosa más... Mi padre me contó que te dio dinero para el viaje. —Hizo una pausa—. Me alegra que lo aceptaras. Él... él te quiere como a la hija que nunca tuvo. Y yo... yo te quiero de una forma que aún estoy aprendiendo a explicar sin romper nada.
Cierra la puerta sin esperar respuesta. Me quedo sola en mi habitación, con el corazón latiendo desbocado. Miro la pared que nos separa y, por primera vez en un mes, no siento ganas de llorar. Siento que, de alguna manera, el invierno de los Vane ha empezado a agrietarse, dejando paso a una primavera incierta, llena de barro y cicatrices, pero real.
Me siento en la cama y saco el teléfono del cajón. Borro todos sus mensajes antiguos. No porque lo haya perdonado, sino porque si vamos a escribir algo nuevo, no puede ser sobre los restos de lo que él mismo quemó.




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