Lo que la sangre no perdona

35 Efecto dominó

Vesper

El aire acondicionado del centro comercial es un alivio contra el calor sofocante de la calle. Camino entre las tiendas, disfrutando de la sencillez de elegir un vestido o probarme un perfume sin tener que dar explicaciones a nadie. He recuperado mi autonomía, y esa sensación es más valiosa que cualquier joya.
De repente, mi teléfono vibra. Es Román. Me resulta extraño que me llame directamente a estas horas, así que respondo con cierta curiosidad.
—¿Vesper? Siento molestarte en tu tarde libre —la voz de Román suena calmada, pero con ese tono ejecutivo que indica que va directo al grano.
—No es molestia, Román. Dime.
—Tengo un problema con el nuevo proyecto de marketing para la constructora. Mi equipo principal está desbordado con la licitación del puerto y no tengo a nadie de confianza para liderar la campaña de imagen. He pensado que... bueno, tú tienes el talento y conoces la marca mejor que nadie. El problema es que el responsable de la parte operativa es Killian.
Me detengo frente a un escaparate, observando mi propio reflejo. Mi corazón da un vuelco, pero ya no es por miedo.
—Sé que es mucho pedir —continúa él antes de que yo pueda responder—. No quiero presionarte. Si no te sientes preparada para trabajar codo con codo con mi hijo, lo entiendo perfectamente y buscaré una agencia externa. Tu paz mental está por encima de este proyecto.
Me quedo en silencio un momento. Trabajar con Killian. Horas en una oficina, discutiendo presupuestos y diseños, rompiendo la distancia de seguridad que hemos construido en la mansión. Sin embargo, recuerdo lo que me dijo mi madre: no eres un hospital, pero tampoco puedes huir para siempre.
—Acepto, Román —respondo con firmeza—. No voy a dejar pasar una oportunidad profesional por... incomodidades personales. Soy capaz de separar el trabajo de lo demás.
—Te lo agradezco, Vesper. Nos vemos mañana en la oficina.
Cuelgo el teléfono sintiendo una mezcla de adrenalina y determinación. Si Killian realmente ha cambiado, este proyecto lo demostrará.
Salgo del centro comercial cargada con un par de bolsas, buscando la salida hacia el aparcamiento. Pero antes de llegar a la puerta principal, una figura se interpone en mi camino. El olor a perfume caro y excesivo llega antes que ella.
Jazmín Miller.
Lleva unas gafas de sol enormes que se desliza por el puente de la nariz para mirarme con un desprecio mal disimulado. Se cruza de brazos, bloqueándome el paso con una sonrisa que no llega a sus ojos.
—Vaya, vaya. La pequeña asistente sigue comprando con el dinero de los Vane —suelta con voz melosa—. Me sorprende verte tan entera, Vesper. Yo estaría escondida debajo de una piedra si mi novio me hubiera usado de esa manera para olvidarse de sus traumas.
No bajo las bolsas. No parpadeo. Me quedo quieta, mirándola como se mira a un insecto molesto.
—¿De verdad es lo mejor que tienes, Jazmín? —le pregunto con una calma que parece desarmarla—. Ha pasado un mes. Supongo que para ti fue el logro de tu vida, pero para el resto del mundo solo fue un martes cualquiera en el que una Miller demostró que no tiene dignidad.
—Él me buscó a mí —sisea ella, dando un paso adelante, herida en su orgullo—. Se sentía tan solo y tan vacío que cualquier cosa le servía con tal de no pensar en ti. Y créeme, no parecía echarte de menos en ese reservado.
Siento la punzada, pero no dejo que se vea en mi rostro. No voy a darle ese placer.
—Killian estaba en el peor momento de su vida y tú te aprovechaste de eso para sentirte importante por una noche. Felicidades —digo, soltando una risa seca—. Pero tengo una noticia para ti: te ha bloqueado. En el teléfono, en la empresa y en su vida. Eres un error que ya ha borrado, mientras que yo... yo sigo viviendo en su casa, trabajando en su empresa y siendo la única persona a la que él realmente teme perder.
Jazmín abre la boca para replicar, con la cara encendida de rabia, pero la interrumpo antes de que empiece.
—No gastes saliva. Ya no eres una amenaza, solo eres un recuerdo patético de una noche que él preferiría olvidar. Ahora, apártate. Tengo un proyecto importante que empezar y tú no estás en la agenda.
Paso por su lado golpeando ligeramente su hombro con el mío, dejándola plantada en mitad del centro comercial, con la palabra en la boca y la máscara de perfección completamente agrietada. Mientras camino hacia mi coche, me doy cuenta de que he ganado algo más que una discusión: he recuperado mi poder.
Entro en la mansión como un huracán. El portazo que doy al cerrar la entrada principal resuena en todo el vestíbulo, pero no me detengo a pedir disculpas. La adrenalina de haber puesto a Jazmín en su sitio se está transformando en una rabia sorda y punzante. Sus palabras, aunque las haya repelido, han actuado como un ácido que ha vuelto a abrir las heridas que el sol de las vacaciones había empezado a cerrar.
"Cualquier cosa le servía con tal de no pensar en ti".
Subo las escaleras de dos en dos, con las bolsas golpeando mis piernas. Solo quiero llegar a mi habitación y encerrarme, pero la vida tiene un sentido del humor retorcido. En el rellano del segundo piso, saliendo del despacho con unos planos bajo el brazo, está él.
Killian se detiene al verme. Al principio, su rostro se ilumina con esa timidez nueva que ha adoptado, pero su expresión cambia rápidamente a una de preocupación al notar mi respiración agitada y la tensión en mi mandíbula.
—Vesper, ¿estás bien? —pregunta, dando un paso hacia mí—. Pareces...
—¿Parezco qué, Killian? ¿Alterada? ¿Furiosa? —le corto, soltando las bolsas de golpe en el suelo. El ruido del plástico contra el mármol suena como un disparo—. Acabo de encontrarme con tu amiguita en el centro comercial.
Él se tensa al instante. La mención de Jazmín es como si hubiera soltado una granada entre nosotros.
—¿Jazmín? ¿Te ha hecho algo? ¿Te ha dicho...?
—¡Me ha dicho exactamente lo que hiciste! —grito, y de repente toda la calma que le mostré a ella desaparece, volcándose sobre él—. Me ha recordado lo poco que te importé esa noche. Me ha restregado por la cara que fui tu última opción, la que olvidaste en cuanto tuviste una pastilla en la mano y a una Miller dispuesta a abrirte las piernas.
—Vesper, por favor, sabes que eso no es cierto... —intenta acercarse, con las manos levantadas en un gesto de paz, pero retrocedo como si su contacto quemara.
—¡No me toques! Me das asco ahora mismo. Me da asco que ella pueda caminar por ahí sintiéndose victoriosa porque tú le diste el poder de destruirme. Y ahora Román quiere que trabaje contigo. ¡Con el hombre que me humilló de la forma más pública y rastrera posible!
Killian se queda paralizado. El dolor cruza sus ojos, pero esta vez no hay rastro de la rabia defensiva de antaño. Se queda allí, recibiendo mis gritos como si fueran su penitencia.
—Lo sé —dice en un susurro quebrado—. Sé que te humillé. Sé que cada vez que alguien como ella abre la boca, tú vuelves a ese momento. Y no sabes cuánto daría por borrarlo.
—¡Pues no puedes! —le espanto las lágrimas que amenazan con salir—. No puedes borrarlo con una cara de niño arrepentido ni con saludos corteses en la escalera. Ella sigue ahí fuera riéndose de mí, y tú estás aquí, en tu palacio, pretendiendo que con "trabajar duro" y "bloquear su número" todo está solucionado.
Le doy un empujón en el pecho, no para tirarlo, sino para alejarlo de mi vista. Mis manos tiemblan.
—No sé si puedo hacer ese proyecto, Killian. No sé si puedo soportar mirar tu cara durante ocho horas al día sabiendo dónde estuvo esa misma cara hace un mes. Eres un cobarde que huyó de la realidad y me dejó a mí recogiendo los pedazos.
Me doy la vuelta, recojo mis bolsas y entro en mi habitación, cerrando la puerta con tanta fuerza que el marco vibra. Me apoyo contra la madera, con el corazón martilleando y las lágrimas cayendo por fin. Lo he pagado con él, lo sé. He descargado la furia que Jazmín me provocó sobre la única persona que está intentando cambiar. Pero en este momento, no me importa. Porque aunque él esté intentando ser mejor, el daño que causó sigue teniendo el rostro de Jazmín burlándose de mí en un pasillo.




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